Lunfardo
Fecha de Publicación:
La Yeta y la Mufa
Yeta: Lunfardo - Influjo maléfico - Mufa: Lunfardo - Transmitir mala suerte
La Yeta y la Mufa

La Yeta

Jetta. v. Yeta.
Jettatore. v. Yeta.

Yeta: Lunfardo – Influjo maléfico.

Humor Petiso – Diego Perez – La Nación – Julio 2020

“No defenderé al que mira jugar, ere que disgusta a los jugadores parque le temen a su yeta”.
Cronicón de un Almacén Literario – Arturo Lagorio – 1962

Suerte adversa, mala suerte.
“… como aquél que está seguro / que ya no quiebra la yeta”.
Juan Nadie – Vida Y Muerte De Un Compadre  – Miguel Etchebarne

Del ital. merid. jettatura: influjo maléfico (incorporado ya al ital. general).

Enyetar y su aféresis Yetar: transmitir un influjo maléfico.

Yetado: persona a quien acompaña habitualmente la mala fortuna. Corren también yetadura y yetatura, equivalente a yeta.
“Maestro –reflexionó el reo de la cortada de San Ignacio- y acá que pensamos que es yeta cuando te acierta una paloma…”
Daniel Della Costa – El Cronista – 19-01-00

“Claro que eso de no chapar el aire era fulero; pero vaya una cosa por la otra. Pateando el asfalto todo debe zarparse y, ciertas yettas, son la celosa DGI de la buena vidurria.”
¡Despertá, Jeringa! –  Jorge Montes – Atlántida – 1985

Yetatura. v. Yeta.
Yetar. v. Yeta.

¡Jettatore!
Gregorio de Laferrère
Género: Teatro
Subgénero: Comedia
País: Argentina
Fecha de Publicación: 1904

Sinopsis
Don Lucas Rodríguez, hombre de buena posición económica, resuelve casarse y no tiene mejor idea que elegir como esposa a Lucía, hija de un matrimonio amigo. La joven, sin embargo, no está de acuerdo, y mucho menos lo está Carlos, su novio secreto. Juntos pondrán en marcha un plan para desacreditar al pretendiente. No por viejo ni por malo o deshonesto: ¡por jettatore! Nadie cree en la jettatura o mala suerte; sin embargo, ¿quién no evitó viajar un martes 13, pasar por debajo de una escalera o cruzarse con un gato negro? El autor de esta obra, el argentino Gregorio de Laferrère, fue un gran conocedor de la gente, sus creencias y sus temores, y los ridiculizó, a través de sus personajes, para que todos pudiéramos reconocernos en ellos y reírnos de nosotros mismos.

La Mufa

Mufa: Lunfardo – Mal humor, mala disposición de ánimo.
“Aquella mañana Laura amaneció con mufa, como le oía decir a su marmolista italiano”.
Mármoles Bajo La Lluvia – Pablo Rojas Paz – 1954

Mala estrella, mala suerte (especialmente entre los jugadores).
“… hay que andar perseguido por los canes para que en tres horas de escolaso no se haya dado el 30 más que una sola vez. Y de la tercera decena me cantaban uno a las perdidas. ¡Flor de mufa!”.
Andanzas De Juan Mondiola  – Miguel Angel Bavio Esquiu – 1947

Esplín, fastidio, repugnancia, tedio.
“… para sentirme puro, salvado de la mufa, capaz de acomodarme en un registro más loco que el de mis amigos”.
Sagrado – Tomás Eloy Martínez -1969

Del véneto: star muffo: estar melancólico, triste (y éste del ital. muffa: moho; venire la muiffa al naso: encolerizarse).

Mufa: transmitir mala suerte.

Mufar (se): cobrar mala disposición de ánimo.

Mufado: malhumorado; perseguido por la desgracia.
“´Los partidos hay que jugarlos’, fueron las palabras del técnico del equipo mexicano, que si bien prefirió no identificar al destinatario de sus dichos, está claro que el ‘palito’ fue para el ‘Cabezón’. Por más de los dos actores pincipales de este ‘divorcio’ fueron Gallego y Ruggeri, antes de disputarse el desquite en México se armó un revuelo en la zona de los bancos, cuando algunos futbolistas  aztecas vieron a Sebastián Saja y a Miguel di Lorenzo (más conocido como ‘Galíndez’, masajista del ‘Ciclón’) cubriendo con sal el sitio donde debían sentarse los suplentes locales. Los que visualizaron la maniobra, que, imaginamos tuvo como objetivo ‘mufar’ el destino del rival en dicho encuentro, fueron los argentinos Pablo Marini (ayudante de campo de Gallego) y Jorge Fleitas (preparador físico), quienes se les fueron encima”.
Crónica – 03-11-06

El Malasuerte
En cuanto asomó la cabeza por Chilavert se nos paró el corazón. —Uy, ahí viene W —pronunciar su nombre completo es  un  riesgo  que  no  pienso  correr:  podría  explotarme  la computadora en la cara, acaso caerse el techo sobre mi cabeza, o simplemente padecer una mala racha sutil, y no por eso  menos  trágica,  en  los  detalles  cotidianos  (perdería colectivos llegando a la parada, me saltaría el aceite hirviendo de la sartén, se me caería el helado al piso, mancharía mi ropa…).Era una noche de verano. Estábamos reunidos todos los guías de Perseverancia en la esquina de Olavarría y Chilavert. se  acercó  hasta  nosotros.  En  esa  época,  los  guías  -unas diez personas- promediábamos los veinte años., en cambio, era un chico que recién terminaba la escuela primaria. Nadie quería saludarlo, ¡obvio!, pero tuvimos que hacerlo, por  temor  a  las  represalias  que  pudiese  tomar  el  mal  agüero que siempre lo acompañaba, como si fuera la cola de un cometa, un cometa oscuro.

En un momento miró la hora y se despidió. Fue la última vez que lo vi. Mientras se alejaba, las luces de los faroles comenzaron  a  apagarse  a  su  paso.  Estábamos  espantados. Cuando llegó a la esquina de Caaguazú, el barrio quedó completamente a oscuras. Lo  habíamos  conocido  cuatro  años  antes.  Era  un  pibe de estatura mediana, algo encorvado de espaldas, morocho, con ojos negros brillantes. Vino con su padre, un personaje tan inquietante y callado como él. — ¿A qué hora lo puedo pasar a buscar?—A las doce y media. Entró corriendo al patio del Sagrado Corazón, en donde algunos chicos jugaban al delegado. Me acuerdo como si fuera hoy el golpe terrible que se pegó. Tropezó con una nena que estaba sentada a un costado mirando el partido. Cayó de boca al piso. Lo levantamos entre varios. Chorreaba sangre. Enseguida su papá lo llevó a la salita del barrio Urquiza. Al sábado siguiente volvió, pero esta vez vino solo. Tenía un vendaje en la pera: le habían dado tres puntos. — ¿Estás mejor? Poco a poco empezamos a sospechar. Siempre tenía los buzos manchados por las defecaciones de los pajaritos y las palomas, pisaba baldosas flojas y se embarraba el pantalón, se  golpeaba  todo  el  tiempo.  Tarde  o  temprano,  como  a Jonás, la tripulación quiso tirarlo al agua. Los apodos no se hicieron esperar: “Gato Negro”, “Lechuza”, o su diminutivo “Lechu”, “Yeta”, “Trece”, “Malparido”, “Malasuerte”. Le cantaban: “Muerte, muerte al malasuerte”. Decían que lo había meado un gato, que su mamá lo parió en  el  inodoro,  que  cuando  nació  apoyó  el  pie  izquierdo antes que el derecho, que rompió un espejo, que tiró la sal, que abrió el paraguas debajo de un techo. Una vez estábamos sentados en ronda haciendo una dinámica  y  el  Rusito,  que  siempre  se  mandaba  alguna,  escupió una bomba de saliva hacia arriba. Como no podía ser de otra forma, el proyectil cayó sobre W, exactamente en el medio de su cabeza. Todos empezaron a señalarlo y a burlarse de él se puso de pie y se retiró. No derramó una sola lágrima. Atravesó la puerta y se fue caminando por Olavarría con una extraña dignidad, erguido hasta donde su espalda lo permitía, sin darse vuelta en ningún momento, escoltado por las risas de la jauría infantil. Dos meses antes del apagón en Chilavert, lo encontré en el  campito. 

Era  mediodía.  Estaba  solo,  construyendo  una choza. Me ofrecí a ayudarlo y él aceptó sin problemas. Con un cascote clavamos las columnas, que él habría cortado de cañaveral a orillas del zanjón. Atamos las vigas con hilo sisal. Cubrimos  el  techo  con  una  chapa  de  fibra  de  vidrio  que estaba  tirada  por  ahí.  Después  le  agregamos  ramas.  Me habló más que nunca. Me contó de la escuela, de su familia de lo mucho que le gustaban los autos (su papá trabajaba en un  taller  mecánico).  Más  tarde,  cuando  estábamos  terminando la choza, W interrumpió abruptamente el trabajo para  agarrar  una  piedra.  Apuntó  y  la  tiró  con  furia  a  unos veinte  metros,  hacia  unos  cardos  que  crecían  cerca  de  un poste. Al principio yo no entendía lo que pasaba, pero cuando lanzó la segunda piedra me di cuenta: le estaba tirando aun tero que caminaba por ahí. Observé interesado, sin inter-venir. Pero pronto tuve que abandonar mi pasividad porque otro  tero,  que  llegó  volando  vaya  a  saber  de  dónde,  enfiló contra nosotros como si fuera un kamikaze. La verdad que me sorprendí: jamás había visto algo parecido.

Tiempo después, buscando información al respecto, me enteré de que es una costumbre muy común de estos pájaros, una forma de defensa. Si molestás a un tero, te ataca con los espolones que tiene en el medio de las alas. Llegaron más teros. Una y otra vez nos pasaron rasantes. Nosotros corríamos, nos tirábamos cuerpo a tierra, entrábamos en la choza, gritábamos. Ese día fuimos amigos. Fue peligroso, pero la verdad que pocas veces me reí tanto. Después de un rato, me despedí. Los teros me persiguieron por el  campito  como  doscientos  metros,  hasta  que  aparecieron las primeras casas, cruzando la calle San Pedrito.
Villa Celina – Juan Diego Incardona – 2008

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