Anécdotas
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Manrique en Campaña
La mujer se despacha con una frase que escuchan todos: -Quiero que usted sea presidente
Manrique en Campaña

Ministro en Campaña
Para obtener una audiencia o una entrevista fuera de agenda, los encuentros ‘al paso’ con ministros y presidentes fueron rutina en todos los tiempos.

– ¡Ahí sale, déle que sale!

Apenas pone un pie en la vereda para abordar el au­to oficial, el ministro de Bienestar Social de Lanusse, Francisco Manrique es atajado por un grupo de personas necesitadas que le cortan el paso. Manrique con deseos de hacer buena letra para su futura campaña presidencial, improvisa su despacho en la vereda de Talcahuano 1167 y atiende urgencias.

-Paco, ayúdeme, usted que es tan bueno.
-Señora, yo no tengo trabajo para su marido -dice Manrique y la deriva al Ministerio de Trabajo.

Uno a uno, le plantean sus necesidades. Manrique escucha y lapicera en mano receta a cada uno lo suyo. En la larga fila de problemas se cuelan otros más intrans­cendentes, como un viaje a Bariloche que quiere hacer un grupo de adolescentes.

-¡Eso es una pavada, mi problema es grave, salgan de acá! -protesta uno.
-Todo es importante, hay que hacer cosas por los jó­venes -responde el funcionario, demagógicamente.

 Antes de subir al Torino celeste, donde su chofer lo aguarda desde hace más de media hora, escucha a una habitante de una villa de emergencia. Y convencido de que en la calle no puede hacer nada, la invita a subirse al auto. Impresionada por tanta amabilidad, la mujer se despacha con una frase que escuchan todos:

 -Quiero que usted sea presidente.

Manrique, como si nunca se le hubiera ocurrido la idea, la palmea un poco en la espalda.

-Señora, por favor -responde con disimulada hu­mildad.

Cuando finalmente la mujer se baja del auto, Paco, muy sonriente, le dice a su chofer:

-¿Viste, che? Ya estamos en campaña.

Las Anécdotas de la Casa Rosada, de Rivadavia a Menem – Cristina Galasso – Planeta – 1999

Cancha de Atlanta – CABA – 1982

El Fin de una Gran Amistad
Como en las mejores familias, las sobremesas presi­denciales también pueden terminar con portazos, gritos y llantos. Así ocurrió en tiempos del general Lanusse. Durante una predecible y bucólica tarde en el living del chalet presidencial de Olivos, las señoras repasaban las últimas colecciones de modas y las novedades de las carteleras de los cines. Luego, las familias amiguísimas siguieron el ritual, con la llegada de la troupe de hijos e hijos políticos pa­ra compartir la misa y la mesa al mejor estilo de los Campanelli. Sin sobresaltos, los Lanusse y sus invitados, Francis­co Manrique y su familia, hacían la sobremesa con cog­nac, bombones e infidencias sutiles. En un ángulo los hombres y en el otro rincón las mujeres. El presidente de facto besó a su nieto rubio con la remera de La Momia y fumó un Gitanes mientras es­cuchaba a quien le gustaba definir como ‘un amigo, un hermano’.

-Presidente, me voy -dijo, de pronto, Manrique.
-¿Tan temprano? Si esto recién comienza…
-No hablo de Olivos. Me voy del gobierno.
–Paco, ¿tenés algún problema? –interrogó, inquieto, Lanusse.
-No me pasa nada. -¿Entonces que bicho te picó?
 –Me voy a postular como presidente.

Los gritos sacudieron a las mujeres, que conversa­ban en un sofá. La primera dama, Ileana Bell de Lanus­se, identificó el vozarrón de su marido. Los insultos del general eran dignos de un carrero. Manrique, futuro candidato presidencial por la Alianza Popular, se levantó hecho una tromba, reunió a los suyos y se fue dando un portazo. No volvió nunca más a Olivos.
Las Anécdotas de la Casa Rosada, de Rivadavia a Menem – Cristina Galasso – Planeta – 1999

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