Testimonio, Conciencia y Reflexión
Mientras exista una niña que abrace una muñeca de trapo, un niño que haga rodar un carro de madera o que dibuje una rayuela en el asfalto, el mundo tendrá salvación. Porque el juego es el ensayo general de la libertad

Por Ada Noemí Zagaglia
Literata de Honor de la Real Orden de Literatura Española
El Testamento de los Objetos Inocentes: Breve Historia de la Infancia y el Juguete
La historia de la humanidad no solo se escribe en los tratados de paz ni en los anales de las grandes batallas; se escribe, de manera silenciosa, en el suelo de los cuartos de juego. El juguete es el artefacto cultural más honesto que ha parido el ingenio humano. Antes de que el asfalto, las caretas y las ruinas del mundo adulto nos impongan sus códigos rígidos, el niño ya ha fundado un imperio de la nada con un trozo de madera, una piedra pulida o un puñado de arcilla.
Si viajamos en el tiempo, descubriremos que en las tumbas del Antiguo Egipto los arqueólogos hallaron pequeñas muñecas de madera con hilos de cuentas de arcilla a modo de cabello. En la Antigua Grecia y en Roma, las niñas consagraban sus muñecas de terracota o marfil a las diosas Artemisa y Venus la noche antes de su boda, marcando el fin de la inocencia. El juguete siempre ha estado allí, no como un mero instrumento de ocio, sino como el primer espejo existencial donde el ser humano ensaya su destino.

La Literatura y el Cine: El Alma de la Madera
La gran literatura ha sabido descifrar este misterio. No es casual que, en la obra maestra de Víctor Hugo, Los Miserables, el pasaje que define la redención total del espíritu ocurra cuando Jean Valjean le regala a la pequeña y explotada Cosette una muñeca de loza maravillosa, transformando su realidad de miseria a través de la magia del juego. El juguete, en la ficción, actúa como una declaración de derechos humanos.
El cine contemporáneo ha recogido este testigo místico.
Películas como la saga de Toy Story nos recuerdan el peso de la memoria afectiva que depositamos en esos seres inanimados, mientras que clásicos cinematográficos como Citizen Kane condensan toda la tragedia y la pérdida de un magnate en una sola palabra: Rosebud, el nombre del trineo de su infancia abandonada. El objeto perdido se transforma en el símbolo de la pureza que el éxito mundano no pudo comprar.

El Compás del Tango y el Bazar de la Memoria
Nuestra memoria rioplatense late también al ritmo de esta nostalgia de escaparate. Imposible olvidar aquel tango entrañable, En el bazar de los juguetes, con letra de Reinaldo Yiso, que retrata al hombre que regresa al viejo comercio de su infancia. El tango nos lleva de la mano a ese rincón del pasado, donde iba de purrete sus juguetes a mirar… con los bolsillos flacos pero los ojos encendidos de asombro ante el vidrio.
Es una poética de la resistencia social, que estalla con fuerza y verdad cuando el tango declara:
“Y hoy que puedo, que la suerte me sonríe,
yo no quiero que haya un pibe
que no tenga un juguete pa’ jugar”.
Esa estrofa no es solo música; es una proclama ética que transforma el recuerdo personal en un acto de justicia y generosidad colectiva.

Crónica de un Milagro de Trapo
Quien escribe estas líneas conserva su propia reliquia en el cofre del alma. Mi primera muñeca de trapo no vino en una caja de cartón brillante ni ostentaba un mecanismo de cuerda. Tenía dos botones negros por ojos, la sonrisa dibujada con el hilo humilde de una costura casera y un cuerpo de retazos que olía al calor del hogar.
Aquella muñeca padeció mis desvelos, sufrió mis primeros silencios y leyó conmigo las primeras páginas de un mundo que ya se presentía complejo. En sus costuras flojas no había perfección estética, pero había verdad. Fue mi primer refugio de afecto, el primer testigo silencioso de que la literatura no solo se lee: se empieza a sentir cuando abrazamos un trozo de tela y le otorgamos un alma en mitad de la noche.
Umbral de Tela y Sombra
por Ada Noemí Zagaglia
El tiempo no transcurre en las agujas,
se queda suspendido en el torso descosido
de lo que amamos antes del lenguaje.
Tú, pequeña compañera de costuras torcidas,
no tenías voz, ni rostro de porcelana,
pero guardabas el peso de mis ojos abiertos.
Tus manos de algodón gastado
sostuvieron el peso de la primera tormenta,
sin pedir nada,
estando allí, simplemente,
como un recordatorio de que la ternura
es un tejido rústico que no se rompe con el viento.
Un Mensaje de Esperanza
En este siglo veintiuno, donde las pantallas intentan devorar el asombro y la virtualidad amenaza con congelar el roce de las manos, el juguete tradicional resiste. Un juguete en manos de un niño es una trinchera contra la desesperanza. Mientras exista una niña que abrace una muñeca de trapo, un niño que haga rodar un carro de madera o que dibuje una rayuela en el asfalto, el mundo tendrá salvación. Porque el juego es el ensayo general de la libertad, y la palabra, al igual que el juguete, siempre encontrará el camino para sanar, escribir y volver a empezar.
Por Ada Noemí Zagaglia
Derechos de autora por el Tratado de Berna
Temas
Comentarios
Columnistas