Al Pie de la Letra
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El Día que Mataron a Alfonsín
El Día que Mataron a Alfonsín - Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsy – Ediciones Tarso – 1986 - Ficción política
El Día que Mataron a Alfonsín

“La subsistencia de la concentración del poder en el presidente  hace al sistema democrático vulnerable, pues para destruido basta con atacar un solo centro de decisiones” (Raúl Alfonsín, Universidad de Yale, Estados Unidos de Norteamérica, 18 de noviembre de 1986)

Esta frase, cualquiera sea la intención política conque fue pronunciada, curiosamente llama la atención sobre el caos que se abatiría  sobre el país en caso de producirse el asesinato presidencial.

La presente novela se terminó de escribir un mes antes de que la citada frase, de algún modo, legitimara su hipótesis. Su título resulta chocante, pero corresponde con exactitud al contenido. Se trata de política- ficción y los autores, puestos a elegir entre la facilidad de las claves obvias y los eufemismos convencionales o el riesgo de expresarse libremente siendo claros y directos, optaron por lo segundo. De todos modos estaban jugados; el creador en serio es siempre un transgresor, y quienes consideran a la literatura un ejercicio de buenas maneras, estetizante y puramente lúdico, habrían abominado de una historia que se propone y logra subvertir, conmover y cuestionar.

El día de que mataron a Alfonsín es un hito movilizador en el plácido panorama de nuestra cultura precisamente porque- como lo quieren quienes procuran trascender la estética del establishment- asume lo feo, lo inquietante y lo grotesco como una parte de la realidad. Un magnicidio literario que implica a un jefe de Estado un ejercicio del poder, todavía roza los límites del tabú. Pero explorar esos límites y eventualmente ensancharlos son funciones del arte y la democracia. Si el asesinato de De Gaulle urdido por Frederick Forsyth en El día del chacal no hubiese fracaso, ¿a quién, en su sano juicio, se le habría ocurrido atribuirle al libro una intención desestabilizadora? Porque no nos engañemos; de eso se trata. O los argentinos nos decidimos a creer en nuestra normalidad institucional como en un hecho irreversible, o la imaginación tan frágil como para que pueda sucumbir ante el mero orden simbólico de la palabra.

Inevitablemente se erizaran muchas pieles y se rasgaran muchas vestiduras. Pero una confianza elemental en la madurez de la comunidad y la inteligencia del lector permite esperar que no sean demasiados quienes confundan la trama argumental y el discurso de los personajes con el deseo, el pensamiento o  las expectativas políticas de los autores. En verdad, la liderazgo del Presidente, su calidad humana, el consenso del que goza y la desolación que cunde en todo el país después de su muerte imaginaria, están descriptos con tanta eficacia dramática y transmiten una carga emocional tan convincente, que es imposible toda confusión sobre la ideología democrática implícita en el relato. Está de más aclarar que si ésta hubiese sido explicita, la preocupación didáctica habría aminorado su calidad literaria.
Ediciones Tarso

Penúltimo Capítulo – Fragmento
esde su casual posición, el policía vislumbra por un instante a Garlopa, dispara al bulto sosteniendo el arma con las dos manos y flexionando las piernas. El proyectil pasó sobre el hombro de Garlopa junto a su oreja, a unos tres centímetros de la cabeza, y siguió su camino a lo largo de una calle. Nada lo detuvo, nada interrumpió su marcha. Cayó al suelo a muchas cuadras de distancia y quedó ahí enterrado en el polvo de ese país al que tres centímetros de azar también le habían sido escamoteados.

Todo sucedió en escasísimos segundos. Muchos hombres de la custodia que estaban en la plaza habían saltado al palco con las armas en la mano. Casi todos empuñaban Browning 9 mm. con el percutor levantado. Muchos recibieron balazos de sus propios compañeros. Se ve a un muchacho con un tiro en el cuello. El borbotón de sangre ha enrojecido todo su cuerpo. Todavía no ha caído al suelo porque está apretujado contra la baranda del palco. No se sabe si es un patotero o

Un policía. Tampoco se sabe si está dando su vida por dinero, por algún difuso concepto de deber o por lealtad. Probablemente muera de pié.

Uno de los custodios ha disparado su arma tres veces seguidas y tras cada uno de los disparos ha caído uno de los muchachos. Cuando el palo cayó sobre su antebrazo la pistola no se desprendió de la mano. Incluso dejó escapar un cuarto disparo superpuesto al chasquido del hueso al quebrarse, pero quedó colgando hacia abajo como un inútil índice ortopédico señalando el suelo.

Un santiagueño gigantesco que lleva seis meses formando parte de la custodia presidencial es el primero en advertir el cuerpo de Alfonsín estirado en el suelo. Se tira sobre él para protegerlo mientras le dice:

— Soy Taboada, —señor—.

Todavía no sabe que le está hablando a un cadáver.

La nuca del Presidente de los argentinos está destrozada. Su cara intacta, apoyada en el antebrazo izquierdo ni siquiera está manchada con sangre. La serena confianza que supo transmitir en vida permanece en sus facciones. El enorme santiagueño llora sobre su espalda mientras repite, como una plegaria:

— Soy Taboada, señor.

La bala que mató a Garlopa era una bala distinta. Había sido colocada en la recámara de una Walter nueve mm. esa misma mañana por el teniente coronel. El disparo fue efectuado con el cañón casi tocándole la sien. Los gases de la pólvora penetraron en la cabeza junto con el proyectil y después fueron saliendo muy de a poco por los agujeros de entrada y de salida que produjo la bala.

La gente corría para todos lados. Esa mujer grita: “Mataron a Alfonsín”. Tiene las dos manos apoyadas sobre el increíble espanto de su cara. Camina de un lado a otro como no sabiendo dónde ir. Vuelve a repetir “mataron a Alfonsín, mataron a Alfonsín”, como si se lo estuviese diciendo a sí misma. Un hombre se ha arrodillado en el suelo. No reza, no gesticula, no levanta sus puños contra el cielo, pero mueve la cabeza de derecha a izquierda como negándose a aceptar la realidad. Dos chicas están abrazadas. Las dos tienen los ojos cerrados y la cabeza de cada una de ellas está refugiada en el hombro de la otra. Un chico corre desesperado esquivando a la gente. Una vecina lo detiene y lo aprieta contra su pecho. Le dice algo como “ya sé, Jorgito, ya sé” y le empapa de lágrimas el pelo. Hay gritos, hay llantos, hay gestos, hay una multitud que se mueve como marionetas con el dibujo de un aullido sobre las bocas.

Un gran sollozo pareció flotar sobre la plaza. Dos dirigentes peronistas que habían concurrido al acto deseosos de criticar, lloraban como chicos. Uno de ellos se secaba los ojos en la manga de la campera y en un momento dado no pudo más y se sentó en el suelo. Colocó los puños sobre los ojos y dijo:

— No puede ser. O dijo “ya van a ver”, o algo parecido. Su amigo le tendió una mano para ayudarlo a levantarse mientras le decía:

— ¿Sabés quiénes fueron, no? ¿Sabés no?
— ¿Quiénes?
— Los zurdos.
— Estás loco, fue Herminio, pelotudo.

El que se había sentado se paró de un salto y sin titubear le pegó al otro un golpe muy fuerte sobre la oreja. Enseguida se trenzaron los dos; eran fuertes y decididos y el ruido de los golpes resonó por un rato. Después uno de los dos achicó la distancia y ambos abrazados continuaron golpeándose con los puños libres pero sin convicción. Después dejaron de golpearse pero continuaron abrazados.  — Es un país de mierda —dijo uno—.  El otro le acarició la nuca.

Se oían sirenas por todos lados. Un helicóptero apareció muy bajo. Las caras congestionadas miraron hacia arriba. El sonido aumentaba su volumen a medida que se acercaba al suelo. La gente se apartó corriendo y un gran círculo quedó vacío hasta de papeles, porque el viento de las hélices barría con todo. El helicóptero descendió y un oficial del Ejército con ropa de fajina saltó a tierra.

Su cara provinciana parecía tallada en madera. Los ojos eran chicos; era ágil como un gato; llevaba una Itaka en la mano y se movía como un animal de monte. Una directora de colegio le gritó: 

— ¡Hijo de puta!.

El oficial siguió de largo fingiendo no escuchar. La mujer trató de escupirle la espalda. Seguramente nunca había escupido a nadie en su vida. La saliva salió para cualquier lado. Las pequeñas gotas de su odio se esparcieron en el aire. Algunas salpicaron un poco a su propia cara y al vestido.

Hay una monja casi en el borde de la plaza. Es una mujer grande, hija de un viejo militante radical. Tiene hábitos grises, una piel fea y muy blanca y una inteligente mirada tras el vidrio de los anteojos. Como una sonámbula cruza la calle y se detiene delante de la vidriera de una tienda. El manequí con el atroz vestido azul mira hacia adelante. La monja acaba de perder o de recuperar su fe. El manequí tiene su mano de yeso extendida emergiendo de la manga del vestido, una peluca rubia y unas facciones perfectas. La monja parece a punto de hablar. Sus labios se separan mientras mira esa cara pintada como tantas veces miró la imagen de la Virgen en la iglesia.

Hay muchos puños apretados y manos abiertas y hay piedras en algunas manos. El idiota del pueblo camina arrastrando los pies por entre la gente. Sonríe. El cadáver del Presidente de la República ha sido colocado en una camilla. El sereno perfil se eleva algo del suelo cuando dos hombres lo levantan y lo colocan en una ambulancia de los Bomberos Voluntarios de Villa Regina.

— ¡Qué carajo se creen que están haciendo! —vocifera alguien—.

El cadáver es descendido y trasladado a otra ambulancia de la policía de la Provincia. El oficial que había bajado del helicóptero con la Itaka en la mano no tuvo necesidad de decir nada. Los mismos hombres que habían subido el cadáver a la ambulancia de la policía lo volvieron a bajar al suelo a la espera de la ambulancia del Ejército.

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