Al Pie de la Letra
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El Gallito de Morón y el Dentista
Cuento de Pablo Diringuer
El Gallito de Morón y el Dentista

Las hormigas caminaban algo desilusionadas, algo confundidas; pero esa automaticidad desconocida para nosotros -los humanos- no hacía  más que envalentonar esa incipiente necesidad de sabernos omnipotentes y hasta displicentes de lo que le pudiese ocurrir a cualquiera que respirase sobre la faz del planeta.

Lems, Rafca y yo, nos divertíamos en el barrio hasta que por la ventana empañada de novedades, vislumbrásemos una nueva aventura de la vida, algo que alterase aunque sea mínimamente, una inédita capa esmaltada de la atrayente pintura que cubriese el epitelio del aburrimiento esporádico.     No estaba para nada bueno el saber inmediato del acontecer barrial que poco nuevo pasase sobre esas vidas -las nuestras- reiteradamente acostumbradas a ese inmediato devenir en donde los viejos reprochaban actitudes pueriles y los vecinos cuchicheasen infortunios compartidos entre los diferentes padres que componían el espectro. Éramos pibes… o mejor dicho, de a ratos nos atacaba el pasado inmediato de años pisados y nuevos transpirados de pelos en las piernas, que ya, no se notaban tanto por esa adolescencia de pantalones vaquerados que todo lo evidenciaban.


Ya no jugábamos a la pelota en el potrero o en la calle misma, y los goles, no dejaban telas de arañas en los vidrios de cualquier ventana; los tantos futboleros para nosotros habían pasado a ser el reírnos exageradamente de esos pormenores inherentes de juventud, tal vez exacerbados por eso nuevo que había invadido los límites del barrio: «fumar pasto».

Nos resucitaba la reminiscencia de aquella vejez infantil, y entre pitada y pitada, exhalábamos el humo y se lo echábamos directo del pulmón a esa hilera de hormigas de básicamente dos colores: las negras que llevaban hojitas, y las más chiquitas rojas, que se desquitaban cuando las agarrábamos tratando de picar su defensivo veneno a quien atorase su indescifrable periplo; luego, a través de un impredecible canuto con forma de embudo de hoja inocua de interiores, las introducíamos en un vidriado envase en donde esperábamos a pura risa el observar cómo ambas razas de insectos se agarraran a las piñas a pesar del mambo del humo. También, sobre esos umbrales caseros del barrio castelarense estaban las hormigas rápidas que tenían «el culo blanco» y se las veía asiduamente sobre los cementos de las casas, estas últimas, rara vez peleaban y se escurrían por donde pudiesen en vez de entablar combate alguno. Este rollo del cual nos incumbía no más de unos contados minutos, tal vez, reminiscencias de esa pendejada vida dejada sólo unos pocos años atrás, luego nos volvía a la realidad circundante y -hormigas tiradas a la mierda mediante- las conversaciones redundaban en ese inmediato devenir del «qué hacer» para descifrar la aguja de la brújula que incansablemente buscaba algún horizonte.

Lems y yo rondábamos los quince años, Rafca ya tenía diez y seis, y si bien la escuela secundaria marcaba el paso, los fines de semana aparecían con la imprevisibilidad de lo buscado. En ese barrio de la ciudad de Castelar, si bien había dos clubes bastante populares por aquel entonces, no así lo había desde el punto de vista alguno de alcance masivo y con características Nacional, es decir, si para los varones que éramos, cada uno solía tener sus preferencias alrededor del fútbol, esos clubes para nada llegaban a ser un ápice del deporte en cuestión. Entonces, claro, nos unía el barrio, y en ese sentido, lo que más nos tiraba a todos los ciudadanos del querido Oeste era el sentirnos representados por lo más cercano, y lo más pegado a nuestro sentir era el aledaño barrio de Morón, que sí, poseía un importante equipo de fútbol, que aunque no fuese de la primera liga «A», sí lo era de la «B», de tal modo, en variadas oportunidades  hubimos de concurrir a esa modesta cancha -«impresionante» para nosotros-

El estadio del Club Deportivo Morón, estaba el mismo, al lado de las vías del ferrocarril y cuando tocaba el partido que fuese de local, la cancha se hallaba prácticamente llena, fuera el rival que fuese, y en las ocasiones que hubimos de decidir acercarnos al mismo, tanto Lems, como Rafca y mi persona, nos reíamos a más no poder por las vicisitudes del espectáculo pero más que nada por aquellas historias que rodeaban al mismo; antes de entrar resultaba ser todo un clima previo que nos daba la pauta del inmediato devenir: vendedores ambulantes de todo tipo, policías cagándose de risa mientras pedían documentos a algún borracho empedernido de justificaciones; puestos inmersos en humo con chorizos lacerados de carbón; fisurados con trapos naranjas agitando milimétricos lugares de estacionamiento vehicular; boleteros-ticketeros enmarcados dentro de vallas casi al unísono: -«vayan pasando con el ticket en mano, sino a un costado serán demorados hasta nuevo aviso»… Y ese «nuevo aviso» no resultaba ser nada más que un par de billetes de baja monta.

Lems era el que siempre se encargaba de conseguir las entradas… no sé cómo era que se ponía las pilas, pero siempre que íbamos, los boletos estaban relucientes, y jamás de los jamases, tuvimos algún inconveniente en ingresar al estadio.

Esa tarde de sábado, tanto Rafca como Lems me habían comentado que el partido en cuestión era, de alguna manera, «bravo»; esto significaba, que el rival a enfrentar era el equipo de Nueva Chicago, que tenía fama de ser un rival bastante pesado, sobre todo, por esa hinchada que no dudaba en absoluto en cagarse a palos con quien fuese.

El escenario era bien de película, aparte de todos los personajes circundantes alrededor del estadio, en esa tribuna enfrentada a la que estábamos los hinchas del gallito, una masa bien amuchada de fanáticos embanderados de colores negro con verde vociferaban todo el tiempo con inimaginables tipos de cánticos e insultos de todos los colores y sus bocas abiertas exhalaban alientos salpicadores de infundios de lo más recalcitrantes en donde lo más suave solía ser un nuevo coito a nuestras madres.

  Nosotros habíamos ingresado a la tribuna re-fumados y nos reíamos como pendejos de escuela en ese recreo juguetón de incredulidad maliciosa; en poco tiempo nos encontramos apretujados codos con codos, y a pocos metros, la pesada hinchada que copaba el epicentro tribunal y arengaba sin parar al espectro del resto que, indudablemente, acompañaba con alegría y expectativa.

El medio de esa turba exaltada de chabones con tatuajes, vinchas y estandartes del gallito, las banderas solían tapar de a ratos a todos sus componentes, y en un recogimientos de las mismas, pude apreciar a muchos de sus compinches que saltaban sin parar mientras el partido había comenzado. Parecía haber uno o varios líderes que se empujaban unos a otros de a ratos, pero que no llegaba a mayores y seguían inventando cánticos y compartiendo canciones ya súper conocidas por todos; en un momento dado, y ante el silencio tribunero, uno de los líderes del bullicio comenzó a gritar de manera desaforada: -«¡Griten manga de paspados, conchudos del orto, parecen traspasados por pelotudos de barrio norte, griten porque si no»…!!    Acto seguido esgrimía una cadena que había comenzado a revolear a modo de paleta de ventilador mientras en su entorno no dejaban de saltar y cantar y reían frenéticamente. Al costado de ese líder gritón, había una pendeja contemporánea a nosotros, muy bonita, de tez morena, pelo bien lacio y oscuro, y unos pantalones bien ajustados que dejaban apreciar su trasero bien pronunciado, hasta parecía ser producto de algún escultor greco-romano por su dureza, mientras sus tetas, al saltar en medio de la tribuna, semejaban ser dos huevos de avestruz recién hervidos. No bien hube de observarla, noté mi incipiente interés que ya, escapaba a mi normal comportamiento de esencial raciocinio; cuando lo codeé a Lems, él no se había percatado de semejante guacha, casi al lado nuestro ni menos que menos, en medio de semejante quilombo de hinchadas. Lems le hubo de trasmitir a Rafca del dato visual, pero Rafca desechó tal posibilidad de «acercamiento», pues daba a entender que, si estaba al lado o formar parte mismo de terrible barra de quilomberos, poco nos podía aportar. En ese constante ajetreo de miles de personas festejando lo que fuese, el partido estaba cero a cero cuando, en uno de los tantos avances del gallito, la jugada terminó en ¡GOOLL!!…   El desbande fue total y casi el cien por ciento de la tribuna se vio movida de cabo a rabo, de Este a Oeste y de Norte a Sur o de lo que mierda fuese; todo se vio mezclado en todos los sectores y el cemento parecía vibrar al compás de los gritos populares; en un momento dado, Rafca, que casi apartado de donde estábamos y Lems a sólo un par de metros míos… Yo, en cambio, me vi imprevistamente, al lado mismo de esa voluptuosa pendeja que había comenzado a mirarme, ¡bah!, para qué mentir-mentirme, yo también me había quedado tildado, como congelado sin poder reaccionar ante esa obra póstuma del escultor greco-romano… Y encima ella, como tratando de apaciguar el oleaje tribunero del descontrol, y ya, con el comienzo de esos quince minutos del entretiempo había comenzado a hamacarse a través de la música que habían iniciado por los altoparlantes del estadio: «Wild horses» -caballos salvajes- de los Rolling Stones, y ella sonreía y gesticulaba y se hacía la que entendía la letra y braceaba mientras yo entre pálido y colorado me hacía el que no me importaba y estaba en otra, hasta que ella me dijo casi en alto volumen: -¡Qué lindos ojos que tenés!!!…

Ella seguía al lado del jefe de la barra brava que todavía acariciaba esa cadena oxidada que gustaba en girar a través de sus tatuados y musculosos brazos; le estaba por contestar su impactante apreciación sobre el color de mis ojos, cuando el bravo sujeto comenzó a arengar a todos los que lo seguían: -¡Vamos más para la punta! -dijo, pues en el tiempo que faltaba se invertían los campos y él pretendía estar más cerca del arco rival- También les indicó a sus seguidores con esa voz de mando que mostraba netamente autoridad: -¡Que nadie se olvide la letra  del último cantito, sino ya saben la que les espera! ¡Y vos pendeja -por la piba que me había dicho lo que dijo- dejá de hacerte la linda, y como hermana mía si no te cuido la vieja me caga a palos y no me hace más los fideos! Ella sonrió un poco resignada, no sin antes mostrar un atisbo de encuentro para con ese casi insignificante segundero face to face y hasta se atrevió a casi reír y allí, su esbelta figura mostró el neto enjambre que podía o no embalsamarme de miel: sus labios dejaban traslucir su descuidada dentadura en donde dos de su dientes paleteros, uno se hallaba partido casi en diagonal, y el de al lado, picado por una incipiente caries. Lems que estaba a dos pasos míos había observado la escena y percatado lo mismo que yo: -«Un buen motor y carrocería pero sin luces de posición ni parabrisas» ¿Se le estarán quemando las juntas? rió Lems.

 Pero a mí me había gustado, estaba bárbara, y Rafca me verdugueaba y me decía: -¡Claro, si la vieja no hace los fideos vos te vas a poner a amasar»…

  En el segundo tiempo, Rafca, un poco que se enculó, y nos trataba de convencer que nos alejásemos del aroma pesado de ese núcleo de gentes ligadas a «dejar la vida por la camiseta»; hizo todo lo posible para apartarnos del bullicio fanático, y mientras Lems y yo conciliábamos actitudes acompañantes, a punto de comenzar el segundo tiempo del partido, milímetro a milímetro, nos fuimos recostando más hacia el margen izquierdo de la tribuna, y mientras lo hacíamos, ella, la esbelta figurita hinchadora del gallito y mis braguetas excitadas de ansiedad tribunera y palabras de aliento de parte de esa ignota hacia mi imprevisto ego latino barrial, comenzaron a despedirse de manera visual, y en ese lento, pero definitorio paso a paso distante de lugares físicos, la sonrisa de ella con sus dos principales dientes rajados de vida parecían exhalar mensajes aprobados hacia mi presencia y la delataron finalmente y de a ratos, cuando la estrechez de los espacios visuales, semejaban distracciones mientras el equipo local afirmaba una vez más el triunfo definitivo con otro gol que lo catapultaba a la punta misma del torneo. El gallito de Morón a punto de ser campeón del torneo.

Una semana después, y ya, con el encuentro deportivo de visitante, el equipo volvió a triunfar en cancha ajena, con lo cual, junto a mis dos amigos planeamos nuevamente acercarnos al estadio de Morón, para, finalmente, participar de lo que a todas luces podría llegar a hacerse realidad: «¡EL Gallito de Morón campeón!!».

En la semana previa al partido ni habíamos hablado entre nosotros, pero un día antes, Lems se apareció con los tickets y cuando llegamos a las puertas del estadio, el clima resultaba ser de fiesta nacional y por los alrededores de la cancha parecíamos estar en otro mundo: todo inundado de colores rojiblancos, emblemas de la localía avasalladora y un enjambre tal vez mezcla de sangre ligada al fanatismo con ese oportunismo inherente del que necesita y no pierde el momento para nivelar las carencias arrastradas de por vida: todo tipo de estandartes, muñecos; gorros, pitos, camisetas; matracas, globos, banderas… hasta los choripanes parecían tener los mismos colores, y el aroma a mostaza y ketchup perfumaba junto a las salchichas esa inexplicable agitación a la felicidad colectiva. También era cierto, ese humo característico de los chorizos bronceados y chamuscados al carbón callejero, se camuflaban de a ratos con el humo no solamente del tabaco; en porciones de trechos esquineros, grupos de insolentes fumadores de chalas raras, intercalaban risas mientras los ojos intentaban lagrimear sutilezas de alegría. Tanto Lems como Rafca y yo, ingresamos al estadio sin camisetas futboleras ni estandartes de colores cocoritos, sólo curtimos el paso displicente de los que nos habíamos embadurnado de alegría terrenal, y en esos grandilocuentes escalones de la tribuna, prontamente nos hallamos casi en el epicentro de lo que, indudablemente, sería el núcleo de la felicidad circundante.

Ni una nube en el cielo, y ese sol perfumado de jolgorio era el complemento perfecto de la marea humana que nos hamacaba con la excusa que fuese y nos incumbía y unificaba en lo inexplicable de esa unión colorida y energética en pos de ese club que simpatizaba y quería como lo más importante del barrio.

La tribuna local principal era de cemento, y si bien, a punto de comenzar el encuentro estaba prácticamente llena, en los últimos quince minutos previos al encuentro, nos vimos más apretujados todavía pues hizo la entrada el núcleo duro de la hinchada, y otra vez ese movimiento masivo de gentes se corrió atolondradamente hacia indescifrables lugares, nosotros tres nos vimos algo distanciados, y nuevamente yo, casi pegado a esos chabones revoleadores de arengas y cadenas y banderas producto de los cuáles me vi en la obligación de rebotar y hasta balbucear canciones que no me sabía del todo. No bien hizo su ingreso el equipo visitante la gran mayoría los reputeaba, algo que mutó opuestamente cuando el gallito apareció por el túnel: fiesta total.

 Todos comenzaron a saltar al compás del aliento desaforado del fanatismo que había llegado para no irse jamás y los escalones cementados parecían ser cartones soplados por un gran viento arrollador que todo absolutamente todo hacíalo parecer inmerso en una gran tormenta huracanesca que nos envolvía y no había manera de parar.

Amuchados como estábamos, ya no importaba nada y en ese desbande masivo, apretados codos con codos, y piernas prácticamente en el aire, me dejé llevar hacia donde fuese sin dejar de reír y erizar pieles a la marchanta; en ese raro viaje me imaginaba formar parte de una gran torta cumpleañera en donde esa cobertura que derramaba y cubría, éramos nosotros el chocolate que chorreaba y chorreaba por todos lados y pintaba el espectro tribunero; luego, claro, en ese final desmadrado del desbande, unos cuantos terminaban apretujados contra el alambrado, y el vuelta a empezar era la figurita repetida que nos gustaba compartir y disfrutar. La risa resultaba ser la sangre que nos imantaba y los corazones latían inmersos en ese baño de descontrol.

  Cada vez que el vendaval humano irrumpía el muy esporádico y tranquilizador momento, esa población tribunera diagramaba de manera completamente distinta, nadie se encontraba con nadie y lo más probable era que ya, ni buscásemos al que antes teníamos al lado; a partir de ese instante, una nueva situación había de comenzar, tanto fue así que, en uno de esos terremotos masivos nuevamente se me dio por mirar el ajedrez humano, y allí la vi; era ella… nuevamente esa imagen femenina y escultural greco-romana había aparecido casi junto a mi lado y entre salto y salto agitador y fiestero quedé enmudecido al observarla y sentirme observado; ella con su jean apretujado y curvas delimitadas sin señales municipales de ningún tipo, oportunamente me sonrió, y sus dos dientes dejaron traslucir su cómoda personalidad de pendeja que no le cabía una y si le iba alguna no hacía más que acompañar el surgimiento de su onda y a la mierda con los protocolos. Entonces, y ya, al lado el uno del otro me dijo: -¡Ché guacho, me quedé tildada con tus ojos, de dónde sos; yo soy de Rafael Castillo! ¿Y vos?…

Le dije que era de Castelar, y antes de que le terminara de explicar nada, me interrumpió y me mandó un “¿De ese barrio careta?”…

Me entré a cagar de risa y le dije que después de fumarme un flor de palango  éramos todos iguales ante la ley del naufragio del humo. No sé si me hubo de entender, pero a punto de acercarse más a mi persona para decirme algo al oído o qué se yo qué, abruptamente la tomó del brazo ese hermano-jefe de la hinchada y la arrebató hacia el núcleo certero de la barra hinchadora del gallito, no sin antes verduguearla ante la vista de todos; el chabón le recriminaba a los gritos: -¡Pero pendeja, siempre te anotás en cualquiera, después me tengo que bancar a la vieja que me arma quilombo por todo, no te separás más de al lado mío, me entendés!

Acto seguido desapreció en medio de la multitud no sin antes sonreírme de lejos como dejando abierta la puerta de un ocasional y futuro encuentro. Lems y Rafca que justo hubieron de ver la escena gesticularon de diferente manera; mientras Lems apretaba el puño con satisfacción; Rafca refunfuñaba con fastidio como dándome a entender: “Dejate de joder”.

Finalmente, el gallito ganó ese partido y salió campeón y ascendió a la “Primera A”, a partir de allí nunca más lo fuimos a ver pues era prácticamente imposible conseguir entradas, además, desde ese momento, ya nos importaba más los equipos de los cuáles éramos hinchas desde nacimiento y tal vez por herencia familiar y no queríamos cuestionarnos ningún tipo de contradicción al respecto.

Con el tiempo, los amigos nos seguimos frecuentando, aunque de manera más espaciada; Lems y yo nos fuimos del barrio a la capital, en tanto Rafca siguió por la zona pues su viejo tenía un pequeño taller de plásticos en el cual decidió, de algún modo, sucederlo, sobre todo en la parte contable de la cual, Rafca era bastante bicho al respecto. Lems se había ido a vivir solo al centro porque había comenzado a estudiar la carrera de medicina, y mientras laburaba en una empresa cercana a la zona de la facultad, se había alquilado un bulín por los alrededores; en el caso mío, se me había dado por el periodismo y alquilaba un depto.  por Palermo con lo cual solíamos cruzarnos de vez en cuando y en algunas oportunidades compartir momentos con algunas novias.

  Lems era un tipo más que prolijo, siempre con buena pilcha y reluciente su aspecto, y cada vez que me lo encontraba solo o con alguna compañía femenina, su imagen declaraba notoriamente la de una persona “políticamente correcto” en su aspecto aparente-social.

 A mitad de la semana nos habíamos comunicado para encontrarnos el sábado siguiente e ir a un buen lugar por la zona de San Telmo, él se había tomado el trabajo de hacerme la cabeza durante varios días que ya tenía todo armado para ser cuatro en ese encuentro, obviamente, con dos femeninas correspondiéndonos. Jamás era de fallar ante semejante propuesta, pero el día viernes me llamó imprevistamente al laburo y me pidió lo inesperado de un urgente encuentro en donde le había aparecido una especie de flemón en la boca, y no aguantaba más del dolor, hasta se confesó medio mareado al respecto y por ende, me pidió que lo acompañase al consultorio de su dentista que, casualmente, se hallaba cerca de mi domicilio. Los laburos nuestros se encontraban cercas el uno del otro en el centro, de tal manera, nos cruzamos, y con un taxi, fuimos más que rápido al destino del profesional en cuestión.

  El dentista atendía las urgencias en un gran piso sobre la avenida Santa Fe, y en ese piso doce, todo aparecía por demás reluciente, desde la planta baja en donde los vigilantes con sus uniformes impecables anotaban todo a su alcance desde la hora de ingreso hasta los nombres y apellidos correspondientes a las visitas, y esos modernos ascensores llenos de botones y espejos, también los encargados del orden y la limpieza se paseaban de aquí para allá con aparatos tipo walkie-talkie recorriendo los distintos pisos. Todo era bien moderno y preciso de funciones específicas ante las necesidades e imprevistos que surgieren.

  Cuando llegamos al piso 12, las cámaras nos delataron sin tocar timbre, y una amable y femenina voz nos dio el okey para ingresar tras el cristal a esa reducida sala confortable de espera.

 En contados minutos sonó el nombre de Lems y una especie de enfermera dental hizo su aparición con delantal blanco y hasta uno descartable para el paciente que ayudó a colocárselo por encima de la ropa. Desde el fondo del piso, se escuchaban voces de personas, y ese murmullo inundaba el silencio ambiental, nada hacía sobresaltar el espacio, sólo esos ruidos característicos de los tornos pulidores y escarbadores de dientes vituperaban sensaciones inherentes de personas simuladas peces a punto de ser extraídos de los fondos de mares del dolor.

 Entre esos cuchicheos de diferentes voces hasta el ocio que me invadía en esa espera, me daba la oportunidad casi sacrílega de evaluar tonos y timbres de las mismas presagiando o presintiendo similitudes con otras conocidas en el tiempo… Había una que hasta me parecía algún atisbo de alguien a la que en lo fortuito de la vida me habría de haber tocado en suerte conocer. Pero como por ese largo pasillo no podía ver nada alrededor de los cumplían todo tipo de funciones, nada podía comprobar al respecto. Así fue durante una media hora en donde el concierto de tornos en todas sus sinfonías me tocaron en combinación de voces de sensaciones sufridas, y comprobar cómo más rápido que tarde los aliviadores doctores bucales, cumplían sus respectivos cometidos.

Y en medio del bullicio casi silencioso, esa voz que sospechaba algo conocer, hizo su aparición, con un excelente blanco prolijado de perfección antiséptica, su amable gesto dirigió sus primeras palabras hacia mi persona; era ella, esa esbelta figura atrapada en sinuosos pantalones apretados en la tribuna futbolera del gallito de Morón; su mirada nuevamente fue punzante de colores visuales, sin embargo en ese escueto y esquivo pantallazo aparentó no saber ni recordar nada de nada, tampoco yo hice referencia alguna, y cuando estuvimos frente a frente, a través de sus flexibles labios rojos sonrió formalmente y sus contadas palabras acariciaron sus dos bien blancos dientes delanteros perfectamente ubicados y adornados de correspondencia en la totalidad de sus 32 en su hermosa boca: -¿El acompañante del paciente Lems? –me dijo- y seguidamente completó con un “salió todo bien, la inflamación cesó y el dolor ya no está”…

Finalmente me saludó extendiéndome la mano y al alejarse por el largo pasillo, su figura greco-romana destilaba ondulares acompasares casi musicales sin cánticos de tribunas futboleras inmersas en oleajes desaforados de fanáticos gritando goles de gallos moroneneses.

Luego apareció Lems, un sonriente Lems sin  dolores de ningún tipo; al verme de algún modo pensativo y hasta viajero en mis suposiciones, me dijo que le había parecido que sí, que era ella, pero cuando salió del consultorio la vio besándose con uno de los dentistas y que entonces se dijo que no, que no podía ser, además “los focos de posición delantera bucal estaban sanos” –completó- Luego rió y me apuró con un “dale, hagámosla corta que mañana nos esperan dos que están bárbaras”…

La avenida Santa Fe, casi nocturna, parecía otorgarnos el ánimo de la creencia en la vida hacia adelante llena de vicisitudes y sorpresas.

Pablo Diringuer

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