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El Operativo Cóndor: 1 de 2
La ALN tenía por lema: “El cóndor sobre el pecho y al viento las banderas”
El Operativo Cóndor: 1 de 2

A las 9,57 de la mañana del 28 de septiembre de 1966, un avión DC – 4 de Aerolíneas Argentinas cuyo destino original era Ushuaia, aterrizaba en una pista hípica de tierra en la ciudad que para los británicos es Port Stanley y para los argentinos, Puerto Argentino; capital de las Islas Malvinas. La extraña presencia de una máquina argentina de gran porte rodando en la pista de barro, sólo podía obedecer a un aterrizaje de emergencia; pero en realidad, se trataba del primer secuestro aéreo de la historia argentina.

El episodio denominado “Operativo Cóndor” habría comenzado a gestarse a principios de 1966 y vale recordar, que el ave andina simboliza la soberanía argentina en los ámbitos nacionalistas. La otrora importante Alianza Libertadora Nacionalista (ALN), tenía por lema: “El cóndor sobre el pecho y al viento las banderas”.

Pabellón Argentino

El líder del vuelo a Malvinas fue el dirigente del Movimiento Nueva Argentina – de tendencia nacionalista -, Dardo Cabo, quien era relativamente conocido en el ambiente periodístico por haber capitaneado la custodia personal de la esposa del General Perón, María Estela Martínez “Isabel”, en su visita a la Argentina en octubre de 1965. Era además, hijo del dirigente sindical peronista Armando Cabo. Las consecuencias del Operativo Cóndor fueron más simbólicas que efectivas; pero a un lector atento de ese hecho militarista y aislado, protagonizado por un grupo de muchachos nacionalistas y peronistas, no escapaba que el mismo era el emergente de un sentimiento nacional profundamente arraigado en el pueblo argentino: “Las Malvinas son argentinas”.

Y los pormenores del mismo, se conocieron gracias al relato minucioso de Héctor Ricardo García, director del diario “Crónica” quien fue invitado por Cabo – al que el periodista había conocido circunstancialmente – a participar de la expedición y dar testimonio, sin conocer de qué se trataba hasta pisar suelo malvinense. García aceptó sin medir riesgos; prevaleció su instinto profesional y la seriedad de su anfitrión. Y así se convirtió en el único periodista que vivió paso a paso, la aventura soberana que pretendía como mínimo, hacer flamear la Enseña Nacional en la tierra usurpada y como objetivo de máxima, que el ejemplo de la acción y el enredo diplomático que esperaban se produjera, movilizara a algún sector militar que disparara la recuperación del archipiélago. Pero en el continente nadie se movió. El dictador Juan Carlos Onganía con apenas tres meses en el gobierno, gozaba de un sólido frente interno y respondió mandando a prisión a los 18 argentinos que tenían entre 18 y 31 años. Como el delito de piratería aérea no estaba tipificado en el Código Penal Argentino, les cupo penas por delitos comunes. Ante la primera requisitoria judicial, cada uno de los miembros del comando respondió: “Fui a las Malvinas a reafirmar nuestra soberanía”.

Cuenta Héctor García que en la tarde del 27 de septiembre de 1966 lo llamó un hombre que se identificó como Dardo Cabo, a quien el periodista recordaba como el jefe de la custodia de Isabel

durante su estadía en el Alvear Palace Hotel de Buenos Aires un año antes. García lo invitó a su oficina, a lo que el joven Cabo se negó; resultado, se encontraron en una confitería de la zona.

Cabo le comentó que se trataba de una nota “muy importante”, pero como el periodista alegando otros compromisos le ofreció enviar a otro reportero en su lugar, la respuesta fue tajante: “Usted o nadie”. El hombre de “Crónica”, dominado por la inquietud y la duda de que tal vez se estaría pediendo “La Nota”, se comunicó con el militante y éste les respondió lacónicamente: “A las doce de la noche en el Aeroparque para un vuelo de dos días al Sur del país”. A las 0,31 despegó del Aeroparque Metropolitano Jorge Newbery, el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas con rumbo a Río Gallegos y Ushuaia. A bordo, García sólo pudo reconocer a Dardo Cabo, quien mantenía distancia de su invitado. A cierta altura del trayecto, un grupo de jóvenes con camperas de color gris, comenzaron a forzar la tapa de la bodega, obligando a algunos pasajeros, entre ellos García, a abandonar sus asientos. Luego se anunció por los parlantes, que debido al mal tiempo reinante en Río Gallegos, la aeronave descendería en Comodoro Rivadavia. Eran las 6,08 del 28 de septiembre de 1966 y el DC – 4 del vuelo 648, había sido tomado por 18 argentinos dispuestos a reafirmar la soberanía argentina en el archipiélago austral.

El responsable del avión era el comandante Fernández García, a quien secundaban el copiloto y un radiooperador y que fueron sorprendidos por la intromisión en la cabina de dos jóvenes que amenazándolos con armas de fuego, lo intimaron a cambiar la ruta; destino: Las Malvinas. Al caer en la cuenta de que se trataba de un golpe comando, los aeronavegantes plantearon excusas para no cumplir la orden. Argumentaron que no conocían el rumbo ya que ese destino no figuraría en las cartas de navegación de la empresa. Dardo Cabo – uno de los que irrumpieron en la cabina – les brindó la información: “es el ciento cinco”. El DC – 4 puso rumbo a las islas.

Toma Panorámica del Avión de Aerolíneas Argentina – Democracia – 29-09-96

Ese testigo privilegiado que fue García, sostiene que el plan comenzó a gestarse a principios de 1966, cuando Dardo Manuel Cabo de 25 años conoció a la periodista María Cristina Verrier, con quien se relacionó sentimentalmente. La periodista era hija de un camarista y sobrina de un ex ministro de la dictadura del general Pedro E. Aramburu. Según la fuente, Verrier habría sido quien sugirió a Cabo la idea del desembarco en las Malvinas. Éste se abocó a la tarea de recabar información, incluyendo entrevistas a personas que habían viajado a las islas. “diseñó un casi perfecto mapa de la zona y recopiló fotografías. Conocía hasta los sobrenombres de muchos de los habitantes”; cuenta el testigo.  La Verrier también dedicó su tiempo a la paciente tarea de inteligencia e incluso realizó algunos viajes aéreos a Río Gallegos para familiarizarse con la rutina del viaje y reconocer al personal de la aeronave.

La periodista justificaba sus viajes a esa ciudad dictando conferencias sobre teatro y hasta se informó sobre las existencias de combustible que habitualmente llevaban esos aviones en sus tanques. El Plan estaba previsto para ejecutarse a fines octubre; pero la llegada a la Argentina del británico Príncipe Felipe de Edimburgo en visita oficial, aceleró los preparativos. El grupo comando que para fines de septiembre ya estaba integrado y bajo la conducción de Dardo Cabo, fijó el “Día D” para el 28 de septiembre. “A las 9, aproximadamente, ya estábamos volando sobre las que podían ser pistas de aterrizaje: la usada para carreras cuadreras (se realizaban dos veces por año), que se hallaba ubicada en pleno centro de la ciudad”; sostiene García. Después de sobrevolar el área en tres oportunidades, el avión volando casi al ras de los techos tomo tierra, quedando a cierta distancia de la casa del gobernador. Entre el punto en que las ruedas tocaron tierra y el lugar en que finalmente se detuvo, había apenas doscientos metros; lo que habla de la pericia de los pilotos, ya que esa máquina necesitaba al menos un kilómetro de carreteo sobre una pista verdadera. Debido a su peso, unas treinta y cinco toneladas, prácticamente se clavó en el punto de detención, enterrando sus ruedas en forma parcial. Eran las 9,57 horas. No hubo daños ni heridos. Mientras el pasaje se recuperaba de la sorpresa, observando que se encontraban en un lugar que no era Comodoro Rivadavia ni nada que se le pareciera, los comandos se arropaban con uniformes de combate y las consabidas camperas de color gris; guardando la indumentaria civil en bolsos de mano.

Abierta la puerta del DC – 4, los “cóndores” se deslizaron a tierra mediante una escalera de mano y una soga para las salidas de emergencia. Los pasajeros quedaron a bordo. La primera sorpresa que deparó el legendario vuelo, fue que entre el pasaje se encontraba nada menos que el gobernador de Tierra del Fuego e Islas Malvinas; el almirante José María Guzmán. Iniciada la acción, Verrier le habría informado al marino y gobernador nominal de las islas usurpadas, que se dirigían precisamente al territorio ocupado por los británicos; el hombre no habría demostrado mucho entusiasmo por la posibilidad de asumir el cargo en Malvinas en esas circunstancias. Pie en tierra, los argentinos se desplegaron en torno al avión exhibiendo algunas armas y exigiendo a los numerosos curiosos que no se acercaran; los “kelpers” hicieron caso omiso de las advertencias y en un momento llegaron a rodear la máquina, incentivados por la curiosidad.

Vale recordar que las tres pasadas rasantes que el aparato había hecho sobre la ciudad antes de tomar tierra, provocó suficiente ruido como para despertar a toda la isla. Ante el muro humano formado por los vecinos, nuestros compatriotas repartieron volantes escritos en inglés, explicando las razones de la acción y aprovecharon para tomar algunos rehenes; entre ellos, el Jefe de Policía, un muchacho de 25 años que comandaba a las fuerzas policiales de las islas: seis efectivos. Los “vengadores” de la soberanía avasallada, colocaron varias banderas argentinas en lugares visibles; una en el avión y otra en un mástil; allí flameó durante dos días y medio. Luego, rebautizaron a Port Stanley como Puerto Rivero; en homenaje al gaucho Antonio Rivero que luego de la invasión británica en 1833, combatió a los ocupantes y ejecutó a algunos criollos acusados de colaboracionistas. Entre los malvinenses, pronto cundió la alarma ante la posibilidad de que nuevos aviones trajeran más argentinos dispuestos a recuperar el territorio. Bloquearon ambas cabeceras de la pista improvisada y rodearon el avión con “Jepps” para impedirle despegar.

Héctor Ricardo García – Registrando Testimonios
Único Periodista que Cubrió el Hecho

Cuando los comandos intentaron abordar los vehículos para marchar sobre el centro de la ciudad y tomar prisionero al gobernador, descubrieron que los “kelpers”  habían abandonado los vehículos retirando las llaves. Entonces tomaron posiciones defensivas en torno al DC – 4 con los pasajeros a bordo, incluyendo al Gobernador Nominal, el almirante mencionado. Mientras tanto, Dardo Cabo y Cristina Verrier gracias a un chileno que luego ofició de intérprete, viajaron en un “Jeep” a la residencia del gobernador. El objetivo para entonces, era hacer entrega al funcionario de una proclama, informarle que como argentinos pensaban quedarse a vivir allí; también invitaban al inglés a aceptar la soberanía argentina. Con el chileno como traductor, los argentinos informaron al funcionario de sus intenciones. Éste hizo grabar los dichos de la pareja y ante la insistencia de los jóvenes sobre “que se encontraban en su patria”; les habría gritado: “Fuera de aquí; ustedes no están en su casa”. Cuenta el periodista que a esa altura de los acontecimientos, los “kelpers” se habían ubicado a unos ciento cincuenta metros del avión; algunos portaban armas. Por otra parte, la radio local calificaba a los viajeros como fuerza de choque de un grupo nacionalista. La situación entró en una “impasse”; con los seis policías y su jefe tomados de rehenes, los isleños acompañados por algunos infantes de la “Royal Navy”acantonados allí, se limitaron a tender un cerco en torno al avión. Un detalle interesante es que esos pocos militares eran mercenarios belgas; como también serían mercenarios muchos de los que combatieron en 1982 bajo bandera inglesa; en éste último caso, reclutados en Nepal, los tristemente célebres “Gurkas”.

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