Al Pie de la Letra
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Historia en un Frasco
Cuento de Ana Caliyuri - Primer Premio del Concurso Internacional organizado por la Sociedad de escritores Regionales La Plata –Brandsen
Historia en un Frasco

Florencia saltó de contenta cuando su madre le dijo que irían a la estación de trenes. Un paseo siempre es un paseo, y en tiempos de escasez de bolsillo, se valora más. En el trayecto, su madre le explicó que irían a despedir a los soldados que marchaban a la Guerra de las Islas Malvinas. El rostro de Florencia se ensombreció, sabía que la guerra no era algo bueno. Las películas de la Segunda Guerra Mundial que solía mirar con su padre, le provocaban escalofríos: seres mutilados, bombas y muerte. La guerra es para la televisión, pensó la niña, pero la curiosidad es un bichito difícil de matar y se dejó conducir por la mano de su madre.

Apenas unos días antes, Florencia había asistido a dos simulacros de ataque enemigo y había tenido que meterse debajo de la mesa, mientras su padre apagaba las luces de la casa. La oscuridad nunca es buena compañera cuando no se entiende bien qué está sucediendo. Con el paso del tiempo supo que no alcanza con encender la luz para salir de algunas oscuridades.

Antes de llegar a la estación, se detuvieron en un quiosco. Con el dinero ahorrado en un chanchito de porcelana compraron chocolates. El chocolate ayuda a mantener el cuerpo caliente, le dijo su madre, y también le habló del frío que asolaba a las Islas Malvinas. Claro que frío lo que se dice frío, sintió unos años después cuando comprendió el sentido cabal de la muerte.

En el mundo de la niñez todo cabe. La imaginación es tan poderosa como la ingenuidad, por esa razón, el clima de euforia que colmaba el andén, calmó sus fantasmas. Supuso que era una guerra de mentira, como cuando se tuvo que esconder debajo del pupitre, en la escuela. Además, había demasiada gente en el andén, tanta que parecía una fiesta. También la tranquilizó ver al cura párroco entregándole una guitarra a un soldado. No alcanzó a escuchar con exactitud lo que le decía, pero era algo relacionado con el amor a la patria. Y el amor siempre es algo bueno.

Florencia apretó la bolsa transparente llena de chocolates. Con gusto se hubiera comido un par de chocolatines, pero eran para los soldados. Además, la bolsa estaba cerrada y tenía una cartita adentro. Tres líneas que su madre le había dictado “¡Fuerza soldado! La victoria es nuestra. Te espero, Florencia.”

La parte que más le gustaba a Florencia era el final. Pensó que esperar a alguien que vuelva de la guerra es muy bueno. Si vuelve es porque no lo mataron, si vuelve es porque ya todo pasó, y, además, si vuelve, es porque se parece al simulacro vivido en la escuela o en su casa.  Cuando creció supo que ni la vida, ni la muerte, ni la guerra, se parecen a simulación alguna.

Esa mañana de abril de 1982, en medio del gentío que gritaba: ¡Muerte a los ingleses!, Florencia buscó unos ojos, una mirada que se correspondiese con la suya. Y lo vio. Era un muchacho con uniforme de soldado y un poncho sobre los hombros. Estaba a punto de subir a uno de los vagones. Tironeó del saco de su madre, y señalando con el dedo índice, le dijo: a ese le quiero dar los chocolates. En un santiamén, la mujer la alzó, y Florencia estuvo a la altura de la testa del muchacho.

El soldado algo confundido, tomó los chocolates, la abrazó y le dijo gracias. Florencia sintió emoción. Al momento de ver la carta, extendida a lo largo de la bolsa, se le ocurrió que debía responderle algo a esa niñita de rulos y ojos vivaces. Florencia, me llamo Néstor, dijo casi gritando, cuando vuelva te voy a traer tierra de las Malvinas, en un frasco.

A la mañana siguiente, lo primero que hizo Florencia fue contar en la escuela que Néstor, el soldado, le iba a traer un pedacito de la isla cuando la guerra terminase. Le pareció que algunos compañeros se rieron. Sintió fastidio. Con seguridad ellos no sabían ni imaginaban lo que era un frasquito con tierra de las Malvinas.

El caso es que llegó junio de 1982, y la guerra finalizó, pero no los efectos de ella.

Florencia supo que los soldados volverían, y le pidió a su madre que la llevase a la estación. Solo una vez lo hicieron. Fue tal la ansiedad de Florencia por encontrar a Néstor que, al no hallarlo, retornó a su casa llorando. La tristeza le duró varios días. Su madre no sabía qué decirle, ni qué hacer para sacarla de ese estado, y pensó que era mejor no hablar nunca más del tema. Y así lo hizo.

Pero lo que la mujer nunca supo fue que Florencia, cada abril de cada año nuevo, ponía en un frasco tierra y hacía germinar una semilla.

Después, con el paso de los años, Florencia se dedicó al arte de diseñar jardines y cultivar flores. Aún hoy. cuando le preguntan sobre la Guerra de las Islas Malvinas, responde que ella conoció a un soldado llamado Néstor. y que como a ella, le gustaba germinar esperanzas en el corazón de una semilla.

de Ana María Caliyuri

Primer Premio del Concurso Internacional Organizado por la S.E.R ( Sociedad de Escritores Regionales La Plata –Brandsen)

Del libro “Historias con Hilván”, 2023

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