Ya fué
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Autitos con Plastilina
Estos Eran de Factura Menos que Modesta. De Plástico
Autitos con Plastilina

Existe un recurso para viajar al pasado, mucho más sencillo y barato que aquella Máquina del Tiempo que imaginó H. G. Wells: aunque suene obvio es la memoria; la propia y la colectiva. Con todos los riesgos que encierran los relatos testimoniales, desde los olvidos piadosos hasta la fabulación, es la única posibilidad junto a los documentos, de acceder a lo que ya no es.

En ese museo vivo que es la memoria popular, existen recuerdos que por pertenecer a muchos, son imperecederos. De ese reservorio es de donde uno extrae imágenes como las de un grupo de pibes, en cualquier barrio porteño a mediados del siglo XX, disputando encarnizadas carreras de autitos plásticos, en la vereda de la cuadra.

Se elegía una vereda lisa, sin grietas ni agujeros. Luego se dibujaba una pista con curvas y rectas; con tiza, carbón o un trozo de ladrillo. En la largada se alineaban varios autitos.

Estos eran de factura menos que modesta. De plástico. Pequeños (cabía más de uno en la palma de la mano), huecos, atravesados por dos ejes metálicos (delantero y trasero) en los que giraban las rueditas, también plásticas. El modelo fue copiado de las famosas “cupecitas” Ford, que tantos triunfos obtuvieron conducidas por los hermanos Juan y Oscar Gálvez. Años de un Turismo de Carretera heroico, sobre rutas de tierra, con pilotos – mecánicos de talento asombroso, quemando kilómetros por los caminos argentinos y sudamericanos. Los pibes al comprar con unas monedas el codiciado autito, se sentían un poco Gálvez o Emiliozzi.

Al ser huecos, con una carrocería muy delgada, los autitos necesitaban ganar peso para aumentar la inercia del envión y evitar el derrape. Entonces se los rellenaba con plastilina.

Carreras de Autos en Parque Chacabuco – Fotos Cecilia Profetico – Clarín – 17-07-15

La masilla estaba prohibida porque la leyenda urbana en el piberío, decía que la masilla era más pesada que la plastilina; a igual volumen, el auto con masilla pesaba más, se afirmaba en tono inapelable. No obstante, algunos pícaros ajenos a esa discusión, se las arreglaban para introducir tornillos u otros elementos metálicos ocultos en la plastilina, para aumentar el peso y darles más seguridad a su “máquina” en el desplazamiento. Al descubrirse alguna de esas trampas, sobrevenía el escándalo. Piñas, empujones, hasta algún desalmado que pisaba al auto “falluto” y el inevitable “con ese no me hablo”, que duraba lo que las partes quisieran.

Los premios en esas carreras eran variados. Desde participar sólo por el prestigio, que abarcaba el auto y la “muñeca” del conductor, hasta competir por bolitas, figuritas de cartón o revistas de historietas; y estaba quien subía la apuesta desafiando por una Coca Cola, que pagaban los perdedores. Dicen que en algunos barrios, se competía por monedas.

También estaba el que usaba autos más elaborados. De metal, con detalles, ruedas de goma maciza y hasta un conductor de plástico dentro de la cabina. A estos por tamaño y peso, no se les permitía competir con las minúsculas cupecitas “pichicateadas” con plastilina. Paralelamente, circulaban los de cuerda. Como a los antiguos relojes despertadores, se les daba cuerda y arrancaban, llevándose todo por delante; para envidia y angustia de quienes miraban apretando fuerte la cupecita contra el pecho, o dentro del puño cerrado. Pero esos ingenios mecánicos también debían correr contra sus semejantes.

Más adelante aparecieron los “a pila”. Que como los de cuerda, “andaban solos.”

Para completar la catástrofe, un mal día llegaron los de control remoto. Unos monstruos que prendían y apagaban luces, hacían ruidos extraños, cambiaban de dirección, tenían varias velocidades.

Entonces los pibes de las pistas con tiza en la vereda, empezaron a comprender que algo nuevo estaba pasando. De a poco esas pistas fueron vaciándose de autitos con plastilina y los baldazos de los frentistas, las borraron para siempre. Porque los pibes crecieron o las cupecitas se rompían sin tener reposición, o simplemente porque la frágil fuerza de la imaginación muchas veces, es derrotada por la fuerza bruta de eso que llaman progreso.

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