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Caza de Brujas
En los Tiempos Contemporáneos, la Caza de Brujas Cambió de Objetivos
Caza de Brujas

La presunción de la existencia de brujas y también de brujos, se remonta a la Antigüedad clásica y aún mucho más atrás, en los imperios y reinos del Cercano Oriente. Las obras literarias de aquellas regiones que llegaron hasta nuestros días, hacen referencia a esos personajes y sus prácticas, que en general se las vincula con el culto del mal y sus deidades. En definitiva es la eterna lucha entre los conceptos del Bien y el Mal.

A partir de la hegemonía cristiana en Occidente, la brujería fue asociada con la figura del demonio y cualquier práctica religiosa no contenida por los otros cultos monoteístas (Judaísmo, Islam), corría el riesgo de ser encuadrada en esa categoría, con el consiguiente castigo. De todos modos, tanto el Islam como el Judaísmo, fueron reprimidos en distintas épocas dentro de las fronteras de la Cristiandad.

Entre los siglos XIV y XVII se registró en varios países europeos, no sólo en España, una verdadera caza de brujas, que con mayor o menor intensidad, se mantuvo a lo largo de todo ese período. La creación del Tribunal del Santo Oficio, conocido como Inquisición, como autoridad destinada a velar por la pureza de la fe cristiana, sistematizó la persecución a presuntas brujas y también a herejes de cualquier creencia.

Pasaron por sus celdas amas de casa, científicos, médicos, alquimistas, escritores, primitivos farmacéuticos, y cualquier denunciado por desarrollar prácticas consideradas no cristianas. En muchos casos, una marca física de nacimiento podía tomarse como evidencia importante, para sumar al proceso y condenar al acusado. La hoguera era el castigo capital, pero también las torturas para obtener confesión o la reclusión sin tiempo. Asimismo, muchos acusados de prácticas anticristianas terminaban absueltos o padecían castigos menores.

La imagen más difundida por la tradición oral, el cine y la literatura, es la de brujas volando en escobas, provocando hechizos y reuniéndose en orgías en los bosques (aquelarres), en las cuales a veces participaba el mismo Diablo, bajo la forma de un macho cabrío u otra figura humana. La entrega a Satán en cuerpo y alma, se pactaba a cambio de renegar de Dios y así obtener poderes sobrehumanos y otros beneficios. Por supuesto, para practicar el mal.

Con los avances científicos y la difusión de nuevos paradigmas culturales, las creencias masivas en brujería fueron languideciendo, pero se mantuvieron vigentes en la religiosidad de muchos pueblos, inclusive en Occidente y América Latina en particular.

En nuestra América al imaginario cristiano sobre brujería, se agregaron las vertientes politeístas aborígenes y las generadas por las culturas provenientes de África; éstas últimas, con fuerte incidencia en Brasil y El Caribe, aún en el siglo XXI.

Ya en los tiempos contemporáneos, la caza de brujas cambió de objetivos pero mantuvo su espíritu. Así la frase comenzó a utilizarse para graficar las persecuciones ideológicas que fueron comunes en el siglo XX. Las “cacerías” de carácter ideológico más tristemente célebres fueron las practicadas por los fascismos europeos, por el denominado “macartismo” en EE.UU. durante la Guerra Fría, por el stalinismo en la Unión Soviética y las listas negras que proliferaron en las dictaduras latinoamericanas.

En años más recientes, la intolerancia bajo barniz religioso se extendió en Medio Oriente. En algunos gobiernos y también en organizaciones político – militares.

El caso más espectacular es el que surgió en Estados Unidos, precisamente por ser esa práctica paranoica, que es la negación de la esencia democrática que siempre se auto adjudicó el país del Norte. Se trata del “macartismo.”

En 1945 EE. UU. junto a sus aliados, emergió victorioso de la Segunda Guerra Mundial contra los países del Eje. El conflicto fue planteado como la lucha entre Democracia y Totalitarismo. Pero en 1949, el mundo estuvo al borde de un choque armado entre las dos superpotencias: EE. UU. y la Unión Soviética, cuando los rusos bloquearon Berlín Occidental. Apenas un año después y habiendo alcanzado Moscú la paridad nuclear con su rival, estalla la Guerra de Corea. Es la Guerra Fría y la paz caliente. El planeta vive con angustia el llamado “Equilibrio del Terror” entre los dos colosos. En Norteamérica, el miedo al comunismo alcanza carácter de verdadera paranoia. En ese contexto surge ese nombre de penoso recuerdo, y se debe al senador norteamericano Joseph Mc Carthy.

El hombre alcanza celebridad presidiendo el Comité de Actividades Antiestadounidenses. El organismo parlamentario se ocupa de investigar la presunta infiltración comunista en distintos ámbitos del quehacer nacional. Abarca la burocracia estatal, la ciencia, el mundo del cine, el periodismo, los escritores, la educación y todo espacio que al autócrata se le ocurriera digno de ser investigado. El sistema se basa en la inteligencia policial, la delación y el “apriete” a los denunciados o sus allegados. A quien cae en desgracia se le da la opción de salir libre de culpa, siempre que denuncie a una cantidad de personas de su conocimiento. Junto al miedo y la desconfianza, las listas negras que no se ven pero que todos conocen, completan el círculo infernal, condenando a quien cae en ellas a no conseguir más trabajo, entre otras calamidades.

Algunas de las víctimas más conocidas fueron el escritor Bertolt Brecht y Charles Chaplin, entre muchos otros. Entre los militantes de la delación en Hollywood, se conoce a Gary Cooper, Robert Taylor y Ronald Reagan. Otros colaboradores, habrían sido Walt Disney y Elia Kazan. Como pasaba con la caza de brujas medieval, es probable que en muchos casos las cacerías macartistas obedecieran sólo a venganzas personales de los denunciantes.

En ese clima de locura, fueron más de medio millar los artistas norteamericanos que se agruparon en el Comité de la Primera Enmienda, para defender la democracia y los derechos civiles en su país.

En el pico de las persecuciones, en el año 1953,el gran dramaturgo Arthur Miller da a conocer su obra “Las brujas de Salem.” Allí se representa un episodio ocurrido en el poblado de ese nombre en el siglo XVII. Un episodio de histeria colectiva, terminó con la vida de varias mujeres ahorcadas por brujería. Audaz alegoría de la tragedia que estaba viviendo la sociedad norteamericana. La contracara brutal de la metáfora de Miller fue la ejecución en silla eléctrica y en el mismo año, del matrimonio Rosemberg; supuestos comunistas acusados de entregar secretos nucleares a la U.R.S.S.

El macartismo seguía cosechando generosamente.

Un año después el siniestro personaje fue expulsado del Senado, muriendo poco después enfermo y aislado.

Nuestro país no fue ajeno a esas prácticas aberrantes. La inestabilidad política a partir de 1955 fue el marco en que se desarrolló también un anticomunismo feroz y en particular, bajo gobiernos dictatoriales. Las listas negras circularon generosamente y alcanzaron el clímax bajo la dictadura 1976 – 1983; entonces cualquier rasgo diferente a la densa cultura oficialista, alcanzaba para ser incluido en una lista negra con consecuencias impredecibles.

La experiencia histórica enseña que la caza de brujas es tan antigua como el concepto de brujería, considerando tal identidad como opción al poder establecido, religioso o temporal, ya que excede largamente el universo de la hechicería y el pensamiento mágico de cualquier naturaleza. Nadie puede garantizar en el siglo XXI, que no vuelva alguna vez la caza de brujas. Porque nadie cree en ellas; pero como dice la sabiduría popular, que las hay… las hay.

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