Personajes en el Tango
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Compadrito
De la Saga Compadre – Conpadrito - Compadrón – Libro Personajes en el Tango – Roberto Bongiorno – 2010
Compadrito

El compadrito representó en el universo porteño la versión devaluada del compadre.

Fue aquel que quiso pero no pudo. Pretendió ser compadre pero se quedó en la apariencia. Le faltaba lo más importante: la credibilidad.

El compadrito solía ser más joven que aquel compadre legitimado. A veces era temido, por el grado de violencia física o verbal que desplegaba, pero entre los conocedores de las cosas del arrabal no era tomado en serio.

Al carecer de esa autoridad que, como una aureola, envolvía al compadre, el compadrito trataba de fortalecer su identidad exacerbando los rasgos externos. Así lo vemos representado en caricaturas y fotografías de época. Como el compadre, solía vestir de negro, sombrero al uso, requintado, lengue blanco, pantalón bombilla, bota militar con taco alto, que le provocaba ese cotoneo, el andar “descangayando” o “amariconado”, según el punto de vista del observador. La apostura que Domingo Faustino Sarmiento ya había percibido en nuestros compadritos comparándolo con el majo español y que comentara en su obra Facundo.

Los más exagerados abusaban del polvo de arroz utilizado para empalidecer un rostro muchas veces achinado. Esa blancura artificial generó el mote de “cara lisa”, luego monopolizado por los proxenetas. Completaban el despliegue, guantes patito sobre los que se colocaban vistosos anillos con pedrería. La gente a esos compadritos los llamaba los “relajados”. Esa truculencia en la indumentaria, en los modales y el lenguaje, lo presentaban como un personaje sobreactuado. Pero el perfil de petimetre no lo inhibía, en muchos casos, de convertirse en un hombre de acción, provocador y cuchillero.

También había compadritos inofensivos; más cercanos al “cartonazo” que al compadre tan envidiado.

“Compadrito a la violeta
Si te viera Juan Malevo
qué calor te haría pasar.

No tenés siquiera un cacho
De ese barro chapaleado
Por los mozos del lugar.”

Afirma el tango Compadrón, de Enrique Cadícamo y Luis Visca.

Esa especie de compadre ínfimo, solía vivir modestamente de la quiniela clandestina o algún delito menor. Los más decididos hasta podían explotar alguna mujer.

Su modesta fama la sostenía a fuerza de “autobombo”, de la narración de anécdotas muchas veces ajenas y de algún desplante ocasional comentado hasta el hartazgo.

Pero la historia grande del arrabal le estaba vedada y el compadrito debía resignarse al humilde papel de corifeo en la tragicomedia orillera.

Desaparecido de las calles al menos en esa versión tanguera que lo congeló en el tiempo, el estereotipo se mimetizó en otros ambientes, como en los bailes donde suelen protagonizar peleas por motivos insignificantes o en las canchas de fútbol, donde el compadrito aislado suele ser partícipe de la barra brava y convertirse en la temible patota.

Bailarín Compadrito

Vestido como un dandy,
peinado a la gomina
y dueño de una mina
más linda que una flor,
bailás en la milonga
con aire de importancia
luciendo la elegancia
y haciendo exhibición.

Cualquiera iba a decirte,
che, reo de otros días,
que un día llegarías
a rey del cabaret,
que pa‘lucir tus cortes
pondrías academia.

Al taura siempre premia
la suerte, que es mejor.

Bailarín compadrito,
que floreaste tus cortes primeros
en el viejo bailongo orillero
de Barracas al Sur.
Bailarín compadrito
que quisiste probar otra vida
y a lucir tu famosa corrida
te viniste al Maipo.

Araca, cuando a veces
oís La Cumparsita,
yo sé cómo palpita
tu cuore, al recodar
que un día la bailaste
de lengue y sin un mango
y que hoy el mismo tango
bailás hecho un bacán.

1929 – Tango
Letra: Miguel Buccino
Música: Miguel Buccino

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