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En su Diócesis impulsó la creación de las Pastorales Aborígen, Carcelaria, Migraciones, Social y la Casa del Soldado, que cobijaba a los “colimbas” de otras provincias que estaban en tránsito; también instaló la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

El Obispo Jaime De Nevares
La Iglesia Católica comenzó a visibilizar su preocupación sobre la cuestión social, en la etapa en que la expansión del capitalismo, sobre todo en los países periféricos y en las colonias, pasaba a la fase de concentración de grandes capitales, aumentando la explotación humana hasta niveles que ya producían “ruido” en las metrópolis imperiales. La Encíclica Rerum Novarum difundida por el Papa León XIII en 1891, sería el documento basal de la Iglesia Católica sobre la problemática social que agobiaba a los sectores populares.
La inquietud se había transformado en primer lugar, en acción política protagonizada por anarquistas y socialistas, que asociaban a la Iglesia Católica (por su tolerancia), al nuevo orden mundial que desarrollaban los poderes económicos internacionales en esa etapa y que culminó en la Gran Guerra (1914 – 1918).
Después de la segunda catástrofe (1939 – 1945) que definió el mundo en dos bloques antagónicos liderados por dos naciones: Estados Unidos y la Unión Soviética, con fuertes componentes ideológicos (capitalismo liberal versus socialismo marxista), el Vaticano también padeció los sacudones de esa nueva realidad y actuó en consecuencia. Fallecido Pío XII (1958), quién hizo equilibrio en el tembladeral de ese nuevo mundo que surgía al calor del hongo atómico (1945), para mantener incólume la supervivencia del Estado Vaticano y sus ramificaciones institucionales a nivel mundial.
El nuevo Papa es Juan XXIII quien con gran lucidez convoca a un nuevo Concilio (el Vaticano II) en 1962, para introducir con gran fuerza una serie de reformas que abarcan la liturgia (misas en lenguas locales y de cara a los fieles, diálogo con otros credos, entre otras reformas) y la preocupación social enmarcada por el “fantasma” del comunismo y el despertar de los pueblos de Asia, África y Latinoamérica. El Concilio lo cerró el flamante Papa Pablo VI en 1965, ya que Juan XXIII “El Bueno”, falleció en 1963.
Del Concilio Vaticano II participó el obispo de la Diócesis de Neuquén (designado por Juan XXIII) Jaime Francisco De Nevares, quien se alineó con el ala más progresista en ese encuentro decisivo.
Don Jaime como lo llamaban sus fieles, nació en 1915 en la ciudad de Buenos Aires en un hogar sin urgencias económicas, ordenándose sacerdote en 1946.
En 1955 y en el marco de la masacre de Plaza de Mayo el 16 de junio, cuando la Aviación Naval y sectores de la Fuerza Aérea Argentina, descargaron casi 14 toneladas de bombas sobre la población civil, dejando casi 400 muertos y más de 2000 heridos, el Gobierno Nacional acusó a la jerarquía católica de estar involucrada en el golpe de Estado que debía coronar el bombardeo, ya que la prédica golpista se había instalado en no pocos púlpitos. El gobierno constitucional fue derrocado tres meses más tarde.
En ese marco de cuasi guerra civil, el joven sacerdote pasó varios días detenido en Bahía Blanca junto a otros colegas. Poco después fue liberado sin mayores consecuencias.

De Nevares (ya siendo obispo) continuó con su pastoral neuquina. A partir del Concilio Vaticano II, se realizó una serie de sínodos mundiales de obispos y conferencias episcopales nacionales en todo el globo.
En 1968 y siguiendo la prédica de Roma en la ciudad de Medellín (Colombia), seconcreta la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño (CELAM), en la que participa De Nevares. Un año antes Paulo VI había publicado la Encíclica Populorum Progressio, en la que plantea una visión humanista de los problemas sociales y reafirma el compromiso cristiano con los pueblos. Sobre ese material trabajan los curas que adhieren a esa prédica, en particular en el llamado Tercer Mundo (un conglomerado de naciones que buscan un camino alejado de los bloques dominantes).
Nuestro país padecía la dictadura de Juan Carlos Onganía y la pax onganiana prometida para veinte años al poder económico, voló por el aire con el Cordobazo, el Rosariazo y otras puebladas (1969) en las que los curas del flamante Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), acompañaron al pueblo movilizado.
Refiriéndose a los contenidos del MSTM, uno de los pioneros, el Padre Carlos Mugica (asesinado en 1974 por una banda de extrema derecha), dijo lo siguiente: “Cuando se nos dice que por ser curas del Tercer Mundo queremos cambiar la Iglesia, contestamos que no, que queremos volver a la auténtica tradición de la Iglesia. Es decir, que la Iglesia asuma hoy los mismos valores que asumió la comunidad prototípica para los cristianos. Esa comunidad prototípica en la que todavía resonaba la voz de Cristo. La primera comunidad cristiana que vivió en auténtica comunidad de bienes” (1).
Entre 1969 y 1971 Don Jaime participó en las protestas de los obreros de la gigantesca represa de El Chocón (Neuquén) y su confrontación con la dictadura, le valió que lo privaran de su capilla en El Chocón, la que quedó al mando de un vicario castrense. Paralelamente. El obispo demandó la libertad de un sacerdote detenido en las protestas y varios militantes gremiales, y el fin de las listas negras implementadas contra los trabajadores.
Si bien el MSTM lo militan sacerdotes, De Nevares y otros obispos se solidarizan y acompañan su prédica.
La Argentina entra en una espiral política vertiginosa, que en pocos años ve recuperar la democracia (1973), el fin de 18 años de proscripción del peronismo y tercer gobierno y muerte del líder exiliado. A la crisis del gobierno que lo sucedió (Isabel Martínez), pone fin el asalto al poder por parte de las Fuerzas Armadas el 24 de marzo de 1976. En el pico de la represión ilegal un grupo de obispos entre los que está Don Jaime, exige a la Conferencia Episcopal Argentina repudie los métodos salvajes de la dictadura, ya que la posición de varios prelados, es al menos tibia.
Mientras tanto en su Diócesis impulsó la creación de las Pastorales Aborígen, Carcelaria, Migraciones, Social y la Casa del Soldado, que cobijaba a los “colimbas” de otras provincias que estaban en tránsito; también instaló en Neuquén la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos junto a otros actores sociales, eclesiásticos y Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Su compromiso fue acompañado por otros obispos que se diferenciaron claramente de la jerarquía clerical. Son ellos: Jorge Novak (Quilmes), Carlos Ponce de León (San Nicolás), Miguel Hesaine (Viedma), Enrique Angelelli (La Rioja), Vicente Zaspe (Santa Fe) y Alberto Devoto (Goya).
También denunció el asesinato de Angelelli y otros curas y laicos a manos del terrorismo de Estado.
A consecuencia de su actividad, sufrió un notorio aislamiento por parte de los jefes de la Iglesia Católica Argentina.

Restaurada la democracia en 1983, fue convocado para integrar la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP) y comenzaron los juicios a los genocidas; ante el malestar militar, el gobierno de Raúl Alfonsín impulsó en el Congreso Nacional la sanción de la ley 23.492 de Punto Final, que puso un plazo a la presentación de denuncias contra los uniformados. La ley no conformó a nadie (ni acusados ni denunciantes, por razones opuestas). De Nevares también la rechazó por su injusticia manifiesta, ya que ofrecía una generosa impunidad a muchos genocidas.
En Semana Santa de 1987 un alzamiento de jefes subalternos del Ejército mantiene al país en vilo durante varios días. Los rebeldes exigían “solución política” a las secuelas de la represión ilegal. Es decir, amnistía lisa y llana para militares involucrados y jefes guerrilleros. El gobierno negocia con los alzados y poco después, es sancionada la ley de Obediencia Debida. La misma libera de cargos a todos quienes hubieran cumplido órdenes, por más aberrantes que hubieran sido.
Sólo son sentenciados los titulares de las Juntas Militares.
En 1989 el presidente Carlos Menem indulta a los ex comandantes detenidos y a los sobrevivientes de las organizaciones guerrilleras; medida que el obispo rechaza con sólidos argumentos.
Dos años más tarde fue declarado Obispo Emérito (por jubilación) y se alojó en un barrio neuquino, pero en 1994 fue votado por amplia mayoría como Convencional Constituyente por su provincia para reformar la Carta Magna. No conforme con el desarrollo de la Convención, renunció poco después denunciando vicios de forma.

Continuó comprometido con todas las problemáticas de la región, hasta que la muerte lo sorprende el 19 de mayo de 1995. Fue velado en Neuquén Capital durante tres días en los que el gobierno provincial decretó duelo oficial durante esas jornadas. Frente a su catafalco desfiló una multitud que incluyó a toda la comunidad patagónica y de otras provincias, siendo depositados sus restos en la Catedral María Auxiliadora de esa ciudad.
Testigo y protagonista desde su sacerdocio del medio siglo más turbulento de la historia nacional, la memoria de Don Jaime permanece en custodia en una infinidad de pequeños santuarios, bustos y una estatua de seis metros de altura y 257 toneladas de peso, que se levanta en la localidad neuquina de Cutral Co.
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