Cánticos Populares
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Cánticos Callejeros
Del Libro de Roberto Bongiorno "Cánticos Populares"
Cánticos Callejeros

En las sociedades modernas regidas por la división de poderes y la democracia participativa, se da por sentado que los pueblos no gobiernan ni deliberan sino a  través de sus representantes, como lo manifiesta la Constitución de la Nación Argentina. Pero también nuestra Carta Magna contempla el derecho de los ciudadanos a peticionar a las autoridades y a difundir libremente sus ideas políticas.

Mas allá de la accidentada vida de nuestra Constitución y las dificultades para lograr su cumplimiento efectivo, nuestro pueblo encontró desde sus orígenes, múltiples caminos para expresarse: uno de ellos fue la movilización y el canto colectivo. Se dice que en la agitada Semana de Mayo en 1810 que culminó con la instauración del Primer Gobierno Patrio, menudearon las concentraciones en la Plaza frente al Cabildo. Era tal el grado de inquietud popular, que en la noche del 24 al 25 de  Mayo recuerda Don Gervasio Posadas que «una gritería en Patricios » no lo dejó dormir en toda la noche. Es que el regimiento que se había destacado defendiendo Buenos Aires contra el invasor inglés en 1806 y 1807, manifestaba a voz en cuello su rechazo al «acuerdo de caballeros» que había alumbrado una Junta de Gobierno presidida por el mismo Virrey Baltazar Hidalgo de Cisneros. Recordemos que ese regimiento se estructuró sobre una base miliciana integrada mayoritariamente por porteños pobres – orilleros – y que tuvo un rol protagónico en la deposición del poder español en la capital del virreinato. Pero que ésta vocación poético – musical colectiva no es patrimonio exclusivo de los argentinos, lo prueban los desafiantes versos de una copla que con ritmo de tango andaluz, entonaba el pueblo armado en las calles de Cádiz durante la invasión napoleónica:

Con las bombas que tiran
Los fanfarrones,
Se hacen las gaditanas
Tirabuzones.

Con la Revolución de Mayo llegó la Guerra por la Independencia y junto a los ejércitos fueron los payadores, difusores y muchas veces autores de los cantares de gesta que luego, de boca en boca recorrían la Patria:

Los convidamos  con mate
Allá en la acción de Maipù
Pero en ésta me parece
Que han de comer caracú.

Se ufanaba otra coplita del triunfo de San Martín en  Chile, recopilada por Bartolomé Hidalgo.

Pero con la afirmación de un poder independiente llegaron los desencuentros. Unitarios y federales encarnaron dos visiones de países antagónicas y al derramamiento de sangre siguieron los cantos que exaltaban o lloraban determinadas muertes:

Cielito, cielo nublado
Por la muerte de Dorrego
Enlùtense las provincias
Lloren cantando este cielo.

Lamentaba una fúnebre copla el fusilamiento del gobernador bonaerense y líder de la militancia federal. Cuando le llegó la hora final al General Juan Lavalle, victimario de Dorrego, la copla anónima cantó:

Palomita blanca
Vidalità
Que cruzas el valle
Ve a decir a todos
Vidalità
Que ha muerto Lavalle.

En tiempos en que la comunicación quedaba reducida prácticamente al contacto personal, el papel de esos artistas trashumantes.- payadores, guitarreros, cantores – fue decisivo en la difusión de noticias ideas; muchas veces ellos mismos comprometidos con la causa que divulgaban por su condición de soldados o de militantes de determinada divisa partidaria.

Fuera de las ciudades, los versos  hilados por esos cantautores, independientemente de la mayor o menor riqueza estética, eran aprehendidos por su auditorio que luego los entonaba en esos modestos ámbitos de encuentro social que eran las pulperías, los vivacs troperos, alguna fiesta familiar y por supuesto los cuarteles. A veces era a la inversa: el cantor recogía la copla anónima, la reelaboraba y devolvía a la gente en forma de canción. A  pesar de las distancias y de las primitivas formas de comunicación, había un circuito invisible pero efectivo que desde las ciudades a la campaña y viceversa, alimentaba la circulación de noticias y mediante la propagación de esas coplitas sencillas pero intencionadas y los estribillos y consignas, ayudaban a tomar posición frente a determinados temas políticos y sociales.

El largo período transcurrido desde la sanción de la Constitución Nacional en 1853 hasta el cumplimiento efectivo del derecho al voto en 1912 (Ley Sàenz Peña) vio pasar una multitud de hechos políticos, de cambios sociales y culturales y el advenimiento de una Argentina que sumó al sustrato criollo un fuerte componente inmigratorio de origen europeo. Los diarios y revistas de tiraje masivo y el nacimiento de la radio, facilitaron la comunicación de masas. La llegada de la Unión  Cívica Radical (UCR) al poder político – 1916 – representó un nuevo equilibrio en una sociedad que venía padeciendo una profunda fragmentación social y una abusiva concentración de poder político y económico en beneficio de una minoría patricia.

Adelante radicales
Adelante sin cesar
Viva Hipòlito Yrigoyen
Y el Partido Radical.

Cantaban con gravedad las multitudes (predominantemente masculinas) de boinas blancas exhalando a su enigmático caudillo. La primavera democrática que encarnó Yrigoyen, a pesar de ser enturbiada por sangrientas contradicciones como la Semana Trágica de 1919 y los fusilamientos de huelguistas en la Patagonia en 1921, se interrumpe con el golpe militar de 1930. La restauración del poder aristocrático provoca una regresión en términos sociales  y la necesidad de los intereses ganaderos de mantener sus exportaciones  (a pesar de la profunda recesión mundial) se resuelve en una serie de acuerdos con Inglaterra mediante los cuales nuestro país resigna sectores claves del Estrado y la economía. La consecuencia es un empobrecimiento general y la pérdida del poder de decisión por parte del Estado Nacional en muchos terrenos.

Los años treinta se caracterizan por un profundo escepticismo popular y la falta de referencias políticas. El fraude y la represión abortan los escasos intentos de volver a un estado de derecho genuino. Ante la falta de empresas colectivas, la gente se refugia en el tango. Los filosos versos de Enrique Santos Discépolo (Cambalache, Yira – Yira, Qué vachaché) son cantados con una amarga sonrisa en los cafés de barrio o en los talleres y en la calle. La ranchera ¿Dónde hay un mango, Viejo Gómez? Hace furor por ese mismo fenómeno de identificación colectiva. En esas letras, a veces profundas, otras superficiales, la gente se ve representada y las hace suyas. No hay propuestas; predomina la queja. Es como si el canto reemplazara la organización social y sobre todo política.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial deja – una vez mas – al desnudo la debilidad de nuestra estructura productiva. Pero la sustitución de importaciones que se produce al cortarse el flujo de mercaderías desde las metrópolis, estimula un desordenado pero firme crecimiento manufacturero que provoca una fuerte inmigración desde las provincias a los nacientes cordones industriales de Buenos Aires y otras ciudades. Es básicamente esta nueva clase obrera, ajena a las tradiciones anarquista y socialista, la que el 17 de octubre de 1945 se derramará sobre el Centro porteño reclamando la libertad del coronel Perón. La movilización sorprende a muchos que percibieron lo novedoso -y trascendente- de aquel reclamo. «Pe-rón, Pe-rón» gritaban rítmicamente las columnas que desde los suburbios se desplazaban hacia Plaza de Mayo.

Maricones a otra parte
Viva el macho de Eva Duarte

Recuerda el historiador José María Rosa que entonaba una desafiante multitud avanzando por la Avenida Las Heras. Horas mas tarde, se hizo patente la dimensión  política nacional del reclamo:

Yo te daré,
Te daré patria hermosa
Te daré una cosa…..

Coreaban las distintas columnas asociando la libertad de Peròn al futuro de la Argentina. Ese legendario  17 de octubre marcó un punto de inflexión en la Historia Nacional, pero también puso de manifiesto el ingenio popular que incesantemente producía coplas y estribillos alusivos al importante episodio que se estaba viviendo, como si una incipiente conciencia histórica se apoderara de esa anónima Argentina de masas que por primera vez pacífica y firmemente producía un hecho de semejante proyección. Y lo hizo cantando esos estribillos que entre ingenuos y picarescos, reafirmaban su protagonismo.

Pero a esa altura de la historia, otro escenario distraía parte de la creatividad colectiva en lo que a cánticos se refiere: el fútbol. Aquel juego de gringos finisecular, se convirtió en la pasión de multitudes que superó en número de adherentes al box y el turf.

Siento ruido de pelotas
Y no sé, y no sé
Donde será.
Son los pibes de…..
Que venimos, que venimos
De ganar.

Se solía cantar al final de algún picado de potrero en cualquier barrio porteño, en los años ’49 y ’50. Pero serían los actos multitudinarios durante los primeros gobiernos de Perón y la creciente politización de la gente, lo que provocaría una constante producción de consignas y estribillos. Los medios masivos de comunicación facilitan la circulación de canciones populares cuyas estrofas más pegadizas, son tomadas por las hinchadas futboleras y adaptadas para el tablón. A su vez, la militancia política y sindical las modifica incorporándoles su propio mensaje. Entonces la copla se instala en la vida cotidiana de la gente, su melodía es reconocida con facilidad y nuevas voces la reproducen propagándola en cuanto evento popular se registra.

Con la caída del peronismo de 1955 son muchas las gargantas que enmudecen. Como reaseguro, el gobierno militar de entonces da a conocer el decreto 4461 mediante el cual se castiga con prisión no sólo a quienes entonen la marcha Los Muchachos Peronistas o cualquier consigna alusiva al presidente depuesto, sino también a quienes lo mencionen con fines propagandísticos. Y una vez mas las canchas de fútbol fueron el punto de encuentro y el pretexto, para que los seguidores del Líder exiliado le manifestaran su lealtad. Aunque la simultaneidad y la frecuencia con que se sucedían estos episodios en las canchas (calificados por las autoridades como subversivos) hicieron pensar en planes sincronizados, todos los protagonistas de distintas épocas y lugares, reafirman el carácter espontáneo e improvisado de los cánticos políticos que se entonaban en los estadios. A mediados de los años noventa, el célebre líder de la hinchada de Rosario Central y jefe de los bombistas que acompañaron casi medio siglo de actos peronistas, Carlos Pascual Tula, «El Tula» coincidía con la versión que defiende la espontaneidad de los cánticos: «todo nace el tablón. Ellos (los políticos) están en otra cosa. No se meten». Revelaba a un diario porteño. Es indudable que ese hilo de plata capaz de vincular a  públicos tan distintos y a veces rivales, en una extensa geografía,  no es otra cosa que la identificación colectiva; la idea – fuerza que trasciende lo político y se transforma en un valor propio y cotidiano.

Pero no todo era añoranza política con envoltura futbolística. Con la llegada de Arturo Frondizi al gobierno en 1958, se desencadena una feroz batalla que tiene por escenario las calles de las principales ciudades y que muchas veces, superó lo metafórico, porque abundaban los golpes entre grupos rivales y los choques con la policía. La Ley de Enseñanza Libre que impulsa el gobierno, provoca la respuesta de los defensores de la educación estatal y la consigna «Laica sí – libre no» que campea en las movilizaciones, deriva en otra mas dura que ataca directamente a la educación religiosa: «Laica sí – curas no». La Ley finalmente salió y los sectores medios, mayoritariamente estudiantes que hicieron suyo el celebèrrimo estribillo, volvieron a sus quehaceres cotidianos. Y aunque los problemas domésticos tenían prioridad en el proceso creativo de los anónimos poetas, la situación internacional no fue ajena a la musa popular. Cuando el gobierno de Frondizi rompió relaciones con Cuba (dando cumplimiento a una resolución de la Organización de Estados Americanos, OEA) la izquierda argentina ganó las calles cantando: «Cuba sí, yanquis no». La extrema derecha, a la sazón la Guardia Restauradora Nacionalista (GRN) y el Movimiento Nacionalista Tacuara respondieron exigiendo: «los bolches a la horca». El justicialismo por esos días, terciaba con el ortodoxo «ni yanquis ni marxistas, peronistas». Y la hinchada de Boca Juniors poco después con una pegadiza rima, comparaba el empuje de su equipo con el de los tanques del general Onganìa; quien invocando una democracia en los hechos restringida, derrotaría a los sectores mas duros del Ejército (enfrentamiento azules – colorados) allanando el camino al gobierno del Dr. Arturo Illia. Además del enorme poder de síntesis y del indudable ingenio que hacen gala la  mayoría de los cánticos callejeros, sus letras y el lenguaje, son también un parámetro de los códigos comunicacionales en boga.

Las rimas ingenuas de los años 40 y 50 se corresponden con la publicidad de la época, caracterizada por un mensaje directo, sencillo y con escasos recursos subliminales. En la década del 60 la violencia en algunos cánticos está a tono con un país que en pocos años conoció tensiones inauditas: desde el bombardeo aéreo en junio de 1955 que le costó la vida  a centenares de civiles, hasta la crónica inestabilidad política, las proscripciones y la incertidumbre que  como Pueblo vivían los argentinos, ante la imposibilidad de articular proyectos colectivos y concensuados.

En 1966 el mismo general Onganìa que decía haber defendido la democracia cuatro años antes, se hace cargo del gobierno militar que por primera vez en nuestra historia, no se define como «provisional», sino que viene a quedarse, no tiene plazos. La llamada Revolución Argentina cierra todos los canales de participación y el país política y socialmente, se transforma en una olla a presión. El Cordobazo hiere gravemente el autoritarismo de Onganìa y las multitudes recuperan la calle para manifestar su repudio al régimen. En paralelo a la violencia colectiva, las incipientes organizaciones armadas desarrollan sus primeras acciones y este dramático endurecimiento de la política, también  se traduce en cánticos que exaltan a esas organizaciones y a la lucha armada como alternativa al poder militar.

El peronismo sigue siendo protagonista en las movilizaciones barriales y sindicales y en sus actos se alternan estribillos clásicos como: «se siente, Evita está presente» y el tradicional «Evita, Peròn; tercera posición» con el virulento «si Evita viviera, sería montonera», impulsado desde principios de los años setenta por sectores juveniles afines a las organizaciones armadas.

En la medida que la realidad política se endurece y en la sociedad campea un clima francamente insurreccional, los estribillos y los cánticos se cargan de definiciones lapidarias impregnadas de ideologismo. «Cinco por uno, no va a quedar ninguno», amenazan las movilizaciones juveniles del peronismo remitièndose a una frase del Líder pronunciada en los días aciagos de 1955. «Fusiles, machetes; por otro diecisiete». Reclaman esos mismos sectores imaginando un 17 de octubre insurreccional que dé vuelta definitivamente la historia. Pero otros actores reclaman su lugar en el escenario político argentino; son quienes integran la denominada Nueva Izquierda. Se trata de desprendimientos de viejas estructuras como los partidos Socialista y Comunista o las distintas vertientes del trotskysmo vernáculo. Estos nuevos encuadramientos en los que predominan los jóvenes, reconocen parcialmente la vieja herencia marxista-leninista pero se identifican con los dinámicos modelos vietnamita, chino y el mas cercano ejemplo cubano, cuya fascinación se extiende por todo el continente. En estas estructuras se escuchan estribillos como: «ERP, ERP; morir o vencer» entonado por los militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que ganan las calles por primera vez en 1973 y por un breve lapso, ya que su decisión de continuar las acciones armadas contra un gobierno constitucional, lo devolvió a la ilegalidad.

En las filas de la Juventud Peronista (J.P.-regionales) se produce una curiosa transmutación de coplas de la Guerra Civil Española con la realidad argentina. Dice el cántico español:

San José republicano
Y María socialista
Y el hijo que está en la cuna
Del Partido Comunista.
Dice la copla de J.P.-Regionales:
San José era radical
Y María socialista
Y tuvieron un hijito
Montonero y peronista.

¿Simple asociación de rimas o lúcido paralelo sobre el camino de acción escogido?. La historia tendrá la respuesta. Lo concreto es que el cántico anónimo acompaña la escalada de violencia política y la exaltación del fusil como símbolo de la llave que destrabará la encrucijada argentina se convierten en un lugar común. El vendaval contestatario golpea al mismo general Peròn, cuando la izquierda peronista (mayoritariamente J.P. regionales y Montoneros) el primero de mayo de l974 el reclaman al anciano Líder a voz en cuello:

«Qué pasa General
que está lleno de gorilas
el gobierno popular?

Pero el general Peròn murió., las contradicciones se agudizaron y una vez mas la espada cortó el nudo gordiano del desencuentro argentino: fue el 24 de marzo de l976. El golpe militar encabezado por el general Videla arraso con toda forma de oposición y hasta las canchas enmudecieron. Recién con el Mundial de fútbol de 1978 el ingenio popular se permitió alguna creatividad:

«Holanda la copa, se mira y no se toca».
Desafiaba la tribuna y:
«El que no salta es un holandés»

Subieron otros la apuesta. Debían pasar años y llegar la Guerra de Malvinas para que las compuertas de la movilización se abrieran de par en par. Los cánticos volvieron a brillar por su ingenio y su contenido. Desde el repudio a la agresión inglesa hasta la velada advertencia a la Junta Militar, todo pasaba por los infatigables estribillos que desde la Plaza de Mayo subían al Balcón del Poder, encarnado por el dictador Galtieri que creía tocar con sus brazos alzados, virtualmente el cielo con las manos. Pero el espejismo duró lo que tardaron los británicos en ocupar las islas. Llegó la democracia con Alfonsìn y una renovada esperanza que no tardó en marchitarse, ilusionó a muchos argentinos. Los vaivenes políticos y económicos desgastaron a Alfonsìn y las gigantescas manifestaciones de la CGT fueron el espacio natural de nuevos cánticos:

«y ya lo ve, es la gloriosa CGT»

Entonaban las columnas sindicales. El alzamiento militar de 1987 por reflejo, volvió a  abroquelar a la sociedad argentina en torno a la defensa de las instituciones civiles, presumiblemente amenazadas por los amotinados.

«Eso pasa, eso pasa
Por el Punto Final.

Coreaban las interminables filas de manifestantes, reprochàndole al presidente Alfonsìn las leyes de amnistía encubierta que favorecían a militares acusados de violar derechos humanos durante la dictadura.

Con la temprana salida de Alfonsìn del gobierno y la llegada de Carlos Menem, se abre otra etapa caracterizada por el bajo nivel de movilización popular:

«Olè-Olè-Olè-Olè
Me-nem, Me-nem»

Reiteraba una módica copla entonada en los actos ya definidos como menemistas. El legendario Tula agregó a su orquestita algunas instrumentos de viento, como demostrando que la era del bombo ya había pasado.

Al llegar la dupla Fernando De La Rua – Carlos Chacho Alvarez al gobierno en 1999, quienes lo votaron creyeron que un nuevo tiempo caracterizado por mas transparencia de gestión y equidad social había llegado. Las sangrientas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 son la respuesta más contundente a esa expectativa, como lo demuestra la sensación de hartazgo contenida en la lacónica consigna «que se vayan todos». Al calor del «que se vayan todos» florecieron innumerables asambleas barriales, asociaciones vecinales y viejos «tiradores de línea» creyeron encontrar un campo propicio. Las calles se volvieron a llenar de cánticos indignados que trataron (como podían) de transformar la bronca en organización y la organización en poder para cambiar algunas cosas. Ese presunto cambio, todavía está en discusión.

Seguramente un estribillo, un cántico anónimo por sí solo no tiene ninguna posibilidad de cambiar la realidad. Pero esa frase certera, aguda y para colmo con rima, sí es lanzada en el lugar y en el momento oportuno, seguro que como dice Atahualpa Yupanqui «esa se queda prendida como abrojo en la memoria.

Roberto Bongiorno
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