Costumbres
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El Guardapolvo Blanco
Fue el testimonio del paso del limbo preescolar al de las primeras responsabilidades
El Guardapolvo Blanco

El guardapolvo o delantal blanco para uso escolar, está tan integrado a nuestra cultura que si en un registro mítico de la Argentina aseveramos que existe desde siempre, nadie se enojaría por semejante embuste; porque es impensable nuestra infancia separada de esa prenda. Yendo muy atrás en el tiempo, buceando generación tras generación y partiendo de los recuerdos propios, el guardapolvo fue el testimonio del paso del limbo preescolar al de las primeras responsabilidades.

Cuando promediaba el siglo XX, todavía las chicas usaban un guardapolvo con tablas y cuello redondeado; pero entre los varones comenzaban a popularizarse los de corte recto, dejando atrás aquellos delantales horrendos y acampanados, con cinturón de tela y que parecían pertenecer a otra época. La mochila no existía, la cartera de cuero era el transporte para todo lo necesario; incluyendo revistas de historietas, el álbum de figuritas y el “sánguche” de rigor preparado por madre. No pocos usaban todavía por aquellos años, el jopo trabajosamente acomodado con “gomina”.

Guardapolvos Blancos en la Escuela Pública – 1960

Peinada a la gomina y guardapolvo planchado con almidón, era el símbolo del pibe prolijo que difundieron las publicidades de aquellos años. Luego, los delantales que no necesitaban planchado, acabaron con esa costumbre tan trabajosa.

Pero los guardapolvos además de cumplir con la obligatoriedad del uso dentro de la escuela, tenían otra utilidad; con dos de ellos se hacían bollos y servían como arcos precarios en los partidos de fútbol improvisados de apuro, en el baldío de la cuadra o en la placita del barrio.

Más allá de las leyendas urbanas y las difusas teorías sobre el origen real del guardapolvo blanco en nuestras escuelas públicas, existen datos comprobables.

Desde comienzos del siglo XX en Buenos Aires, circulaba en los ámbitos educativos la idea de que los alumnos debían utilizar una prenda que al uniformarlos en clase, no hicieran tan evidentes las diferencias sociales. Uno de ellos fue el conocido educador Pablo Pizzurno que se manifestó favorable a ese criterio, pero habría sido la maestra Matilde Filgueiras de Díaz quien impulsó en la práctica, el uso del guardapolvo. La docente se desempeñaba en la escuela Cornelia Pizarro del barrio porteño de La Recoleta. Debido a los contrastes que advertía en la ropa de sus alumnos, es que en una reunión de padres propuso la idea de uniformar la indumentaria de los chicos. La propuesta fue bien recibida por algunos y rechazada por otros. Se cuenta que entonces, la maestra compró por su cuenta varios metros de tela blanca y diseñando la futura prenda, habría entregado el boceto y la tela a las madres, para que fabricaran el delantal. No obstante, los disconformes se quejaron al Ministerio de Educación por lo que consideraban una imposición. Las autoridades delegaron la investigación en el Consejo Escolar del distrito, el que envió un inspector que en su informe, no encontró motivos para sancionar a la activa docente y por el contrario, habrían considerado “interesante” la idea. En 1918, Matilde Filgueiras de Díaz fue nombrada directora de esa misma escuela.

Guardapolvos Blancos en la Escuela Pública – 1992

Más allá de la anécdota sobre el color de las primeras telas, que pudo ser casual, lo cierto es que al color blanco el imaginario social siempre lo asoció a la pureza. Un criterio más objetivo lo relaciona con la higiene, ya que una prenda blanca permite detectar rápidamente la suciedad. Y no hay que olvidar que por esos años, en la medicina social los médicos higienistas tenían mucho predicamento, debido a que sólo unas décadas atrás, Buenos Aires padeció epidemias de cólera y fiebre amarilla con efectos devastadores; siendo ésta última la de 1871, que mató al ocho por ciento de la población. En la memoria colectiva esa pesadilla seguía fresca, al margen del concepto igualitario en materia de vestimenta, que pudo ser el disparador del uso del guardapolvo.

También en la misma época, la maestra Julia Caballero de la ciudad bonaerense de Avellaneda, propuso públicamente el uso de la prenda y su colega Antonio Banchero de la escuela Presidente Roca del barrio de Tribunales, difunde la misma propuesta, pero incluye también a docentes.

La idea de “hacer algo” va madurando en las autoridades escolares y en abril de 1913, el Consejo Nacional de Educación exige a directivos de escuela, docentes y alumnos, el uso de trajes sencillos, sin ninguna alusión al color blanco. Dos años más tarde, el médico higienista Genaro Sixto recomienda mediante una revista especializada a la comunidad educativa, el uso de guardapolvo, ya que considera a la ropa un vehículo de gérmenes infecciosos. Él tampoco habla de un color determinado. Es también 1915, el año en que muchos docentes comienzan a usar guardapolvo blanco.

En 1919 y bajo la presidencia de Hipólito Yrigoyen, una circular aprueba el uso del guardapolvo blanco e insta a las cooperadoras escolares a entregar gratuitamente la prenda a familias de bajos recursos o con varios hijos en edad escolar.

Guardapolvos Blancos en la Escuela Pública – 1989

En 1942 las autoridades escolares determinan el uso obligatorio del guardapolvo blanco en los establecimientos públicos y durante muchos años y aún hoy, existen escuelas privadas en que docentes y alumnos, visten guardapolvo blanco. No obstante en el ámbito privado, se extendió la práctica del uniforme mediante el cual, los alumnos son reconocidos como pertenecientes a un determinado establecimiento.

Más de un siglo después del comienzo de su uso, el guardapolvo blanco escolar, sigue gozando de muy buena salud.

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