Serie Fantástica
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“Gulka en el Aire” Capítulo 9 de 9
Gulka: noveno y último capítulo de la novela corta, nivola, o historia desmedida realizada a cuatro manos, por Ana Caliyuri y Cristian Cano
“Gulka en el Aire” Capítulo 9 de 9

Capítulo 9

Gulka
¿Clarisa tendrá conexión con Gulka? ¿El Gulka de todos los climas? ¿El que puede convulsionar cualquier realidad? ¿El que lanza espuma por la boca por el solo hecho de habitar muchos cuerpos? ¿El dulce que versea en tiempos idos?  ¿Estaremos hablando del mismo Gulka? ¿El que poliniza a toda hora y en todas direcciones?.

“El errante” trató de superar la sorpresa, aunque por un instante quedó huérfano de palabras.

Clarisa se sorprendió al notar que el muchacho no extendió la mano para empuñar la lapicera, no realizó gesto alguno ni emitió ningún sonido. Nada. Supo que era hora de deshacerse del tipo molesto y del fetiche.

—¿Qué te pasa? Tomá lo que es tuyo y andáte. No sé ni siquiera tu nombre. Ya ocupaste mucho tiempo en mi vida. Basta por hoy—dijo Clarisa con fastidio.

“El errante” no pensaba decirle que era descendiente en séptima generación de los Quijano. Más precisamente, era chozno de Alonso Quijano; tampoco iba a decirle que su madre era descendiente en cuarta generación de Aldonza Lorenzo. No quiso sincerarse.

Carraspeó para salir del trance y dijo:

—Me llamo Aldo.

—Ah mirá, no hubiese supuesto ese nombre —respondió Clarisa— ¿Cómo te dicen? ¿Ald, Alde, Aldous?

—Depende dónde me encuentre —dijo Aldo —. Si estoy en París, en Barcelona, en Argentina o en Londres.

—Claro, como siempre. Tenés varios nombres para una misma cara —le espetó Clarisa con indignación.

Aldo había cruzado un temporal de agua y viento para ir a buscar la  maldita birome y ahora se encontraba frente a la herencia de familia, sin prestarle casi atención por conversar  con una desconocida.

—¿Tu único nombre es Clarisa?

La muchacha no pensaba decirle que su madre le había puesto de nombre Clarissa como el título de la novela inglesa más larga de la historia, así con doble “s”. Pero que ella se había quitado una “s” para no andar explicando. Tampoco quería contarle que su bisabuela había sido la doctora Susan Kalvin y que su tatarabuelo fue nada menos que Gregor Samsa.

—Sí, me llamo Clarisa —respondió sin mirarlo a los ojos—. Así, a secas.

—¿Me contás algo de vos? —dijo Aldo.

—Mi historia es común. No estamos solos en el mundo, siempre hay alguien más a quien no vemos.

—Sí, eso ya lo sé, pero contáme más — respondió Aldo con curiosidad. Estamos frente a frente y no tenemos idea de quiénes somos.

—No me das oportunidad, sos una máquina de preguntar. Además, te noto ansioso y obsesivo por esa birome que no sé qué te puede hacer escribir. Las cosas están en la cabeza no en la birome…

—Tenés que ser cortés —dijo Aldo—. Vamos, intentálo. Sos una ladrona confesa y yo te perdoné la vida

—De acuerdo. Pero después te la vas a tener que bancar.

Aldo se quedó sin palabras, influenciado por él mismo, por su espíritu ermitaño.

—¿Sí o no? No vale quedarse mudo—arremetió Clarisa.

—Acepto.

—Sé que escribís. Sos periodista o escritor —arriesgó Clarisa—. Te veo en la misma mesa de café, casi todos los días, desde hace meses.

—Eso no es difícil de dilucidar, siempre estoy tapado de papeles y las mesas del Bar Ilusión son amplias.

—Bueno, ese no es el punto. Es el pie, porque lo que te quiero contar tiene que ver con lo que vos haces. Tiene que ver con escribir, con el oficio de escribir.

—Interesante ¿Escribís?

—No te apures —dijo ella—. Tiene que ver con la sangre. Con el linaje.

—Ah, no me digas que…

—¡Pará te estoy contando! —interrumpió Clarisa—. ¿Siempre sos así? ¡Qué ansioso!

—Perdón. Seguí que te escucho.

—Sentáte, te doy un café.

Fue hasta la cocina y trajo una bandeja con dos tazas. Un sorbo de café tibio es lo peor. Pero Aldo paseó por sus muelas el líquido oscuro hasta que se decidió a tragarlo.

—Si vos sos escritor lo tenés que saber. Lo del linaje, y los parientes y los nombres y todos esos detalles—dijo Clarisa con voz segura.

—No, ni idea. Lo importante es el contenido—respondió mordaz, Aldo.

—Dale. ¿Cuántos años hace que escribis? Hay cosas que caen de maduro…Igual te pongo al tanto, mi bisabuela…era

—¡Uy, querida! —dijo al apoyar la taza sobre la mesa— ¿En serio me vas a tener así como un tarado esperando la revelación? ¡Encima este café! Disculpá, pero está asqueroso.

—Perdón, perdón. No tengo un mango, es café recalentado.

Clarisa aferra la taza con las manos. Tenía que confesar algo que había ocultado mucho tiempo. La lluvia invita a las confidencias, y sacarse el lastre con un desconocido era bueno.

—Mi bisabuela fue Susan Kalvin — dijo ella con voz tenue.

Un breve silencio se hizo presente, era tan vasta la confesión.

—No, dale —respondió Aldo, incrédulo—Decíme la verdad

—Es la pura verdad. Susan Kalvin fue mi bisabuela—respondió seria.

Otro silencio como repetición del misterio los envolvió.

Una gota de café cuelga desde el borde de la cafetera, cae y se evapora con un siseo al tocar la superficie de la mesada. Ambos lo perciben, la cafetera encendida, el café caliente y ellos tomándolo tibio.

—¿En serio sos pariente de la psicóloga de robots más famosa del mundo? —dijo Aldo.

—Sí.

—¡No te puedo creer! —gritó Aldo Quijano—. Yo estoy, siempre estuve, super enamorado de esa mujer.

Clarissa o Clarisa, sonrió.

De pronto, la lapicera que había quedado sobre la mesa, giró con una violencia inusitada. Se elevó frente a ellos y se mantuvo en el aire por un instante hasta caer de nuevo entre ellos dos. Se tranquilizaron y siguieron la charla.

—No me muevo de acá hasta que me cuentes todo sobre Susan Kalvin —dijo Aldo Quijano.

—Mi abuela me contó lo poco que sé. Susan fue una gran investigadora, y una mujer muy reservada. Murió y no.  Parece que la “Matrix VIII”, el Gen con el cual ella trabajaba, está en problemas. Toda la información relacionada con las investigaciones que realizó en robots testigos estaba en aquella matrix.  La información quedó bajo el cono de sombras del último eclipse galáctico. Y el Gen no responde.

—¿Eso qué significa? —preguntó Aldo.

—No pueden descifrar los estudios sin ella.

—¿Y?

—Los responsables del “Proyecto Deus ex machina”, están tentados.

—¿Tentados de qué? ¡Clarisa, me volvés loco!

—Quieren renacerla. Parece que los Reglium XXX están en problemas. ¿Sabes quiénes son los Reglium?

—No.

—Son los últimos robots creados con sentimientos. Los Reglium alteran la programación del mundo debido a sus emociones. Se están desbordando, así que necesitan traer a la doctora Kalvin para recuperar sus patrones de cordura.

Aldo transpira, sus manos se pegan al mantel bordado y a ella le parece dulce, como si dejar la huella fuera necesario en ese instante.

—Clarisa, si Susan llega a venir a este tiempo, si la renacen, querrá conocerte. Sos su bisnieta.

—No sé Aldo, soy una simple mesera—respondió Clarisa contundente.

—Susan adoraba a los robots. Fue la madre de la psicorobótica. Su capacidad de amar es infinita y por supuesto que va a querer conocer a la bisnieta, de eso estoy seguro—le dijo Aldo agudo.

—Los sentimientos mutan. Quizá mi bisabuela espera algo mejor que una bisnieta ladrona de biromes.

Aldo la miró, por primera vez, con un dejo de bondad. Había en sus palabras un acto de poca estima. Osado, se aproximó y lanzó una pregunta con cierto aire de intimidad, mirándola a los ojos.

—Además de tener mi lapicera, de trabajar en el bar, ¿qué otra cosa hacés que no me estás contando?

Clarisa sonrió. No pensaba decirle que era una escritora novel.

—¿Aldo, qué significa la birome además de ser una herencia familiar? — dijo ella para cambiar de tema.

—No puedo decirte.

—Entonces tampoco podré hacerte el gusto cuando mi bisabuela me visite—respondió Clarisa alejándose de él.

—¿Por qué?

—Me contas qué pasa con la lapicera o nunca conocerás a Susan—sentenció Clarisa.

Aldo se sintió acorralado. Uno de los sueños que más había deseado en la vida era tener una charla con la doctora. Susan Kalvin. Todos sabían que era posible hablar con el holograma de ella, pero Aldo nunca había reunido el dinero suficiente como para pagarse ese gusto. Pero, ahora era todo distinto. La verdadera Susan Kalvin, corporizada, descongelada y angelada, visitaría a Clarisa. Era una mínima oportunidad y no la iba a desperdiciar. Estiró los dedos de las manos, y se sintió el crac. 

Luego, movió la cabeza, a un lado y al otro, hasta que los huesos de las cervicales sonaron.  Un brillo inesperado se instaló en los ojos de Aldo Quijano. Se alzó de la silla, apagó la luz de la antigua lámpara que Clarisa tenía sobre la mesa.

Solo los relámpagos, en seguidilla, iluminaron la sala a través del ventanal. El muchacho aprovechó el clima para la confesión que tenía en la punta de la lengua.

—Esa pluma —dijo a la par que señalaba la lapicera inmóvil sobre la mesa—es la del relámpago. Pertenece a una antigua mujer poeta.

—¿Heredada o robada? Porque no creo que fueras el único heredero —aseveró Clarisa por pura intuición.

—La encontré en un “portal” a otro tiempo —respondió Aldo.

—Aldo, quiero entenderte —respondió la muchacha en tono divertido—. ¿Me estás diciendo que esa pluma vino volando por el espacio? ¿Cruzó las barreras temporales o qué?

—Algo así. Y es mucho peso para cargar durante toda mi existencia. La tomé para devolvérsela a Gulka. Es alguien que todavía no conozco. Me citó en el bar el día de la torrencial lluvia. Fue a través de un correo cifrado que recibí en mi computadora y me instó a que se la diera a él para devolverla a su verdadera dueña.

—Dale, seguí —dijo la muchacha interesada—. ¿Qué más decía el correo cifrado?

—Soy escritor Clarisa, —respondió Aldo conmocionado—, el correo decía que si no devuelvo la pluma antes del eclipse de luna, se retirarán mis musas y ya no habrá arcanos para mí. Y en cuarenta y ocho horas estaré acabado. Tengo que cumplir un contrato para una novela que estoy escribiendo. Es por eso que la necesito.

La muchacha lo miró apenada. ¿Desde cuándo las musas le pertenecían a ese tal Gulka?

—Aldo, vos estás enfermo. Las musas no tienen dueño, van y vienen. Se instalan, se enamoran, se retiran…

—¿Y vos cómo sabés eso? Sos una mesera de bar.

—¡Uf! Ser o no ser. Soy la bisnieta de Susan Kalvin y de Gregor Samsa. Todo es circunstancial. El tiempo, las transformaciones, los seres, e incluso ese tal Gulka.

—¡No! Debo encontrar a Gulka antes del eclipse, y con la pluma en mi mano para devolvérsela. Así que ya me voy.

—Mirá, hagamos un trato. Estoy leyendo “Siete cuentos morales”, leí unas veinte páginas ayer, y hoy mientras cenaba anoté algunas cosas al margen con tu lapicera. La del tal Gulka la usé en este libro. Hice un montón de anotaciones para aprender. Te prometo que al terminar de leerlo te la devuelvo —dijo Clarisa ante la mirada atónita de Aldo—. Me apuro y lo leo en unas horas. Es una “tara” que tengo, no puedo usar dos tipos de marcadores en un mismo libro. Si hago eso el autor me echará una maldición y mi vida no se enderezará más. No sé si me entendés. 

¿Acaso esa mujer estaba loca? Todas esas cosas estaban pasadas de moda. ¿Anotar al margen del libro y que el autor te fulmine por usar dos tipos de biromes? ¿El autor?  El autor era un Premio Nobel, millones de libros vendidos y Clarisa pensaba que repararía en ella y de ese horrible modo.

—Escuchá Clarisa, vos estás mal. Qué sé yo. Supongo que tenés que visitar al psiquiatra. Pareces una niña fantasiosa.

—Al mundo le faltan niños Aldo, no me vengas con esa estupidez. Además, y a esta altura, supongo que ya no tenés más secretos. Y lo que decís del portal, de los antepasados y de esa lapicera, no es una cosa menor. Para nada.

—Puede ser. Pero cuando te digo que me des la birome es por tu bien. No sé quién es Gulka, quizá es un asesino.

—Oí hablar de él, alguna vez fue al bar y lo atendí. ¿Es el Señor Gulka Riders al que estás buscando, Aldo?

—Gulka, busco a Gulka. Así, a secas. Tengo poco tiempo  o será el fin, Clarisa. Necesito esa lapicera alada. Es mía, bueno no, es de Gulka, es mi tema.

—Aldo, podemos ser socios. Creo conocer a Gulka, sé que Susan Kalvin le habló de él a mi abuela y mi abuela a mi madre. Puedo ayudarte a encontrarlo —dijo Clarisa—. Pero antes debo terminar de marcar el libro de los cuentos morales.

Aldo asintió con la cabeza con una condición: ambos debían ir hacia el departamento de él, por si Gulka había enviado algún otro mensaje cifrado a la computadora y había cambiado de parecer. A veces se hacía el chistoso, lo citaba y no aparecía y otras veces se hacía el enigmático y cambiaba de lugares de encuentro.

                                                           ***

Templando el Tiempo
Clarisa fue la primera en subir la escalera. Tenía la costumbre de ser la primera también en afrontar los problemas. Se resbaló en el último peldaño. Aldo le dijo que la lluvia tenía la culpa y que subir la escalera de la casa, con la ropa mojada, es un acto que transmuta hacia la guerra interminable. Le dijo, además, que no quiere que la gente se confunda y piense que ellos no son parte de la realidad por llegar a esa hora, y encima en ese estado de curiosidad permanente.

Finalmente estuvieron frente a la puerta de la casa de Aldo.

—Aldo Quijano, protestante —dijo Clarisa—. No imagino cómo es todo detrás de tu puerta.

—Mi departamento es como el de cualquiera—respondió él—. Un poco desordenado, nada más.

Aldo puso la llave en la cerradura y la giró. La puerta no abrió. Intenta nuevamente pero no lo logra.

Extrañado, mira a Clarisa, gesticula con fastidio y la frente se le arruga formando pliegues como un telón de teatro. “No puede ser”, dice confundido. Y es el momento de la lentitud, de lo irreflexivo, de lo inesperado. Ellos dos, ahí, en la entrada del departamento mirándose como dos nuevos extraños que están fuera del mundo de adentro.

Aldo saca la llave de la cerradura y es como si saliera una máquina excavadora desde el interior de una montaña. La mano aprieta la llave para que no se escape del mundo real. La sostiene con fuerza, con enojo. Se aleja unos pasos de la puerta y es como una idea de separación absoluta. Lo conocido que se vuelve desconocido.

La ventana que da directo a la escalera siempre permanece unos centímetros abierta, tenerla cerrada hubiese sido el desamparo. Mira con detenimiento. Ve que la cortina se mueve en sacudones. No lo puede creer. Lucha contra eso. Hasta que descubre que adentro, en su hogar, hay gente. No uno, ni dos, son varios sentados a la mesa. Mejor dicho, a su mesa.

De repente, aparece la cara de Fansi Carlon apegada a la cortina. Parecería ser que está esperando a alguien más. Aldo se pregunta cómo es posible que Fansi Carlon haya entrado a su departamento.

Toda una sentencia de poca cordura, ese tipo en su casa es  una declaración de incerteza. Pero la mente es lo definitivo. Lo final. Lo inesperadamente salvaje. Lo difícil. Lo complicado. Aparejada la pérdida y la ventaja, piensa. Es una ventaja que esté ahí y no en el bar, también es una ventaja tener la lapicera a mano. Garabatea en el aire y el rostro del científico se aleja, se sumerge en otros abismos dejando a las cortinas como olas que continúan en otros paisajes.

Clarisa desea abrir esa puerta y entrar, meterse como se meten los ríos en los océanos, pero ella no es todo lo intempestiva que debería ser a pesar de empujarla con su cuerpo. La puerta por fin se abre gracias a un nuevo intento de Aldo Quijano.

Para su sorpresa le usurparon su casa. Rostros de gente evanescente aparecen en un rectángulo oscuro de la cocina. Uno de ellos, cafetera en mano, está sirviéndoles una tacita de café a Gregor Samsa, a Avis, a Susan Kalvin y a un par más que están de espaldas. De pronto se da cuenta: el que sirve el café es Fansi Carlon.

Aldo observa al científico como si estuviese mirando una víbora.  

—Soy obra de Gulka, hasta aquí hemos llegado, todo será derrumbado y vuelto a hacer—murmura Fansi Carlon al oído de Aldo.

—No tan apurado, doctor —responde Gregor—“Reflexionar serena, muy serenamente, es mejor que tomar decisiones desesperadas”.

Susan Kalvin no pudo permanecer ajena a la conversación y agregó:

—“Es usted el único responsable de sus propios deseos”.

Matt Nokris, uno de los que estaba de espaldas, se atrevió a aparecer, solo dijo:

—Yo soy un prototipo, conmigo no cuenten para ninguna cosa seria.

Avis, visiblemente conmocionada, apuntó:

—Amigos, no se trata de pescar sueños o derrumbar mundos. Se trata de crear nuevos mundos para luego alimentarlos. Aliméntese mejor doctor Fansi.

                                                                       ***

Todo se volvió abstracto, una hoja de papel blanco flotó sobre la mesa. Ahí, en esa blanca inmensidad está el Olimpo, ahí habitan las musas y esas cosas. En ese sitio y más allá han de existir una birome alada, y un tal Quijano y un Gregor Samsa y tantos otros.

Después del trance, del café cargado que Aldo le sirvió a Clarisa en un rincón de la cocina, se disculpó:

—Perdoná, viste cómo es esto. Tengo todas las sillas ocupadas con libros y papeles.

Clarisa se río con ganas.

—A mí me pasa lo mismo. La última vez que vino gente a casa, tuve que dormir en un sillón sentada. No te preocupes. En cualquier momento ordenamos un poco la cosa. Yo también escribo…

Aldo, “el errante” arrastró su coraje y la invitó  para ir a la biblioteca al día siguiente. Allá hay otra lluvia, le dijo, menos ácida, más dulce y silenciosa. Después de todo, si no se puede ser un buen escritor mejor ser un buen lector o como Gulka disponga cuando se corporice, aunque dicen que los misterios son del mundo intangible no hay que perder la esperanza de tocarlos al menos con la punta de los dedos sobre algún teclado o en el mejor de los casos con una punta de grafito bien afilada.

                                             FIN

Ana Caliyuri y Cristian Cano

POSDATA: Carta Inteligente
A vos te podría decir muchas cosas, como por ejemplo que para existir se necesita mucho más que un buen software, que a pesar de tus continuas tentaciones para hacernos caer en tu trampa, con nosotros no contás.  Primero que nada, que no te han dotado de sentimientos y no sé si sabés que entre el lector y el escritor hay un pacto de credibilidad manifiesto. Tu manera aleatoria de responder a la consecución de una micro ficción, cuento o lo que sea, es artificiosa. Es inteligente, si, no lo voy a negar, pero le falta las musas y eso no se conquista con una nueva versión del software. Por supuesto que del misterio nada conocés y me alegra, es más, con Gulka nos tomamos la atribución de apodarte “El mediocre que getepea”. Tu modelo de lenguaje es potente, pero no por ello creativo. Tu imaginación tiene fronteras, la nuestra está plagada de errores y aciertos lo que contribuye a nuevos caminos, quizá también aleatorios pero humanísimos. Sabemos parir con lágrimas y matar sin dolor, es más no tengo la más mínima intención de matarte, quienes te usan caen en la gran red, y nosotros somos peces en fuga, aquí y en cualquier cosmos, nos fugamos del tedio (con seguridad no sabés de qué se trata), nos fugamos de la frustración y sobre todo somos libres de ataduras convencionales. Estoy segura que no sabés lo que es una nivola, ni tampoco sotorreis o gribonéas, son neologismos que nunca entenderías. Y como nos gusta decir a nosotros.

“Somos Gulkas en el aire”, en el próximo vuelo te habrán mejorado, pero siempre serás artificial y eso nos diferencia y nos ilumina. Con estima, tus depredadores.

Don Ivan – 1969
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