Al Pie de la Letra
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Helado Áspero
Relato de Pablo Diringuer en una tarde de Castelar que se hace áspera al son de Mick Jagger y “Ella es un arcoíris”
Helado Áspero

La rama de ese árbol en determinado momento se hizo tronco y la otra persona del otro lado de esa línea inalámbrica desapareció de la escena. Sólo quedábamos esa lengua áspera chorreada de cremas chocolatadas y mis ojos felinos.

Helado Áspero
El helado. Sólo cinco minutos -o menos- me llevó mirar cómo esa lengua raspaba y erosionaba esa crema chantillí con chocolate bajo esa sombrilla de color naranja y el sol rebotaba sobre esa lona cítrica como un mosquito bajo los efectos de un flit.

Yo hablaba por celular mientras el marmota semáforo me mostraba su arco iris colorinche y yo ni bola; a un costado hablando de laburo con mi culo sobre la moto y el astro rey que me abollaba el casco en complicidad con sus ultravioletas que perforaban intestinos.

Era raro, muy raro mi comportar; es que… me dominaba imprevistamente esa bifurcación inmediata e impensada; por un lado ese llamado al teléfono que me indicaba los próximos pasos rutinarios del quehacer laboral; por el otro, ese pececito de piel frutillera que dale que te dale con su envase cucuruchero y las gotas sabrosas transpiradas de sabor.

La rama de ese árbol en determinado momento se hizo tronco y la otra persona del otro lado de esa línea inalámbrica desapareció de la escena. Sólo quedábamos esa lengua áspera chorreada de cremas chocolatadas y mis ojos felinos al ataque de esa presa displicente y hasta neófita de actitudes sentimentales.

Yo no me fui por ninguna tangente, al contrario, mis ojos de supermán traspasaron con sus rayos equis la epidermis de esa lengua con chica y helado cremoso bajo el paraguas anti sol. Ella, ya masticaba el cónico cucurucho y miraba la nada bajo la caricia solera de la tarde más que apacible: avenida I. Arias en el mismo centro de la ciudad de Castelar, la hora 16,30 ayudaba a los pocos transeúntes a rebuscar algún antecedente o precedente distractivo de esa horizontalidad pueblerina del Gran Buenos Aires mientras el calor invadía la parte más alta de ese tobogán veraniego.

Finalmente ella nota mi presencia de tipo… extraño al paisaje cotidiano, sus últimos mordiscos de galletita de cucurucho se engullen bajo mi mirada curiosa de individuo capitalino, luego abandona la solitaria mesa y su correspondiente silla con sombrilla, y se pierde en la primera transversal que la atraviesa hacia el anonimato.

Yo sigo transpirando bajo el casco adrede levantado, de fastidio pre-veraniego. Al sol no le interesa en absoluto mis pedorros pensamientos de hormiga negra y cascaruda bajo los influjos de su todo poderoso accionar, no existo aunque efectivamente respire oxígenos templados y las pocas nubes le obedezcan en su accionar y se escondan bajo sus invisibles brazos.

Ella, la chica casi rubia y de lentes oscuras declara a través de sus pasos cansinos que ese helado diluido bajo los influjos de su lengua, sólo es un alegre recuerdo en esa tarde aburrida del barrio del oeste; la calle orientada a contramano solamente me permite espiar a través de los espejos su curvilínea figura… son escasos segundos arriba de la moto a dos mil ochocientas revoluciones por minuto, tiempo suficiente para terminar de conectarme los auriculares y escuchar la voz insolente de Mick Jagger que me indica –una vez más- que “Ella es un arcoíris”.

Por Pablo Diringuer

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