Serie Fantástica
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Como la Vida: Punzante y Bella
Cuento Inédito – “Yo sé por qué es tu amiga. Tus ojos parecen del color de mis “nomeolvides”
Como la Vida: Punzante y Bella

Me aseguró que luego de permitirle a la aguja curadora que entrara en mi brazo, saldríamos de ahí, y entonces yo podría ver el verdadero rostro de la aguja. Confieso que tenía tal asombro que pregunté “¿Mariana, en serio voy a ver su cara?”

Como la Vida: Punzante y Bella
El césped estaba recién plantado. Habían traído unos cuantos panes de pasto verde en la camioneta de Benítez. Demás está decir que, mi padre, fue el encargado de ir hasta Maipú, al vivero de los Guastián, a buscar todo lo que necesitaban para que la cancha de Ferroviarios de Ayacucho se convirtiese en la mejor de todas. La más linda.

Los pibes del Club se sentaron frente al nuevo paisaje, y yo también. El escenario de mis muñecas bailarinas lucía distintos tonos de verde, uno más bello que otro. El canchero Vázquez, con cara de pocos amigos, nos dijo “Hasta el mes que viene no se puede pisar” y aunque todos dijimos al unísono “Noooooooooooooo”. Vázquez nos dio la espalda. Luego, con paso cansino, sacó de su bolsillo la cinta métrica, plomada y otros menesteres, y junto a Don Ricardo, el socio más antiguo del Club, comenzaron a colocar un cerco de alambre que se nos hacía infinito a medida que lo iban desenrollando. Cuatro cabezales, uno en cada punta del rectángulo, y la cancha en pocas horas quedó asfixiada. Un cartel de “Prohibido pisar el césped” en uno de los laterales del cerco parecía hacernos burla, nos fuimos con cara de fastidio.

La idea de pisar el césped nuevo martilló mi “testa” toda la semana, pergeñé un plan. A la hora de la siesta nadie anda por la calle, así que, con la excusa de ir a la casa de Doña Rita, la modista, pasaría por el Club a ver la cancha. Quizá podría, aunque sea, pisar la hierba fresca con la punta del zapato. No cualquiera tiene el gusto de inaugurarla.

Salí de mi casa tarareando “Antón Pirulero”. Con paso rápido llegué al predio. El verde del césped era intenso, había algo en él que me llamaba. Quizá fue su frescura o tal vez el deseo de romper las reglas, como sea, me trepé al cerco y con un salto atlético estuve del lado de los ganadores.

Sentí el suelo blando, suave, y me dieron ganas de pisar más y más. No conforme con ello, hice una “picada” hasta el arco, alguna vez tuve la fantasía de ser como Fillol.

Fue en el momento que estaba bajo el travesaño, que lo vi correr hacia mí. Tan rápido lo hizo que, a pesar de mi loca carrera para saltar limpito el cerco, alcanzó a clavarme los dientes en mi trasero. Los perros también transgreden, y Tony, el perro de Vázquez era un transgresor.

Regresé a mi casa llorando. No solo me retaron y me dijeron que no iría a ver la inauguración de la cancha, sino que además tendría que ir a la salita de primeros auxilios a ponerme la vacuna antitetánica. No me gustan las inyecciones, y menos que menos, llorar. Así que me tiré al piso en franca señal de protesta. Claro que mi madre me alzó y mi padre con la camioneta en marcha gritó : “Subí a la nena”. Aceleró a fondo, y en menos de lo que canta un gallo, estábamos en la sala de espera.

Mi madre me miró con dulzura y para convencerme de que la inyección no me dolería, me habló de Mariana, la enfermera. Me dijo que era mi tocaya y que estaba acostumbrada a dar inyecciones. La verdad a mí me dolía la mordedura, y nunca había escuchado la palabra “tocaya”.

Mi papá me explicó. Eso de que se llamase igual que yo, me gustaba. Era como hablarme a mí misma, así que al entrar dije “Mariana no me voy a poner ninguna inyección. No me duele nada”.

La enfermera sonrió, al tiempo que me sentó sobre la camilla. Juro que empecé a temblar. Giré mi cabeza. En el rincón derecho había una vitrina con jeringas. Contraje todos mis músculos y tuve ganas de llorar.

Mariana me explicó acerca de las bondades de las vacunas, y la necesidad de vacunarme para evitar una horrible enfermedad. Sin embargo, por mis mejillas, empezaron a rodar unas lágrimas que prontamente se convirtieron en un llanto silencioso.

Ella me bajó de la camilla. Ante mi asombro, se sentó en la silla y me hizo upa. Me dijo que me iba a contar un cuento. Yo secándome las lágrimas, presté atención. Me encantan los cuentos.

Me contó que ella conocía todo tipo de agujas, que muchas veces, la habían pinchado en distintas partes del cuerpo y que un día, empezó a hablarles para hacerse amiga. Sentí mucha curiosidad.

Para mi sorpresa me dijo que había una aguja que era muy buena, era la “curadora”. Que ella solía hablarle al oído y que con el paso del tiempo se convirtió en una aguja que no ocasionaba dolor.

Me aseguró que luego de permitirle a la aguja curadora que entrara en mi brazo, saldríamos de ahí, y entonces yo podría ver el verdadero rostro de la aguja. Confieso que tenía tal asombro que pregunté “¿Mariana, en serio voy a ver su cara?”. La enfermera me sonrió y asintiendo, me dijo “Ella y yo nos conocemos mucho, le pediré que sea tu amiga y cada vez que pases por la “Salita de Primeros Auxilios” serás la encargada de contarme lo bella que está”. Cerré los ojos. Sentí un pequeño pinchazo, y luego nada más. Mariana me miró con sus ojos color del cielo, limpió mi brazo con un algodón y me alzó en brazos.

Mi corazón latía apresurado cuando abrió la puerta que daba al patio. Iba a conocer a la “curadora”. Hicimos unos pasos por un camino de pedregullo, hasta que finalmente se detuvo frente a un rosal. Se inclinó junto conmigo para que yo aspirase el perfume que emanaba de la única flor púrpura que tenía la planta. “Ella es Rosa, la curadora. Si la miras bien, vas a ver lo hermosa que es, y aunque su tallo tiene muchas agujas, su corazón es inmenso y bello”.

Tuve deseos de besar la flor, pero preferí besar a Mariana, y por lo bajo le dije “Yo sé por qué es tu amiga. Tus ojos parecen del color de mis “nomeolvides”, y entre flores no hay secretos”. Mariana sonrió para decirme “Tu sonrisa me recuerda los girasoles del potrero vecino”.

Cuando me bajó de sus brazos salí corriendo para subir a la camioneta de mi papá. Quería ir a ver los girasoles que Mariana me había dicho, seguramente con el tiempo, se convertirían en mis amigos, me gusta como a ellos, girar mi “testa” hacia el sol.

Cuento Inédito – Ana María Caliyuri

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