Al Pie de la Letra
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El Día que Mataron a Cafiero
El Día que Mataron a Cafiero - Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsy – Puntosur Editores – 1987 - Ficción política
El Día que Mataron a Cafiero

“La subsistencia de la concentración del poder en el presidente  hace al sistema democrático vulnerable, pues para destruido basta con atacar un solo centro de decisiones” (Raúl Alfonsín, Universidad de Yale, Estados Unidos de Norteamérica, 18 de noviembre de 1986)

Los límites entre la ficción y la realidad son muchas veces imprecisos y cautivantes. La política argentina de los años recientes ha bordeado en oportunidades el grand guignol, la novela de terror y la farsa, invadiendo muchas veces el pulido universo de los géneros literarios. Dentro de esta atmosfera de borramiento de fronteras, Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsy pueden ser considerados como los creadores de un tipo de ficción – la ficción política- que toma sus materiales de la noticia periodística, el análisis sociológico, los discursos políticos, el panfleto, el rumor y los meandros y recovecos de la memoria colectiva.

Una ficción que apuesta a descifrar- quizá a anticipar- las zonas más densas y ominosas de una realidad en la que sucesiva o simultáneamente se dan cita el desaliento y la esperanza. El día que mataron a Cafiero prepone una nueva articulación de los avatares y personajes que desfilaron por las páginas de El día que mataron a Alfonsín, una de las novelas más vendidas de 1987. Una escritura crispada, violenta, que no concede treguas al lector, y en cierto modo una apuesta para la articulación de otro país posible y deseable.

Penúltimo Capítulo
La lindísima sonrisa de Anita, la mujer de Antonio Cafiero, no estaba en ese momento sobre su cara.

Anita estaba seria, mirando hacia adelante, escrutando la ruta por el espacio del parabrisas que dejaban libres las nucas del chofer y la de uno de los hombres de la custodia en el asiento delantero. Ella, en el asiento trasero del Renault azul metalizado, acababa de decirte a su marido:

-Me estas engañando ¿no?
-Si- contestó Cafiero.

Ella giró la cabeza y lo miro en la cara. Muchas veces en la vida había ejercido esa mirada ante distancias geográficas o humanas. Cuando lo hacía, los ojos se achicaban un poco como los ojos de un hombre de mar ante la incertidumbre del tiempo:  en sus facciones los pequeños indicios del enojo se amontonaban más bien sobre las cejas.

Ahora estaba enojada. Esa mañana por total casualidad había encontrado un casete con un discurso grabado a su marido. Estaba metido en un sobre donde decía: “Para ser utilizado después de mi muerte”.

No había dicho nada. Esperó el desbande familiar después del desayuno y cuando la casa quedo sola lo había escuchado. El casete empezaba diciendo:

“Yo Antonio Cafiero acabo de morir en un atentado…”.

Anita recodaba las palabras casi de memoria. Había escuchado muchas veces el casete mientras las lágrimas le corrían por la cara.

“…Las circunstancias de mi muerte no son más que una anécdota, pero los hombres que han ejecutado forman parte de esa Argentina que desde el principio de la historia ha sustituido la palabra patria por la palabra clase”

-¿Por qué me engañaste? – dijo Anita, sin mirar a su marido.
-Nos llegó un informe de intelidencia- dijo Cafiero.
-No.es la primera vez que estas en peligro de muerte- dijo Anita
-No.
-Y las otras veces las hemos compartido.
-Esta vez es distinto, con los chicos  pensamos…
-Con los chicos… ¿y con las chicas? ¿Les preguntaste a tus hijas si había que ocultarme esto?.. No, claro, esto es cosa de hombres, ¿no?….Antonio, ¿por qué?
-Es bastante lógico. Los que me maten pueden…

Y Anita recordó la serena voz de su marido que desde la cinta decía:

“…el que les habla en este momento les está hablando de algo que cuando fue grabado todavía no había sucedido. Pero que cuando ustedes lo están escuchando ya sucedió. Esta superposición del pasado y el futuro, este jugar con el tiempo, este internarse en una especie de memoria de futuro como estoy haciendo yo en este instante es, tal vez, la más importante contribución que este cadáver extendió en algún lugar de mi país pueda hacer a la Republica”.

Anita miró a su marido: la cara fuerte, el pelo canoso, el terco coraje. Lo había mirado mil veces de fotografías, en pantallas de televisión. Detrás de las rejas o los alambres tejidos de las cárceles. En el Congreso. En las embajadas. Jugando al futbol. En tribunas de aplausos. En palcos de pedradas. En el comedor de su casa. Dormido en la cama matrimonial. Riendose con sus amigos o concentrado en sus pensamientos sobre los papeles.

-¿Qué hiciste con el casete?- preguntó Anita.

-Le hice una copia para cada uno de los chicos. Les pedí que la lleven con ellos todo el tiempo por si pasa algo. Alguno va a poder hacerlo escuchar.

-Yo también te engañé- dijo Anita.
-¿Qué hiciste?

-Hice sacar más copias del casete. Una para cada una de tus hijas y una más para tu nieta.

-¡Tiene doce años!
-Sí. Pero es mujer y a los doce años una mujer es una mujer.

Anita mantenía la vista fija hacia adelante. Seguía enojada. No hubiese tolerado el menor atisbo de sonrisa en la cara de su marido. Para no mirarlo miró por la ventanilla. Una franja de campo se extendía a los costados de la ruta, las vacas de un tambo, un chico a caballo, una garza, una rueda de tractor, un perro salgo que corría, unos tachos de leche, un camino recto interrumpido por un guardaganado, y el intenso cielo azul más allá de los galpones y los árboles.

Volvió a mirar el perro. El galgo seguía corriendo cortando campo. Sus movimientos eran perfectos. Las líneas de su cuerpo parecían diseñadas por su propia velocidad. Prácticamente no tocaba el suelo. Saltaba por encima de las matas, eludía los cardos, bordeaba las zanjas y pasaba por debajo de los alambrados. Era una perfecta armonía, una enérgica velocidad, un nítido perfil dibujado que ahora abandonaba el pasto y entraba en el asfalto.

El chofer tuvo el galgo un tiempo en el espejito retrovisor. Después lo perdió. La caravana de autos iba a más de cien kilómetros por hora y el galgo de iba quedando atrás, pero cuando por alguna circunstancia la comitiva disminuía su velocidad el galgo acortaba la distancia y volvía a aparecer por el espejito.

Cafiero le tomo la mano, y ella no la retiró. Anita siguió recordado el casete:

“…compañeros del partido peronista, amigos del partido radical, afiliados de todos los partidos políticos; ignoro las consecuencias de mi muerte, ignoro si mis asesinos están en este momento en el poder, ignoro si ustedes podrían escuchar este testamento político de una ciudadano cuya mayor aspiración es ser el último de los gobernantes derrocados por la fuerza, pero estoy seguro de que el espíritu que reinó en la Plaza de Mayo en los primeros atisbos de esa independencia de los libros de lectura; que el espíritu que reino en la Plaza de Mayo ante las primeras realidades de los caudillos de las provincias atando sus caballos a la Pirámide: que el espíritu que reino en la Plaza de Mayo ante las primeras presencias de esa patria olvidada de las alpargatas cansadas y los pies descalzos del 17 de Octubre; que el espíritu que reinó en la Plaza de Mayo cuando esa Argentina de las caras limpias asumió esa primera y solidaria actitud republicana ante las caras tiznadas de la soberanía militar…”

El Renault azul metalizado continuaba su camino, Los hombres de las motocicletas inclinaban sus cuerpos en las curvas de la ruta. La distancia con los autos de la custodia se mantenía exacta. Los mecanismos del sistema de seguridad funcionaban a la perfección.

Anita sonrió y abrazo con fuerza a su marido. La comitiva disminuyo su velocidad porque la ruta estaba en reparación.- Nadie advirtió la desesperada carrera de ese galgo hambriento. Cortando campo con su mochila de explosivos sobre el lomo y la antena que sobresalta más arriba de la cabeza.

Cuando el galgo alcanzó el coche actuó como lo había hecho siempre. La sincronizada destreza adquirida le permitió introducirse debajo del auto sin perder su ritmo. La perfecta maquina animal había logrado su objetivo. La perfecta tecnología empezaba el suyo.

La antena toco el metal del auto. La electricidad se desplazó a la velocidad del pensamiento. El detonante ocho liberó la energía de la carga y la exposición levantó el Renaul azul metalizado a varios metros del suelo. Cuando su techo toco el asfalto ya estaba envuelto en llamas y sus cuatro ocupantes estaban muertos.

Unos instantes antes Cafiero había abrazado a su mujer mientras se secaba las lágrimas. Los dos se miraron atentamente a los ojos. Ninguno pensó que la atención absoluta es una forma de plegaria.

Mientras le secaba las lágrimas le decía:

-Anita, no llores…

Fueron las últimas palabras de ese hombre que todo el país más tarde lloraría.

El Día que Mataron a Cafiero  – Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsy – Puntosur Editores – 1987 – Ficción política

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