Al Pie de la Letra
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Quién me Manda a mí
Relato de Pablo Diringuer en donde trata de comprender cómo es ser un Conspicuo Delirante de sus Viajes
Quién me Manda a mí

Entonces jamás hube de imaginarme que ella, justamente ella fuese a acusar recibo de mis escrituras de la peor manera y casi sin aviso previo; porque claro, anteriormente nunca había mostrado disconformidad alguna en todo lo publicado en todas las ediciones.

Quién me Manda a mí, a Ser un Conspicuo Delirante de mis Viajes
Quinientas… mil… millones si se quiere, son páginas y páginas de cosas, situaciones acaecidas y/o mezcladas de ficción para decir; contar lo que se vio u ocurrió dentro de la masa cerebral y largarlo de la mejor manera. Ese click indescifrable que se las ingenió para acomodar una idea que se transformó en muchas y nunca se autopronosticó cuál sería la última rama del árbol cuya copa otorgaría la sombra a quien sería depositario humilde pero exigente haciendo las veces del lector.

Y el lector -valga la redundancia- lee; lee y baja o sube el martillo para evaluar y -llegado el caso- condenar o dar sentencia final a un veredicto inapelable en cuanto a la previa repercusión del escrito en ciernes.

Escritores condenados y luego, vilipendiados por ese antecedente del Juez Lector que lo único que hizo fue eso: leer y con un criterio ampuloso, omnipotente llenar las arcas de la imparcial Justicia.

Yo le había regalado un libro de mi autoría a ella y ella, por diferentes razones hubo de detestarme a partir de allí por las frases vertidas en las páginas 27, 34, 98 y 127. Del total de las 155 páginas, las señaladas anteriormente fueron las indicadas por ella en su desdicha hacia mi persona; a partir de allí, en una solapada crítica llena de improperios decidió borrarme de su planeta y yo me encontré ni siquiera de la noche a la mañana, más bien en  menos de cinco minutos a la deriva en el medio del espacio sideral sin un miserable uniforme de astronauta.

Volar o flotar en el medio de la nada mientras ella viajaba hacia otro mundo indescifrable y yo con mi nariz pegada en mi escafandra sin siquiera respirar los aires que hasta ese momento nos envolvía.

Y luego sí; flor de guacha a la vera de una ruta en donde el dedo pulgar de mochilera la catapultaría a los rincones inhóspitos de un devenir que quién sabe siquiera tendría idea de nada. Y yo que me joda y que se me congele el pito en los cuarteles de un invierno eterno del polo norte o sur… daba igual y sin número de repechaje. Y todo por qué… por las páginas 27, 34, 98 y 127; cuatro páginas rompecorazones, primero de ella y, en consecuencia, después a mi persona.

Cierta vez una persona que resultó ser en el tiempo un lector de mis escrituras me preguntó si «No tendría cierto resquemor o visualizaría luego de la publicación de los mismos una especie de persecución o cargo de conciencia con la perspectiva de una probable ofensa». Le dije muy seguro de mí, que no, que eso era para las personas inseguras de ellas mismas, que no me imaginaba a ninguna persona en situación de calle sentimental luego de aplicar la lectura de alguno de mis libros; muy por el contrario, mi discurso ante semejante pregunta fue un simple y lacónico “Todos van a saber mi verdadero mensaje, aún en las partes más complejas, mis metáforas muestran de algún modo en esos caminos interregnos la sobriedad de un horizonte sin sobresaltos; sin sorpresas desagradables que hagan cambiar radicalmente al lector al punto de abandonar la lectura del mismo ni menos que menos odiarme sin más a partir de ese momento como si llegase a ser la antítesis de la persona sobre la cual hasta ese momento era un todo y, a partir de allí resultase ser un nada.

Y esa persona sonrió y mostró un gesto complaciente y de conformidad luego de mi aclaración y cada vez que me lo cruzaba por mi barrio –era un vecino- parecía estar mucho más convencido de mis frases al punto de repetirme casi textualmente párrafos enteros de algunos de mis libros que ya casi, no reparaba tan detenidamente sobre sus páginas.

Entonces jamás hube de imaginarme que ella, justamente ella fuese a acusar recibo de mis escrituras de la peor manera y casi sin aviso previo; porque claro, anteriormente nunca había mostrado disconformidad alguna en todo lo  publicado en todas las ediciones y ahora, con toda su ira junta y su irritabilidad hacia mi persona se despachó con un “No puede ser las cosas que decís, parecés un tipo enfermizo de situaciones completamente oscuras que ya no sé si una de estas noches en tu transformación terminás ahorcándome con un cordón de zapatos…”

Y claro, en esas páginas 27, 34, 98 y 127, el asesino en que se transformaba mi personaje del libro recientemente editado, fue dicho de tal manera, compenetrado al máximo –sobre todo debido a mi investigación previa en historias de asesinos en la vida real- que ella comenzó a sospechar de mí, y de una doble personalidad que le llegó a provocar una desagradable sensación al punto de, no querer más mi presencia y menos que menos dentro de los límites mismos de su casa.

Y no me dio tiempo a nada; lisa y llanamente me mandó bien lejos, así, de imprevisto y de la manera más tajante. Luego sí; el vacío que llena mi espacio y a cagar y que me joda por el desatino de escribir y mimetizarme como un gran asesino serial sin paréntesis entre muerte y muerte, como si fuese un matador free-lance 24 horas sin el menor respiro para limpiar los cuchillos sangrantes o los largos cordones cómplices de mis intenciones.

Y ella se fue así; con esas cuatro páginas irrefutables de enfermedad de mi viaje asesino y sin espacio para la defensa; el martillo de madera con mano de fierro de la Justicia me sentenció a cadena perpetua, y hoy en mi celda purgo mi condena mientras a través de los barrotes veo los pajaritos escudados tras las nubes, ese silbar bajito de las personas que se acuerdan de los buenos momentos vividos, y las sonrisas para las fotos espontáneas sin palabras previas de morisquetas, para dejar entreabiertos los labios secundados de blancos dientes. Quizá los asesinos mañana mismo, o dentro de cinco minutos tomen su biberón; quizás también, las paginas 27, 34, 98 y 127 obliguen a una única metáfora amorosa de caramelo y aceleradora de pulsaciones en el medio del pecho… las palabras en las frases de los dichos, ese gran interrogante del que dice y el que lee o escucha, pálpitos que son antecedentes de las conjugaciones entre las personas, como un entendimiento irrisorio o amable o fortuito o… catastrófico… todo válido a la hora de la imprevisión que nos compone y actúa.

Por Pablo Diringuer

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