Al Pie de la Letra
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En el Autocine
Cuento de Pablo Diringuer
En el Autocine

En esas épocas de desocupado-ocupado, la conocí. De algún modo fui un triste testaferro invertido por expresar mis deseos más íntimos de pluma periodística. Sucedía que, el hecho de tratar de vivir de lo que me gustaba, había implicado el tener que asumir esa inestabilidad muy proclive a quedarme de golpe y porrazo prácticamente en la nada y con las manos vacías.

Casi siempre en las distintas publicaciones que hube de aplicar mi inventiva periodística chocaban con innumerables situaciones contradictorias que me pelaban los cables y estresaban a más no poder esas ganas de echar raíces para así, poder desplegar más profundamente lo que pensaba alrededor del tema que fuese. Pero claro, eso nunca habría de ocurrir pues siempre chocaba con esos intereses empresarios que, muy distantes de mi pensamiento, terminaban por cercenar abiertamente mi insólita creencia que podía –en algún momento y por determinadas situaciones coyunturales de país- expresar aunque fuese un ápice de mis ideas. También estaba el stress que me provocaba el hecho de tener que realizar en término el laburo que fuese y que, de no resultar así, debería de inventarme algunos injertos y refritos para finalmente presentar algo que tapase semejante agujero que nunca resultaba estar bien visto.

Jefes de redacción, encargados de secciones varias o directores, siempre se cargaban a quien no cumpliese de manera exacta y al pie de la letra los imperativos pedidos de artículos que no desentonaran para nada con esa inmunda línea editorial; y si no, a barrer el piso con alguna gilada de gacetillas o pedorradas policiales reiterativas de relleno.

En una de esas últimas revistas semanales que me tuvo como colaborador eventual, y hasta en algunas oportunidades como un raro free lance, alguien me pasó el dato de un empresario ligado a una consultora marketinera de productos importados que tenían que ver con aparatos y elementos para el goce sexual. Yo debía escribir –previa conversación con el ejecutivo en cuestión- un artículo relacionado con la importancia de esos elementos de todo tipo para mejorar la calidad en la satisfacción sexual entre hombres y mujeres. El tipo en cuestión me tiraba la data de lo que pretendía y luego, yo trabajaba sobre la idea y le escribía un par de páginas que después –al mes siguiente- saldrían publicadas en una revista empresarial de limitada tirada, pero que llegaba a grandes empresas ligadas a ese tipo de negocios y que, por suscripción, se leía en altas esferas de los importadores grandes del país.

El personaje en cuestión –Mr. Hamil se llamaba- me pagaba muy bien cada entrega mía todos los meses, lo único que no me gustaba era que, yo no podía firmar mis artículos con mi nombre, cosa que sí hacía Hamil que se llevaba todos los laureles de mi erosión pensante.

Mister Hamil pagaba puntualmente las notas que le entregaba que me servían cada una de ellas para pagar el alquiler mensual del departamento que alquilaba; luego sí, todo lo recaudado por otros lares me servía para vivir de la mejor manera.

Mister Hamil poseía una oficina en pleno centro de la ciudad que era tan grande que hasta podría decir que ocupaba casi un piso entero de ese edificio lleno de vidrios espejados en el piso 19.

En ese sitio y en esa gran oficina había también grandes muestrarios entre vitrinas de esos inefables productos para exaltar la sensación sexual; había pues, tras esos cristales, consoladores de todo tipo y tamaño, con energía solar y a pilas; profilácticos de todos los colores y relieves excitantes además de fragancias extravagantes no solamente de origen francés, sino también con onda hindú y hasta un perfume similar al hachís y a la maconia marihuanera.

También había látigos y raros cueros negros para atarse a catreras y lianas para colgarse cerca de precipicios orgásmicos y hasta disfraces y anteojos de materiales elásticos que oscurecían completamente la visión para dar lugar inmediatamente a la neta sensación ligado al placer del coito y la imaginación. Existía también una pequeña vitrina en la que pululaban muñequitos femeninos y masculinos que se entrelazaban y tomaban posiciones diferentes sexuales y mientras se cogían emitían sonidos de goce y hasta sorprendentemente brotaban a través de sus raras pieles de látex, una cantidad considerable de líquidos perfumados y afrodisíacos que, verdaderamente, contagiaban a quien se detuviese a observarlos. Yo era uno de ellos, cada vez que estaba en esa oficina –una vez al mes- no podía dejar de observarlos cómo se movían cuando esas raras marionetas electrónicas se hamacaban impactantemente en plena fornicación.

Allí fue donde la conocí a ella, la secretaria de ese jefe o ejecutivo o dueño de esa oficina, el señor Hamil. Ella se llamaba Kim y parecía tener ciertos rasgos orientales aunque no tan definidos, además su castellano, si bien era bastante parecido al de cualquier porteño, denotaba de a ratos, cierta rara dicción que hasta llegaba a dudar de si verdaderamente su origen pertenecía a nuestras huestes, o Japón o China la hubiesen exportado por exceso de población.

Kim siempre se sonreía cuando nos veíamos esos contados minutos en ese gran hall previo al encerrarme con Hamil en su oficina; yo había comenzado a impacientarme en esas entrevistas que, si bien eran de trabajo, no me gustaban demasiado pues me inflaba un poco las pelotas el hecho de ver en esa publicación mensual mi artículo salido de mi marote firmado por Hamil y trastocado en algunos párrafos como si fuese de su propio estilo que quien sabe qué tipo de fama y elogios ya hubiese recibido de parte de su séquito de babosos de Poder y dinero.

Kim también parecía esas últimas veces que hube de frecuentar esa oficina, un poco hastiada en el trato que tenía para con su jefe, y durante todo ese tiempo en que los conocí a ambos pude observar el deterioro relacional entre ellos. Según deduje, él era casado desde hacía varios años y, su mujer varias veces lo pasaba a buscar lo que motivó de parte Kim cierto enfriamiento hacia Hamil. Aunque nunca supe nada, era de suponer que Kim había tenido algo con Hamil y que, en esa indefinición de su jefe, la relación de ambos, se deterioró. Kim, cada vez que aparecía por la oficina se ponía contenta conmigo y hasta me trataba con más amabilidad que veces anteriores y cuando Hamil aparecía hasta se desvivía más de la cuenta por demostrar su interés por mi persona.

A Hamil no le caía muy en gracia semejante actitud de ella, pero no decía nada y yo, verdaderamente me hacía el boludo; es que, lo que me importaba era la guita que me pagaba por mi trabajo, amén que, ella para mí no resultaba ser de mi atracción además de ser solamente y con cierto cuidado, “la secretaria del dueño”.

Sin embargo, y en una de mis últimas entregas de ese trabajo mensual y un poco hastiado de mi desagradable sensación de mercenario periodístico, repensé mi actitud distante para con ella, y en un volantazo de actitud me le puse frente a frente y la llamé con mi celular al teléfono de la oficina. Ella para nada supuso de mi actitud por eso se rió completamente sorprendida mientras a escasos dos metros mi voz sonó en estéreo mientras gesticulábamos en vivo y en directo.

Si bien su rostro no terminaba de convencerme, su figura era esbelta y lo principal, su manera de ser, estaba por verse dentro de mí, ese infaltable ensamble sobre cómo conjugan las personas cuando se interactúa tan profundamente en lo que se dicen.

La primera vez que tuvimos un encuentro sexual ella estaba todavía con bastante enojo respecto de Hamil y, aunque jamás entró en detalles de lo acontecido, en la medida en que comenzamos a frecuentarnos empezó a soltarse y sugerirme más veces el encontrarnos; era casi como una relación formal en donde la pareja que se está formando agrega ante cada situación de ganas más y más gestos y actitudes proclives a una construcción en ciernes.

Pero yo no estaba tan enganchado en ese rollo y, aunque no se lo decía, me comportaba de manera bastante medida mientras estábamos juntos. En contados meses me había acostumbrado a verme con Kim de manera periódica y hasta consensuábamos en los distintos lugares a frecuentar. Uno de sus lugares favoritos era un extraño autocine al que le gustaba ir en cuanto se enteraba que pasaban alguna película de países orientales; ella me pasaba a buscar en su auto y se reenganchaba frente a la pantalla gigante; el lugar al que habíamos ido en varias oportunidades ese día se hallaba repleto de vehículos y la película en cuestión trataba de tráfico de estupefacientes y puteríos en general de mafias achinadas y burdeles llenos de humos drogones.

En los inicios de la función y ya, con esa hilacha que denotaba el celuloide sobre quién era el principal muchachito héroe de la película, comencé a embolarme de la misma mientras charcos de sangre enchastraban la pantalla y nos salpicaban de gritos y balas al por mayor; fue allí donde posesionada como estaba, Kim, comía sus pochoclos y yo miraba otras películas por los alrededores; me resultaba más entretenido observar el comportamiento de otras parejas en otros autos, la mayoría miraba de a ratos y, de a otros ratos se tocaban y franeleaban como si fuese la última vez. Justo al lado nuestro un lujoso auto importado ocupado por un chabón gordo con una mina rubia muy bonita se cagaban de risa de algo que se decían para, inmediatamente comenzar a besarse de manera desenfrenada, luego fumaban un pasto raro y reían. El gordo me enganchó un par de veces viéndolo, lo que motivó de su parte hacerme gestos con sus manos amuchando los dedos con un gran signo interrogante ¿Qué mirás? Me indicaba prepotentemente. Yo me hacía el cara de nada y miraba las estrellas mientras Kim masticaba sus palomitas de maíz y se horrorizaba de las piñas que se daban en la película esos chinos a los que no les importaba nada de nada.

Habrían pasado no más de diez minutos cuando nuevamente miré hacia mi lado derecho, el auto lujoso del gordo; el mismo se hamacaba pronunciadamente y la rubia parecía estar encima de él tomándose el cucurucho a punto de hervir, si bien el sonido de la película oriental era bien alto, los gemidos del gordo se escuchaban también y el auto seguía moviéndose como un barco sobre las olas. Finalmente el movimiento cesó y el rostro del obeso me guiñaba un ojo de manera bien canchera mientras se fumaba un cigarrillo. La situación vista en vivo y en directo por mis ojos, me había calentado y atiné a tomarle la mano a Kim y luego arrimarme bien al lado de ella para, finalmente, comenzarla a franelear; ella seguía enganchada con el celuloide y  casi que esquivaba mis impacientes labios lo que me motivaba a insistir en mis instintos tal vez un poco desbocados. Sin haber logrado mi cometido, nuevos ruidos otra vez a mi lado derecho, desviaron mi intención de seguir el brote de mi excitación: nuevamente el individuo excedido de peso gritaba inentendibles dichos hacia su rubia compañera y ésta, imprevistamente abandonó el auto y se fue corriendo del lugar. El gordo, aparentemente lleno de impotencia, hasta que salió del habitáculo, tardó unos instantes y para cuando quiso alcanzarla, la chica se había hecho humo, luego regresó como abatido de la situación y su mirada sobradora mutó por una cara de angustia y se puso a llorar desconsoladamente, allí me percaté que me observaba y hasta tuve ganas de hacerle un dedo de fuck you, pero me quedé en el molde y sólo le mostré mi inmediata franela hacia Kim, que si bien no entraba en la frecuencia que inmediatamente buscaba, seguía a mi lado y hasta después de terminada la película era más que probable la fogosidad de pareja.

Con su imagen deteriorada de bajón, finalmente prendió el motor del lujoso auto y, en contados segundos desapareció de la escena y como muchas veces una cosa atrae la otra, y ya, en los finales de esa película oriental, Kim tuvo un cambio drástico en su comportamiento; imprevistamente comenzó a comportarse de manera nerviosa: -¡Me parece que está allí, me parece que está acá, cerca nuestro! –me dijo casi como asustada-

-No entiendo… ¿Qué pasa? –le respondí-
-¡Hamil, Hamil está allí con su esposa y nos vio… me parece que nos siguió!

Buscó un resquicio por donde escabullirse del  lugar y luego, de manera impetuosa y preocupante abandonamos el autocine si haber terminado la película, aunque, para mí, ni siquiera hube enterarme de la misma. En ese trayecto de vuelta, apenas un café nos cobijó un rato en un sitio pasajero y al voleo; luego quiso irse a su casa.

No volvimos a hablar desde ese día hasta que, una nueva secretaria me llamó desde la oficina de Hamil para trasmitirme un mensaje de su jefe: -Me indicó el señor, que a partir desde ahora no hará más falta que le escriba el artículo para la revista del mes que viene, así que, le manda muchos saludos; adiós y buenos días…

Yo no alcancé a decirle nada, me quedé en silencio una vez más, taciturno y viajero en esa inestabilidad periodística hasta ese nuevo puerto en donde anclar otra vez mi submarino de ideas y conclusiones nómades, en ese mar de las turbulencias donde todo se mezcla y de los rascacielos se pasa sin anestesia a las catacumbas hasta un nuevo fénix, cuyas plumas regurgitadas volviesen a brotar mágicamente.

Por Pablo Diringuer

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