Al Pie de la Letra
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La Soledad…
El relato de Mariano Roselló se sumerge en la soledad de un anciano poblador y la misión de un perro callejero
La Soledad…

Cada noche, antes de irse a dormir, era para él como una despedida, como su última noche. Antes de entrar a la casa, miraba el cielo y agradecía por su vida, por los momentos felices que ya habían pasado hacía mucho tiempo y se iba a dormir como si fuera el último día de su vida.

La Soledad…

Su vida estaba apagada como la luz de la noche, don Braulio vivía en su rancho solitario. Sus hijos vivían muy lejos de aquel lugar y su esposa había fallecido hacía varios años. Se quedaba sentado por las noches en una desvencijada silla de mimbre en la entrada de su precaria vivienda y cada tanto veía pasar algún vecino que lo saludaba amablemente. Las pocas personas que pasaban por su sencilla vivienda lo conocían, es que don Braulio era uno de los vecinos más antiguos de aquel pueblo del interior. Cuando conversaba algunas palabras con algún vecino se encendía una chispa en su vida diaria, era el único contacto que tenía con el mundo exterior. Cada noche se quedaba sentado en la entrada de su casa y pensaba en su amada esposa que la extrañaba demasiado.

Cada noche, antes de irse a dormir, era para él como una despedida, como su última noche. Antes de entrar a la casa, miraba el cielo y agradecía por su vida, por los momentos felices que ya habían pasado hacía mucho tiempo y se iba a dormir como si fuera el último día de su vida.

Hasta que una noche llegó aquel perro mestizo a la puerta de su casa. El primer día ese perro negro y de ojos saltones lo observó a don Braulio y se acercó sigilosamente. Don Braulio dejó que se acercara y le acarició la cabeza. La segunda noche don Braulio lo esperó angustiado al ver que no aparecía pero volvió a aparecer y se acercó con más confianza y se sentó a sus pies. Pasaron los días y aquel perro era la compañía perfecta para don Braulio, lo acariciaba, le hacía mimos, lo alimentaba y, don Braulio ya no se encontraba solo. Permanecía feliz cada noche esperando reencontrarse con su fiel amigo. El perro se sentaba a su lado y don Braulio le contaba su vida, sus vivencias y sus recuerdos de su compañera ya fallecida. Su semblante cambió, ya no se iba a dormir sin esperanzas. Esperaba durante el día a esa fiel compañía que aparecía durante las noches.

Don Braulio vivió feliz durante un tiempo hasta que una noche mientras esperaba a su fiel compañero sentado en su reposera preferida se quedó dormido para siempre. El perro mestizo llegó un poco más tarde y al verlo inmóvil se quedó sentado a sus pies. Lo observó cómo esperando que le haga un gesto, una caricia que nunca llegó. Se quedó con don Braulio como si comprendiera que su tiempo había terminado. En un momento el perro se levantó, volvió a observar a don Braulio por un instante, lo olfateó y se alejó de aquel lugar en silencio como si entendiera que su misión con ese anciano solitario había finalizado.

Por Mariano Roselló

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