Lunfardo
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El Bondi
Popular: Transporte Público de Pasajeros. Colectivo. Tranvía
El Bondi

La Ciudad de Buenos Aires era todavía la Gran Aldea, cuando por sus calles empedradas comenzaron a circular los primeros tranvías a caballo. Para una urbe acostumbrada durante siglos a caballos de silla, a vehículos livianos traccionados a sangre, el artefacto que se desplazaba sobre rieles de acero, aunque arrastrado por caballos, arrancó con más enemigos que simpatizantes. Los detractores  decían que el  pesado rodar del vehículo provocaría derrumbes de viviendas y desvalorización de las propiedades; sin mencionar los inevitables accidentes que se registrarían.

Pero a pesar de los agoreros el tranvía se impuso. Los porteños le fueron perdiendo el miedo, se dejó de burlar a quienes lo abordaban y hasta las mujeres se convirtieron en pasajeras habituales.

El invento gringo en esa primera etapa, reclutó su personal mayoritariamente entre criollos, ya que eran los más diestros en el manejo de caballos. Se popularizaron oficios como el de cuarteador de tranvía: un jinete que en las calles con cuesta arriba,  agregaba su caballo a la yunta que tiraba del transporte. El tranvía se fue aporteñando gracias a sus conductores, cuarteadores y guardas.

Hasta que un día de 1898, desde los portones de Palermo, echó a andar el primer tranvía eléctrico.

El primero que según los vecinos, “andaba sólo”. Desde entonces, su crecimiento fue imparable; la ciudad se llenó de rieles  y cables. El Gran Buenos Aires fue cruzado en todas direcciones por los infatigables tranvías. Donde llegaba el riel, surgían nuevos barrios. Desde los grandes galpones de las terminales, como los que se levantaban en Barracas, La Boca o Palermo, partían los tranvías que se perdían en ignotos destinos del Conurbano. Buenos Aires empezó a quererlos y pronto se tornaron imprescindibles.

Como a todo ser querido, hubo que buscarle un sobrenombre más familiar que el nombre genérico: el bondi. Ya no importaba si era un verde de la Compañía Federico Lacroze o un amarillo de la Anglo Argentina; para los porteños, desde el feliz hallazgo, fue simplemente “el bondi”. La palabra que sería una adaptación del  vocablo carioca bonde, que a su vez derivaría del inglés bonds, en razón de que cuando se fundó en la ex capital brasileña una importante compañía tranviaria, se emitieron acciones (bonds) para formar el capital inicial. La inmigración masiva de aquellos años, fue el canal que vinculó a aquellos tranvías de Río de Janeiro con los nuestros.

Entonces el bondi dejó de ser un frío vehículo importado, para convertirse en parte indisoluble de la identidad porteña. Fue habitante cotidiano de filmes, novelas, tangos y poemas, como aquel que inmortalizara el poeta Lunfardo Carlos De La Púa:

Era un bondi
De línea requemada
Con guarda batidor
Cara de rope.

En el que se describe un intento de robo a bordo de un tranvía de la línea Nueve.

El bondi reinó durante casi siete décadas. Pero una tarde de 1962, el tranvía rodó por última vez, por una Buenos Aires irreconocible, atestada de automóviles, colectivos y bocinazos, para encerrarse en alguno de esos  galpones donde lo esperaba una eternidad de óxido y silencio.

Entonces el colectivo, aquel porteñísimo invento casero que un grupo de taxistas inauguró en 1928, pasó a ser el hijo pródigo indiscutible. Ya que ellos también se apropiaron también del “piso”  o recorrido, que antes monopolizaran los tranvías. Por carácter transitivo o por nostalgia, el porteño le llamó bondi también al colectivo, y las generaciones nacidas después de 1960, no reconocen otro bondi más que el colectivo. Un colectivo que en el siglo XXI, poco tiene en común con el que reemplazó al tranvía, ya que aquel desbordaba de filetes, dibujos y filigramas multicolores en el exterior de la carrocería; además de esa suerte de altar familiar en que se había convertido el espejo retrovisor, donde colgaban zapatitos de bebé, estampas de santos  y estrellas de fútbol y el infaltable retrato de Carlos Gardel. Los bondis finiseculares en cambio, habían vuelto al formato de ómnibus, eran grandes unidades impersonales, de diseño extraño que las asemejaba a coches de subte o tren eléctrico.

Frente a esa especie de ajenidad, el porteño melancólico podía optar por “tomarse el bondi”, en el mismo sentido que antes decía “tomarse el raje”. Es decir, desaparecer, borrarse. Ya que esa gráfica frase es el último servicio concedido por el bondi legendario, mientras rueda por las calles del recuerdo.

Av. Corrientes – 2021 – Foto Tomás Escobar

Testimonios

Bondi: Lunfardo – Popular: Transporte público de pasajeros. Colectivo. Tranvía

Tomarse el Bondi: salir de una situación complicada. Irse.

 “La parada del micro quedaba cerca. Unos chicos tiraban un cascotazo contra el bondi. Una señora gordita…”
El Negro  –  La Voz  – 18-10-84

“Quise instalarme de canillita en una esquina de Esmeralda y entonces apareció un tipo prepotente que trabajaba con su hermanito. El más chico hacía el reparto y el grandulón voceaba en la esquina. Cuando me vio aparecer con mis diarios me miró con odio, pero no me dijo nada. De repente me sacó la gorra y la tiró arriba del techo de un tranvía 9. Tuve que correr detrás del bondi. Lo alcancé en la esquina, pero el guarda ni escuchó mi pedido y siguió su marcha. Cuando el tranvía paró en retiro para dar la vuelta al centro, el mótorman me dejó subir al techo y allí encontré mi gorra”.
Río Ñandubay  –  Bernardo Kordon  –  Galerna – 1981

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