Epitafios
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Epitafios Australes
Ilustraciones de Miguel Lucero Sobre Poemas de Leopoldo Marechal más conocidos como epitafios australes
Epitafios Australes

A Leopoldo Marechal, su condición de funcionario y militante peronista, le costó después de 1955 el silenciamiento de su obra. No obstante, siguió trabajando y a su producción generada durante los años de ostracismo interno, en 1970 se agregó la novela ‘Megafón o la guerra’; un trabajo marcado por las tensiones políticas del primer post peronismo. En dicha narración Marechal retoma una curiosa vertiente literaria: los epitafios.

“Laurel en construcción, fénix deshecho, / murió a la edad del héroe, y eso es todo.” Dice un imaginario y conmovedor epitafio que revela la condición heroica del yacente: nada menos que el general Juan José Valle, el militar que en 1956 intentó derribar la dictadura instalada el año anterior en la Argentina, y que -ya en el terreno de la dura realidad- fue fusilado junto a un puñado de camaradas y civiles. ‘Megafón o la guerra’ está inscripta en la saga de epopeyas que sugieren varias de sus obras.

Pero donde se aprecia con mayor crudeza poética el recurso de la frase mortuoria, es en la serie de poemas que bajo el título ‘Epitafios Australes’, se publicó en el diario La Nación de Buenos Aires en enero de 1954.

El Epitafio ‘I’ está dedicado al resero Facundo Corvalán, donde advierte en los últimos versos al lector: ‘Nadie toque su sueño, / aquí reposa un viento.’ En la pieza identificada como ‘II’, dedica sus versos al domador Celedonio Barral: ‘Por eso duerme aquí, / silencioso y vencido: / porque domaba todos los caballos, / menos uno’. El poema ‘VI’ fue recogido en la Antología Poética del autor publicada en 1948. Allí describe a Rolón el pulpero, famoso por su avaricia. Los últimos versos son un alarde de poder de síntesis y en tres líneas despojadas de cualquier recurso lírico define al personaje: ‘Dicen las malas lenguas / que yace de costado / para usar menos tierra’.

I Al resero Facundo Corvalán

Aquí yace Facundo
Corvalán, un resero.

Porque había nacido en la cama del viento,
sopló todo su día.

Empujando furiosas
novilladas al Sur,
atropelló el desierto, vio su cara de hiel,
y le dejó una pastoral
montada en un caballo blanco.

Vivió y amó según la costumbre del aire:
con un pie en el estribo
y el otro en una danza.

Y, como el aire, se durmió en la tierra
que su talón había castigado.

Nadie toque su sueño:
aquí reposa un viento.

II A Unco, el idiota

Unco, el idiota, cortador de juncos,
yace aquí sin machete ni juncal.

Para el techo del hombre cortó juncos:
Para el amor del hombre
cortaba juncos verdes:
juncos llenos de viento,
para el hombre y su risa
cortó en el aguazal.

Y él nunca usó ni techo
ni amor ni risa ni hombre.

Rojo de mediodías, pero sin luz adentro;
gallardo y fuerte, pero sin canción,
fue una rica vihuela
que no tuvo cordaje
y una lámpara hermosa
que no encendió su dueño.

Su Dios fue un huevo de chajá
mecido a flor del agua negra.

Junco insonoro, yace largo a largo:
el Cortador Celeste lo ha cortado.

III A la peona Ezequiela Farías

Nació y murió
junto a una vaca.

Entre sus manos duras,
la suavidad del mundo
tomó formas de vaca.

Un silencio de vaca
la ciñó hasta los pies
como su delantal:
un silencio cantante,
más puro que la égloga.

Delante de sus ojos,
los días y las noches
australes desfilaron
como vacas macizas.

La tierra en que hoy descansa
-gorda, sumisa y útil-
se parece a una vaca.

IV Al domador Celedonio Barral

Domó en la pampa todos los caballos,
menos uno.

Por eso duerme aquí Celedonio Barral,
con sus manos prendidas
a la crin de la tierra.

El doradillo, el moro, el alazán
entre sus piernas fueron
máquinas del furor
y pedazos de viento en su muñeca.

Su pan fue una derrota de caballo por día:
un trueno de caballos fue su música entera.

Para su Dios y para su mujer

tuvo sólo un aroma:
el olor de un caballo.

El potro de la muerte
no se rindió a su espuela
de antiguo domador y jinete final.

Por eso duerme aquí,
silencioso y vencido:
Porque domaba todos los caballos,
menos uno.

V A un angelito

Sólo tocó el umbral
de este mundo y se fue.

Con vino y aguardiente
nos alegramos todos,
porque no se llevaba de la tierra
ni una palabra dura
ni una gota de hiel,
sino un trébol pegado
a su talón de un día.

Le pusimos dos alas
de papel en los hombros:
rosas del sur ardían
en su traje de cielo.

Su madre lo lloraba, y nosotros bailábamos.

VI A Rolon, el pulpero

Alma buena del sur, no te demores
junto a la sepultura de Isaias Rolón:
el muy avaro, desde el otro mundo,
es capaz de venderte
como ayer su ginebra
de mala catadura.

Bien metido en su cárcel de botellas tramposas,
compro y vendió este mundo para el diablo.

Desde su mostrador, con la pluma en la oreja,
vio desfilar amores,
caballos y alegrías.

Amontono los frutos
y no mordió ninguno,
porque se alimentaba
de aritmética pura.

Calculador y zafio,
Murió tres noches antes oír ahorrar medicina.

Por no gastar su vieja ropa de casamiento,
mando a que lo enterraran en puro calzoncillo.

En tren de economías, durante su velorio,
se apagaron las velas por si solas,
y a media voz tañeron las campanas
por economizar
la saliva y el bronce.

Dicen las malas lenguas
que yace de costado
para usar menos tierra.

VII A Restituta, la curandera

Curandera por arte, vocación y malicia,
la vieja Restituta
duerme aquí (si es que duerme)
Carpía tierras en el camposanto
y arrancaba cebollas
de maligno semblante.

Con un sapo clavado en una higuera
curo todos los males
asombrosos del sur.

En su olla tiznada
cocino mil destinos:
ataba y desataba los caballos del odio;
sabia el arte oscuro de apagar y encender
ese ardor forastero
que decimos Amor.

Jinete de una escoba, galopando en el aire,
fue vista por un niño a medianoche,
detrás de su marido
que, según dicen, era
cierto Mozo de pata irregular.

Murió sin aspavientos
en la Creciente Grande.

Si hoy reposa entre los esqueletos benditos
es porque en este pago
no había Cura entonces.

“Poemas Dispersos, Poemas Desconocidos”
Leopoldo Marechal- 1954

II A Unco, el idiota

Ilustraciones de Miguel Lucero

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