Miscelaneas
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El Operativo Cóndor: 2 de 2
El trato a los prisioneros cambió radicalmente con el que habían recibido en las islas
El Operativo Cóndor: 2 de 2

Al mediodía echaron a andar los motores del avión para cargar las baterías e intentar contacto radial con el continente. El radio operador pudo comunicarse con Río Gallegos luego de varios intentos fallidos con Ezeiza y Bariloche. “Misión cumplida: hemos aterrizado en las Malvinas y tenemos rehenes; no abandonaremos el lugar hasta que el gobernador inglés acepte que nos hallamos en nuestro suelo”; fue en síntesis, el mensaje.

Por su parte, el gobernador formal argentino, almirante Guzmán, aprovechó la radio para solicitar directamente al presidente de facto: “Niños y mujeres necesitan alimentos y alojamiento. Solicito ayuda”. Poco después entró en escena el sacerdote católico Rodolfo Roel. El cura intentó mediar entre los comandos argentinos y los británicos. Al pie de la bandera argentina que flameaba en un mástil improvisado, los “cóndores” aceptaron que los viajeros involuntarios  y la tripulación abandonaran el avión, para recibir alimentos y alojamiento en la ciudad; entre los pasajeros había cuatro chicos. En varios vehículos, 25 de los 29 pasajeros fueron alojados en casas particulares, ya que por entonces en las islas ¡no había un solo hotel!. Tal el estado de abandono en que el Imperio mantenía a aquel remoto archipiélago. Entre los evacuados, había una carga de pollitos que clamaba por agua. Alejados sus connacionales, Dardo Cabo arengó a los hombres y a la única mujer del grupo, pidiéndoles “colaboración, seriedad y valor”. Luego el sacerdote celebró una misa para los comandos argentinos, ya que todos eran católicos. Después fue liberado un guardia inglés que decía tener un pequeño hijo enfermo, pero a todo esto, el jefe de policía ya no estaba, no sabe si escapó o fue liberado. Los rehenes recibían abundante comida, pero los argentinos seguían alimentándose con lo que había quedado del “catering” de vuelo.

Al atardecer de ese día interminable, una lluvia intensa se descargó sobre la árida turba malvinera; un fuerte cerco tendido por los infantes de marina y civiles armados en torno al avión, hicieron crecer la tensión, aumentada por los reflectores que encandilaban el aparato, intentando controlar los movimientos de sus ocupantes. El bloqueo se había extendido hasta una colina cercana, donde estaban instaladas tres carpas que seguramente, eran posiciones de tiro u observación.

Dardo Cabo y María Cristina Verrier. Amor en MalvinasDemocracia – 29-09-96

Ya en la madrugada del jueves 29, el comisario de a bordo Carlos Ferrari que había sido liberado junto al resto de la tripulación y los pasajeros, se acercó al avión con una custodia armada y a los gritos llamó a Dardo Cabo. Cuando le permitieron ascender al avión, entregó en mano al jefe del operativo un ultimátum del gobernador inglés en el que comunicaba a los comandos que estaban “totalmente cercados; sin intentan salir del avión, los soldados y policías tienen orden de tirar. No respondemos por vuestras vidas. Es preferible que se rindan”. La respuesta fue negativa. Cuenta el testigo, que mientras el grupo vivía horas de tensión extrema a bordo del aparato cercado y luego de pasar una noche de terrible frío, la mayoría de los pasajeros salían de ‘shopping’ por los escasos comercios isleños, aprovechando las pichinchas que representaban las mercaderías extranjeras que libres de impuestos ingresaban al archipiélago. A media mañana del jueves, el mandamás inglés reunió a pasajeros y tripulantes en una iglesia y mediante la traducción del sacerdote católico, les ofreció trasladarse a Montevideo en el buque británico “Darwin” que hacía la ruta Malvinas – Montevideo; aclarando que todos los gastos serían cargados al gobierno argentino.

El espíritu comercial de la Rubia Albión prevaleció por encima de la delicada situación político – militar que se vivía en la pista, ya que el gobernador aprovechó para ofrecer mediante el banco local, cambio de moneda para que nadie se quede sin comprar algo. En esa maraña de intereses cruzados en que se iba convirtiendo la patriada de “Los Cóndores”, el gobernador de Tierra del Fuego, almirante Guzmán – que recordemos estaba entre el pasaje y hasta entonces se había limitado a comportarse como un civil más -, después del ofrecimiento británico, agradeció la hospitalidad de los “ocupas” ingleses y también habría prometido hacer llegar un regalo “en nombre del pueblo y gobierno argentino” a las autoridades de las islas.

Paralelamente, los comandos bajo la mira de las armas continuaban su ayuno, ya que se habían agotado los pocos víveres que había en la máquina. Por la tarde, el cura intentó que “los muchachos” como él les decía, depusieran las armas; hubo otro “no” rotundo. Finalmente, el comandante del avión, Fernández García terció en la negociación y obtuvo como fórmula de acuerdo la entrega del armamento a cambio de permanecer bajo la cobertura del padre Roel. El gobernador aceptó y a las 17 del jueves 29, el grupo entregó las armas. En una ceremonia emocionante, “todos los ‘cóndores’ con el sacerdote y el comandante del avión formaron junto a la bandera argentina que estaba flameando desde la mañana anterior y procedieron a arriarla”;  cuenta García. Luego con la enseña en brazos entonaron el Himno Nacional Argentino, ante una multitud de isleños asombrados. Una vez desarmados y bajo una fuerte custodia, fueron alijados en la iglesia, como se había pactado; incluyendo la chica.

En el salón del templo permanecieron hasta el sábado, bajo los reflectores y las ametralladoras británicas; aunque ya estaban desarmados. Las camas eran las baldosas del piso. El reportero fue alojado en un calabozo en condiciones que no eran mejores que las padecidas por los combatientes e inclusive golpeado por el jefe policial; luego se lo  reunió con el grupo alojado en la iglesia. Le devolvieron sus pertenencias pero le requisaron rollos fotográficos con detalles del operativo. Según García, se lo trataba de involucrar en la misión, pese a ser un mero espectador.

El Comando e los Cóndores se Dirige al Buque Bahía Buen Suceso
Democracia – 29-09-96

Mientras tanto, la noticia había estallado en los medios de comunicación del continente y la noticia recorría la Argentina. Pero la tranquilidad en los cuarteles era total; se diluía una de las esperanzas de los “cóndores”. Por lo contrario, el gobierno argentino hablaba de “aplicarles todo el rigor de la ley”. Para colmo, el avión estaba clavado en el barro y con escaso combustible. Cerca del mediodía del sábado, encabezados por el cura Roel, todos los argentinos custodiados por los “Royal Marines” marcharon en fila india y abordaron en el puerto una lancha carbonera que debía trasbordarlos al buque argentino “Bahía Buen Suceso”. La operación falló por el mar embravecido y toda la comitiva debió regresar a puerto. El mismo sábado se concretó el segundo intento, luego de momentos de tensión por el tema de las banderas argentinas; el inglés pretendía que se las entregaran para que no flamearan en la lancha, como habría pasado en el primer viaje y los argentinos se negaron. Se acordó entregárselas al gobernador nominal Guzmán. Cuando Cabo entregó las enseñas patria al marino argentino, le recordó: “Señor Gobernador; una de ellas flameó durante 36 horas en estas islas y bajo su amparo se cantó por primera vez el Himno Nacional”. El almirante se habría limitado a responder secamente; “gracias”.

A bordo de la nave argentina, los esperaban fuerzas policiales, pese a tratarse de un buque de la Armada. El trato a los prisioneros cambió radicalmente con el que habían recibido en las islas. Comieron en abundancia, fueron revisados por médicos y descansaron. La tripulación naval los agasajó como héroes y firmaron decenas de banderines y ‘souvenir’. La contracara de la visión que el gobierno de facto tendría del hecho, al que calificaría como un mero hecho policial. En la madrugada del lunes 2 de octubre la nave fondeó frente a la base naval de Ushuaia. Al otro día los 18 “cóndores’ fueron interrogados por el juez federal Miguel A. Lima, quien también lo hizo con Héctor García en su condición de testigo privilegiado, y para aclarar las circunstancias en que aparece involucrado en la quijotesca aventura. Los comandos quedaron detenidos a la espera del juicio y el periodista recuperó la libertad de inmediato, teniendo la primicia de una nota extraordinaria. Según trascendidos, la dictadura esperaba un castigo ejemplar al grupo de jóvenes que mediante métodos no convencionales, se habían atrevido a reafirmar la soberanía argentina en nuestra tierra irredenta. La respuesta de los “cóndores” fue unánime ante los extensos interrogatorios: “Fui a las Malvinas a reafirmar la soberanía”. Vale recordar que cuando los detenidos bajaron a tierra, gran parte de la escasa población que entonces tenía Ushuaia, se apiñó en el puerto recibiendo a los compatriotas que desfilaban apuntados por armas argentinas. Medio centenar de periodistas difundió sus imágenes por todo el mundo. El 26 de junio de 1967 los 18 argentinos que hicieron flamear la bandera argentina durante 36 horas en territorio ocupado, fueron condenados a penas que oscilaron entre los nueve meses y los tres años de cárcel. Un “tiro para el lado de la justicia”, fue que el magistrado ordenó devolverle a Cabo los pabellones nacionales que se exhibieron durante la estadía en las islas. El jefe del operativo mientras estaba en prisión, se casó con su compañera María Cristina Verrier.

El histórico comando estuvo integrado por: Dardo Cabo (25), Alejandro Giovenco (21), Andrés Castillo (23), Ricardo Ahe (20), María Cristina Verrier (27), Norberto Karasiewicz (20), Aldo Ramírez (18),Juan C. Bovo (21), Pedro Tursi (29), Ramón Sánchez (20), Juan C. Rodríguez (31), Luis Caprara (29), Edelmiro Navarro (27), Fernando Lisardo (20), Pedro Bernardini (28), Edgardo Salcedo (24), Víctor Chazarreta (32) y Fernando Aguirre (20).

La vorágine política de los años posteriores, dispersó y en muchos casos, marcó con la tragedia a ese grupo histórico. Dardo Manuel Cabo, dirigente de la JP de las Regionales, fue fusilado por la dictadura en 1977; Alejandro Giovenco – el segundo jefe – murió en 1975 cuando militando en un grupo de extrema derecha, le explotó una bomba que transportaba. Pedro Cursi y Edgardo Salcedo están desaparecidos, A Juan C. Rodríguez lo asesinó la triple “A”. Ramón Sánchez y Aldo Ramírez fallecieron por causas naturales. Once miembros sobrevivieron.

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