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«Tengo el honor —proclamaba— de informar que he llegado a este punto comisionado por el Supremo Gobierno de las Provincias Unidas de Sur América, para tomar posesión de las islas en nombre del país a que éstas pertenecen por ley natural».

Luis Elías Vernet
Las Malvinas Tienen su Primer Gobernador
Veintitrés colonos, ingleses y alemanes, se disputan las botellas de ginebra con que intentan infundirse valor, a bordo del «Betsy», un pequeño bergantín. No pueden mantener la calma ante el paisaje inquietante: cielo nebuloso, un sol anémico, praderas rojizas y un silencio que sólo corta el chillido de los pájaros marinos que escoltan a la embarcación. Esquivan la costa negra y rocallosa donde el mar empecina su furia, desembocan en Berkeley Sound y, por fin, recalan en Puerto Soledad, en las Islas Malvinas; finaliza agosto de 1829. Con ellos llega Luis Vernet, el Comandante Político y Militar de las Islas. Nombrado dos meses antes —el 10 de junio—, es la primera autoridad que designa el Gobierno de Buenos Aires.
Vernet, un hamburgués radicado en el Río de la Plata desde 1817, lleva los elementos necesarios para establecer un pequeño feudo: fuelles, fraguas, una majada de ovejas marinas; también, fariña, galleta y carne fresca, cargadas en la Colonia del Sacramento. No falta el lujo: un piano, arañas de cristal, mesas de comedor, loza fina, una alfombra grande de sala, un sofá.
Treinta y seis árboles y tres mil pies de tabla se apilan en la bodega, atestada con barriles de trementina, ginebra, vinagre, linaza y café. Todavía no se ha despojado de tantos bártulos la henchida embarcación cuando Vernet, el 30 de agosto, proclama, bajo las salvas de artillería: «El reconocimiento del dominio de la República sobre las islas, la Tierra del Fuego y adyacentes».
Quizá lo más significativo sean esos disparos. El líder de la expedición se había provisto de cuatro cañones y cincuenta fusiles; una forma de apuntalar la decisión de plantar pie firme en los dominios.
No es una bravuconada: por muchos años, las islas han sido refugio de balleneros. También de desertores y bandidos. Claro que toda esa pólvora no sirvió; tampoco, el entusiasmo de los tres matrimonios que, según el propio Gobernador, se afincaron en Puerto Soledad; mucho menos, la larga conjura jurídica tejida alrededor de la legitimidad del dominio argentino. Fueron insuficientes para detener el atropello; los ingleses, después de cuatro años de hegemonía argentina, se apoderarían de las Malvinas.

JUNIO 10, 1829
Las Islas de la Discordia
El descubrimiento de las Malvinas constituye aún un enigma histórico. Se afirma, de todas maneras, que el primero en llegar hasta esas latitudes fue Hernando de Magallanes; a fines de 1520, un miembro de su expedición avistó el archipiélago (figura en un mapa atribuido a Pedro Reinel, uno de los cartógrafos más célebres de la época). Sin embargo, versiones menos imprecisas endilgan el descubrimiento al piloto Esteban Gómez, quien, al mando de la nave San Antonio desertó de la empresa y se volvió a España.
Un geógrafo de esos días, Alonso de Santa Cruz, narra el viaje: «Saliendo de San Julián, tomaron su demanda por la costa adelante, habiendo allegado y descubierto unas islas que están al oriente de San Julián por diez y ocho leguas que pusieron nombre Islas Sansón y de Patos…» Diversos mamotretos cartográficos de entonces permiten asegurar que el hallazgo fue un logro de los españoles, no más tarde de la segunda mitad del siglo XVI.
Sólo a fines de esa centuria asoman los primeros —y supuestos— descubrimientos ingleses: el del corsario John Davis, en agosto de 1592, y el de Richard Hawkins, dos años después. Sus testimonios son imprecisos; el de los más responsables geógrafos británicos de la época, en cambio, parece definitivo: ninguno registra en sus cartas a las novísimas islas.
El derecho público de entonces, por otra parte, reconocía que sólo la ocupación de los territorios confería su dominio. Por tanto, el descubrimiento inglés, inexistente como hecho histórico, lo es también como acto jurídico. Hay más razones: la Santa Sede —tutela eminente de las relaciones internacionales— acumuló largas prerrogativas a favor del derecho español sobre el disputado territorio (bula inter-caetera de Alejandro VI, en 1493; tratado de Tordesillas, en 1494).
A pesar de estos antecedentes, holandeses, franceses y norteamericanos merodean las islas.
También los ingleses, que llegan a instalar allí una guarnición en 1771, aunque la abandonan tres años después; en ese momento, España adquiere la posesión exclusiva de todo el archipiélago. En Puerto Soledad reside un Gobernador político y militar que actúa bajo la dependencia de las autoridades afincadas en Buenos Aires.
Cuando se produce la Revolución de Mayo, Soledad alberga una pequeña población de marinos, soldados y —puesto que funcionaba también como cárcel— algunos presidiarios. Un año después las cosas cambian: Francisco Javier Elío, Virrey de Montevideo, evacua el lugar y Puerto Soledad queda abandonado sin que el Gobierno de Londres insinúe ninguna protesta.
Han de pasar nueve años para que el atronar de la artillería quiebre el mutismo y anuncie una nueva posesión. En noviembre de 1820, el capitán David Jewett, al mando de la fragata Heroína, dispara 21 cañonazos y se adueña de las islas en nombre de Buenos Aires. Fue una ocupación frágil: las crónicas revelan que el marino —que tenía patente de corso acordada por el Gobierno— contaba tan sólo con una pobre tripulación de una docena de hombres. Según un capitán inglés apellidado Wedell, que se encontraba en el lugar durante el desembarco, Jewett se aventuró con el único propósito de buscar provisiones.
Puede ser verdad, aunque una circular que distribuyó el corso entre los marinos extranjeros pretendía poner las cosas en claro: «Tengo el honor —proclamaba— de informar que he llegado a este punto comisionado por el Supremo Gobierno de las Provincias Unidas de Sur América, para tomar posesión de las islas en nombre del país a que éstas pertenecen por ley natural». Un mes y medio más tarde, la partida de Jewett desmentía el alarde.

Maqueta que Representa al Poblado de Puerto Luis en la Isla Soledad,
Instalada en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur.
El Comandante de Hamburgo
Hacía tres años que Luis Vernet vivía en Buenos Aires. Nacido en Hamburgo, el 6 de marzo de 1791, pertenecía a una vieja rama de familias francesas, probablemente de Aviñón. Su padre, un experimentado comerciante, previó el mismo destino para el joven Luis: a los 14 años lo envía a Estados Unidos, recomendado a una firma alemana establecida en Filadelfia. Allí trabaja ocho años y luego tienta suerte en Brasil y Portugal; cuando llega a Buenos Aires no le cuesta concertar buenos negocios.
Sin embargo, su fortuna cambia al poco tiempo: pierde cuantiosas sumas en operaciones desfavorables, y sus deudores —que eran muchos— esquivan los pagos con lapidaria habilidad. Es entonces cuando se vincula con Jorge Pacheco, un antiguo capitán de Blandengues, con quien se asocia. Intentan convertir en saladero a la chacra del militar, pero la mutación va de mal en peor: Vernet, al poco tiempo, debe facilitar sus ya escasos recursos (en abril de 1820 llegaban a dos mil pesos) y asume el mantenimiento de la familia de Pacheco. Como compensación, éste —a quien el Gobierno debía más de cien mil pesos— promete cederle la mitad de todo lo que obtuviera de las autoridades.
El pago sobreviene meses después: Martín Rodríguez, como indemnización, le ofrece a Pacheco el usufructo de los ganados alzados que pueblan las Malvinas. En un primer momento, Vernet duda; pero la imposibilidad de cobrar inmediatamente por otra vía lo decide semanas más tarde.
Acaso ignoraba que con esa decisión comenzaría la travesía que —ocho años después— culminaría con el arribo de la Betsy a Puerto Soledad. El 5 de agosto de 1823 celebran el contrato para solicitar el usufructo de la Isla Oriental. Su idea: mercar con las carnes y los cueros del ganado vacuno que vaga por la isla.
El Gobierno accede al pedido en diciembre de 1823, y aprueba otra condición presentada por los socios: de designar al capitán de milicias retirado Pablo Areguati como Comandante de Soledad, aunque sin goce de sueldo.
Desde el principio, la empresa colonizadora del archipiélago estuvo salpicada de inconvenientes: se hundieron varias naves, el ganado que se pretendía introducir en la isla sufría pérdidas alarmantes.
Por sobre todo, la hostil naturaleza malvinera se empeñaba en arruinar la aventura. Entonces —el 10 de junio de 1829— surge el célebre decreto que crea la Comandancia Política y Militar (con sede en Soledad). El radio de acción comprende a las islas adyacentes al Cabo de Hornos, y es Vernet, esta vez, el designado para el cargo. Se trata del segundo intento argentino por asegurar la dominación.

«El que domina el mar —adoctrinaba Sir Walter Raleigh—, domina el comercio. El que domina el comercio marítimo, domina todas las riquezas del mundo.» Vernet matizaba la práctica de ese silogismo con bastante acierto. Un contemporáneo relata, no sin sorpresa, lo que vio en casa del Gobernador: «Poseía una buena biblioteca de obras españolas, alemanas e inglesas. Durante las comidas se sostenía animada conversación; por las noches, había música y baile. En la habitación había un gran piano, y la señora de Vernet, una bonaerense, nos dejó oír su excelente voz, que sonaba un poco extraña en las Falklands, donde sólo esperábamos encontrar algunos loberos».
Bastó, no obstante, que intentara hacer cumplir las reglamentaciones pesqueras (detuvo a tres buques norteamericanos) para que se desatara contra él la furia: la ofensiva culminó el día de año nuevo de 1831, cuando la corbeta Lexington invadió la isla. Clavaron sus cañones, incendiaron la pólvora, saquearon las casas particulares para incautar cargamentos de cuero; dejaron tras sí un puerto deshabitado y, en parte, convertido en ruinas.
«Si no hubiese codicia en los corazones de los hombres —filosofaba el escritor Antonio de Guevara— no habría flotas sobre los mares.» La avidez —y las flotas— siempre tuvo los ojos puestos en las islas. Después de la devastadora invasión, los norteamericanos se dedicaron a defender los derechos ingleses. Albión se frotaba las manos: tras apoderarse del Cabo de Buena Esperanza en 1806, invadir Buenos Aires en el mismo año y Montevideo al siguiente, se apropiaron de las islas de Santa Elena y las de Ascensión y Tristán da Cunha. Había que completar la expansión (no parecía difícil) con una base austral. Un Gibraltar del Sur: las Malvinas.

Tercera Tentativa
El 10 de setiembre de 1832 —tercera tentativa—, el Gobierno argentino da un paso para recuperar el terreno perdido tras la destrucción de Puerto Soledad. Designa a Esteban José Francisco Mestivier, sargento mayor de Artillería, para el cargo de comandante civil y militar interino. En las Instrucciones se le recomendaba resistir, en caso de ser atacado, para dejar bien puesto el honor de la República. Mestivier se embarcó en la Sarandí, con su joven mujer, y ancló en Soledad el 10 de octubre en medio de un viento huracanado.
Las Instrucciones no le dieron demasiado valor. Dos meses y medio después —cuando hubo que ponerlas en práctica— pasaron a la categoría de heroicas intenciones, de simples papeles. El capitán Onslow, de la armada británica, tras superar Puerto Egmont, avistaba Puerto San Luis el 2 de enero. Todo fue simple: la Sarandí, anclada en la rada, no opuso mayor resistencia; tampoco el capitán del buque, teniente coronel José María Pinedo. El 3 de enero, la bandera argentina fue arriada de las Malvinas, habitada por gauchos auténticos, cuyo vocabulario incluía los términos bolichero, apero, recado, acompañados de sus costumbres. Era el final.
Desde entonces, la situación no ha variado. Salvo la claudicación de 1838, cuando Felipe Arana extendió el famoso Artículo Adicional, según el cual se debía «explorar con sagacidad si el Gobierno londinense era gustoso de tomar en cuenta el Archipiélago, como medio para cancelar la cuenta pendiente del empréstito de 1826». Y, por supuesto, las gestiones que el año pasado parecieron conducir el asunto a un buen puerto. Sobre las posibilidades económicas de las islas ya había especulado lo suficiente el Telégrafo Mercantil: «Podemos sacar provecho —señalaba— porque el territorio es muy fértil y su clima menos áspero de lo que corresponde a su latitud. Los cuadrúpedos se han multiplicado prodigiosamente y se calcula que no habrá menos de 40 mil cabezas de ganado.
Otro manantial no menos copioso es la pesca de lobos marinos, que abundan en sus costas». Vernet, por aquella época, se aprestaba a administrar toda esa riqueza para el Gobierno de Buenos Aires.
Primera Plana – 30-06-69 – Aniversarios
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