Ya fué
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Zorros Grises
El progreso se llevó el uniforme gris y quienes lo vestían fueron diluídos en la planta municipal
Zorros Grises

En la extensa galería de personajes que pueblan la historia menuda porteña no puede faltar el “ zorro gris”. Protagonista de innumerables anécdotas, el “zorro” fue parte del paisaje de la ciudad durante más de una década, a partir de 1958. En ese año y en sintonía con los cambios que el flamante presidente de la Nación Arturo Frondizi intentaba implementar, el gobierno municipal lanzó a la calle los primeros agentes de tránsito uniformados de riguroso color gris. El desafío que debían enfrentar estos empleados de la Comuna no era menor: tratar de ordenar el tránsito vehicular de la ciudad de Buenos Aires e incentivar cambios de conducta en los díscolos conductores y peatones que circulaban por sus calles. El color característico de sus uniformes sirvió para inmortalizarlos, ya que el humor popular les endilgó el mote de “zorros grises”.

A poco andar se vieron las limitaciones del nuevo cuerpo; no tenía poder efectivo para reprimir a los infractores y debía recurrir al auxilio policial para “convencer” a los conductores que debían cumplir ciertas indicaciones. Fue así que los principales cruces de calles del Centro, fueron testigos de un curioso doble control: un agente policial junto a un “zorro gris”. Esta superposición de personal no aseguraba mayor efectividad y provocó la indignación de los contribuyentes que consideraban esta situación un gasto superfluo.

En su momento de mayor gloria los “zorros” rondaron los 2.500 efectivos, pero ni aun así pudieron ordenar el caótico tránsito porteño. Además el Tribunal de Faltas comunal comenzó a emitir notificaciones a automovilistas que cometían presuntas infracciones y estos a su vez, en su descargo atribuían a la imaginación de los “zorros grises” las faltas.

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También el engorroso trámite que por razones de jurisdicción representaba multar a un conductor radicado en la Provincia de Buenos Aires, le permitía al infractor considerar inútil el esfuerzo que el “zorro” podía hacer por sancionarlo.

En pocos años el “zorro gris” se convirtió en personaje de viñetas humorísticas y blanco de la sátira en programas cómicos. En muchos casos, las acusaciones de cohecho y la dudosa eficacia de sus funciones envalentonaron la impunidad de los conductores.

En su afán por mejorar la calidad e imagen de la repartición, el intendente porteño arquitecto Alberto Prebisch, creó en 1963 el Cuerpo Femenino de Tránsito. Las empleadas debían tener entre 18 y 30 años, una altura no menor a 1,60 metros y contar con cultura general y buena redacción. Siguiendo los dictados de la moda de la época, las chicas vestían pollera entubada y un birrete similar al de las azafatas de líneas aéreas.

Con sesenta días de instrucción ganaron la calle. La ciudad recibió con simpatía la novedad y rápidamente les encontró un mote apropiado: las “zorritas”. Pero el gobierno municipal que sucedió a Prebisch disolvió el Cuerpo Femenino.

Cuando parecía que los porteños se habían acostumbrado a convivir con los “zorros”, llegó el golpe militar que derrocó al presidente Arturo Illia y entronizó al general Juan Carlos Onganía. La consecuencia para los “zorros” fue que el nuevo panorama político definió la rivalidad entre “zorros” y policías a favor de estos últimos. La Policía Federal se hizo cargo de todas las tareas atinentes al tránsito de la ciudad, incluyendo los trabajos de prevención; y los “zorros” fueron relegados a dirigir el tráfico en algunas bocacalles consideradas “difíciles”.

Con el paso de los años los semáforos dejaron de ser un privilegio del Centro, para extenderse también a los barrios. El progreso se llevó el uniforme gris y quienes lo vestían fueron diluídos en la planta municipal. Pero como en el mito del eterno retorno, en diciembre de 2004 el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires firmó un acuerdo con el Ministerio del Interior de la Nación para tener una suerte de policía comunitaria denominada Guardia Urbana. Los primeros 500 efectivos de la novel policía entraron en funciones a principios de 2005 y como sus pares los “bobbies” londinenses, no portaban armas de fuego y su función era patrullar la ciudad con fines de disuasión y prevención del delito. Como sus antepasados los “zorros grises”, debían entenderse con los automovilistas que incurrieran en faltas y contravenciones de tránsito y también, efectuar control de vendedores ambulantes junto a tareas generales de prevención y auxilio.

La Guardia Urbana funcionó entre los años 2004 y 2008 y fue reemplazada por el Cuerpo de Agentes de Control de Tránsito y Transporte, especializándose en los temas que indican su nombre.

El “zorro gris” tuvo un protagonismo de discutibles valores en la historia doméstica porteña y seguramente las revistas escolares no le dedicarán láminas ni figuritas conmemorativas, como sí obtuvo nuestro primer Guardia Urbano, el sereno que en la Buenos Aires colonial recorría las calles haciendo prevención y brindando la hora oficial en voz alta; también pregonaba el estado del tiempo.

No obstante, serenos coloniales, “zorros grises”, “zorritas” y guardias urbanos, son eslabones de una misma cadena mediante la cual, La Reina del Plata cruzó buena parte de su historia tratando de ordenar la convivencia callejera de sus habitantes.

Guardia Urbana – Debate 17-06-05

Testimonios

No sé qué Seria del Centro sin los Zorros
“Fijate que panorama: el obelisco es el mejor de Buenos Aires, sin duda.-

-No sirve para nada. Está parado ahí, frio, y si te sentás en la punta te pincha. Se rieron los dos.

-¿Y los zorros? ¿No te gustan los zorros? Vestiditos de gris y con gorritos con visera.

Ahí tenés la razón. No sé qué seria del centro sin los zorros.”
Buenos Aires con Ganas  – Pablo Babini  – Sudamericana  – 1967

Siempre Encontraban Algo para Hacer la Boleta
“Y tan coimeros como Rodolfo, los zorros grises de la provincia apostados en las esquinas, paraban a cualquiera. Menos mal que los zorros eran generosos, enseguida llegaban al arreglo grosero, eran hombres de paz, maestros del dialogo, ejemplos, siempre encontraban algo para hacer la boleta, o, en todo caso, lo inventaban.

-No quiero ir de Angélica porque tira muchas pálidas, Rodolfo. Y no estoy en condiciones de consolarla, que me perdone.”

-Te entiendo.
Flores Robadas en los Jardines de Quilmes – Jorge Asís –Losada – 1980

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