Serie Fantástica
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“Gulka en el Aire” Capítulo 2 de 9
Gulka y sus Distracciones: Capítulo dos de la novela corta, nivola, o historia desmedida realizada a cuatro manos, por Ana María Caliyuri y Cristian Cano
“Gulka en el Aire” Capítulo 2 de 9

Capítulo 2

Gulka y sus Distracciones
Fue lejos y sí. Hay momentos que son de desánimo, que la realidad muerde mis anhelos y que subir esta escalera maltrecha es como viajar a Marte un día domingo. El domingo es de astenia.

El muchacho no tiene ganas de entrar al departamento, tiene en su techo demasiadas goteras, tampoco tiene fuerzas para poner baldes que atajen el agua y tomar un té con un saquito usado como si nada pasara. Cree que es mejor retroceder, bajar los peldaños babosos y volver al bar, allá está todo lo que necesita. Allá está la posibilidad de jugar a la rayuela con Gulka, si es que aparece y se digna a mirarlo. De todos modos, no se desprende del libro que está leyendo, aunque se haya mojado en el camino a casa.

Tengo que secar rápido este libro con servilletas de papel, y voy a intentar ver por el agujero de la cerradura de cada página, al mejor estilo Gulka. El me enseñó que existe el metamensaje y que es la mejor manera de influenciar al lector, y entonces el personaje dice: “Dejá, dejá no te preocupes” cuando en realidad esconde un enojo del cual preocuparse.

                                       ………………………………………………

Gulka está apático hoy. Tengo la sensación de que la ausencia de ilusiones lo alejó de los círculos artísticos donde solía acudir. La apatía es un mal menor comparado con el estado ensombrecido que abre la puerta de los agujeros negros telepáticos donde es fácil comunicarse con entes de las sombras. Gulka sabe de esos menesteres. 

Aquella tarde de corceles enloquecidos y tiempos mezclados, el escritor decidió conectar lo positivo con lo negativo de los mundos de papel, y se sentó a esperar que ocurriese un cortocircuito que lo sacara de la abulia.

Deseaba establecer contacto entre alguna heroína de cristal y algún pájaro esperpento. Fue hacia la biblioteca. Sin más miramiento que salir de la indolente jornada, abrió una página cualquiera de un libro cualquiera, y después de unos minutos de lectura, estuvo en el bosque donde solía caminar la heroína en el arte de la bondad, una tal Avis. Pensó que tamaño personaje lo podría ayudar a ser un poco feliz. Caminó un par de blancuras con grafías hasta que halló a la mujer sentada sobre un prado verde cepillándose su larga cabellera.

Gulka hizo su aparición triunfal y se apropió de la mente del escritor y se desfiguró. Salió de los blancos y comenzó su derrotero con el fin de molestar a la protagonista del libro.

—Niña Avis —le dijo con voz irónica— te voy a hablar en idioma neutro como tú haces—rió con sarcasmo— ¿Así que vuelas solita y usas idiomas que no existen? ¿Qué es eso de Jarmi tum, jarmi tum? ¿De dónde sacaste esas palabras tan estúpidas?

—No sé quién eres —respondió Avis mirándolo fijo.

Gulka lanzó una risa socarrona que nadie escuchó.

—Así que además de decir ridiculeces acerca del ser humano y su espíritu, cosas que solo caben en tu realidad, seguís con la idea de tratarme de “tu”. No sé si sabes Avis, pero acá en Argentina checheamos o voceamos. Decimos: che loca ¿vos cómo andas?

—Yo vengo de otro mundo —dijo Avis a punto de llorar—. Un mundo benévolo y colmado de esperanzas. ¿Tú quién eres?

Gulka sintió satisfacción. La apatía comenzaba a cederle paso a la curiosidad.

—Me presento, soy Gulka. Seguro que oíste hablar de mí. Tengo unos instrumentos especiales que hacen realidad cualquier pensamiento que se te ocurra —dijo con soberbia, al tiempo que miraba fijo la imagen de Avis como hacen los hipnotizadores.

Avis tuvo la sensación de que Gulka era un ave de carroña. Pensó en el cuervo de Poe. Se arrepintió.

—No, no oí hablar de usted —le respondió.

—Avis, tu historia es hermosa. Yo sé de tu origen. Quiero ser tu amigo como es Lenab de Alejandría —dijo Gulka con cariño hacia la heroína venida de un lugar llamado Krispi.

La amistad es cosa seria, aunque se trate de los personajes de los libros. El muchacho sabía muy bien que Gulka no había estado en ninguna página con Avis y eso no se podía remediar. Lo escrito, escrito estaba. El joven muchacho totalmente poseído por Gulka, continuó escribiendo.

—Gulka, lo siento —respondió Avis con seguridad—. No es posible que seamos amigos hasta que no nazca una nueva historia o alguna pluma entrometida lea esto y se compadezca.

Gulka, desilusionado, apagó la luz de la biblioteca, se convirtió en un espacio negro y desde la oscuridad, gritó a sabiendas de que no sería escuchado.

—¡Avis, sos una egoísta! Nunca creí que te negases a aceptarme. ¡Sos una heroína! ¡Tenés poderes! Quiero aparecer en algún lado con vos, que alguien me retrate o me saque fotos o me pinte como hicieron Hugo y Nicolás cuando salió a la luz tu saga.

Desde el más allá de lo tangible se percibió la voz de la muchacha heroína.

—¡Gulka, no depende de mí !—dijo Avis con la voz alzada—. Trataré de hablar con la titiritera, capaz que ella moviendo algunos hilos te mete en algún lado.

—Ay, Avis, qué boba sos — respondió Gulka tratando de dulcificar la voz—. Hay un solo titiritero oficial ¿Entendiste? ¡Y ese soy yo!

La heroína de cristal se sintió apesadumbrada. Ella solo respondía a su creadora y ese ser, llamado Gulka, venía a confundirla.

—No, Gulka. No entiendo qué me dice —respondió Avis—. Pero si usted es el titiritero oficial, pida por ahí que nos pongan juntos en algún lado. Yo no tengo problemas de ir adónde sea.

—Te pido un favor especial, Avis—dijo Gulka— Hablá con esa titiritera tuya para que le de vida a un nuevo ser. Yo soy el que mueve los hilos de las musas, pero quiero que esto lo haga ella. Si pudo parir al “Cuervo blanco” podrá darle lugar a un ser que anda perdido, un ser que no hace otra cosa que deambular entre mundos inexistentes hechos de papel y aire. Y decile que le ponga de nombre “El loco”.

—Existen fuerzas que intervienen en nosotros para crear los universos. No es así nomás, Gulky — respondió Avis con dulzura—. Hay que esperar. Tampoco sabría cómo comunicarme con mi creadora así de rápido, sin mediar un sentimiento mutuo. Está ocupada con otras cosas y otra gente y otras realidades ficcionadas.

—Gulka me llamo, no Gulky…

—Eso, Gulka.

A Gulka le dolía la cabeza y se sintió confuso.

—Dicen que hay un agujero telepático que sirve de puente, lo usan los personajes de los libros para comunicarse —dijo Gulka con optimismo—. Ya que sos una heroína te pido que busques ese puente. Sé que lo vas a encontrar.

—Estoy acostumbrada a cruzar barreras de tiempo y distancia —respondió Avis.

Gulka prefirió no decirle que él era un “As” en el arte de andar deambulando por el cosmos.

De repente se escuchó el redoblar de unos cascos. Gulka miró a Avis asombrado y le dijo:

—¡No puede ser! ¿Cómo llegaron esos caballos acá? Alguien los trajo o alguien tiene una lapicera y los está gestando. Estamos a oscuras, ¿entendés?

Avis, risueña, le respondió:

—Gulka, tranquilo. Estos corceles pertenecen a mi mundo. Tienen que haber venido de la misma manera que nosotros, a través de algún agujero estelar ¿por qué está tan preocupado por la consistencia de este universo?

Gulka, un tanto molesto, usó su poder y delimitó lo invisible, luego se acomodó en la silla turca del cerebro de un ser anónimo para responderle.

—No me queda claro qué está pasando. Me gusta entender lo que sucede a mi alrededor. En mis universos hay una delgada barrera entre la realidad y la ficción. Yo aún no encendí la luz de la biblioteca, y pude ver a los caballos rumbo a una laguna blanca, ¿me explico?

—Ufff, claro. Me contó mi titiritera que ella recibe a los personajes cuando se comunican con el corazón, y el corazón noble es todo luz y rompe la oscuridad—afirmó Avis.

Las agujas de un reloj universal se detuvieron, o fue el tiempo que jugó a estar y no.

Una brisa se alzó entre las páginas o quizá fue el aliento de Gulka que le dio paso a una voz conocida por la heroína y desconocida para Gulka. Era la voz de Lenab de Alejandría.

—Hola, Avis. ¿Cómo estás?

—¡Hola, Lenab, qué suerte que viniste! —respondió Avis—. Te quiero presentar a alguien, se llama Gulka

Gulka se infló omnipotente, y desde las alturas, riéndose, dijo:

—Gulek, ahora soy Gulek y cuando se me antoje vuelvo a ser Gulka. Vos sos Lenab, el archiamigo de Avis. La verdad, nunca pude saber a qué te dedicás Lenab, y eso que anduve por los mundos “aviscolas”.

Lenab de Alejandría sintió curiosidad por ese ser que decía conocerlo, y con seguridad le respondió:

—Me dedico a pasear por cerebros hipersensibles para conectarlos con agujeros telepáticos.

—¿A pasear por dónde? —respondió intrigado Gulka.

Lenab de Alejandría se le acercó, y extendiendo la mano sobre el lomo del desconocido, dijo:

—Me gustaría estar al tanto de lo que hace usted en este mundillo, Gulka.

Avis, intervino:

—Te explico, amigo mío. Gulka quiere traer a alguien que le dicen “El loco” a nuestra realidad, pero no entiende bien cómo funciona la cosa. Lo que está, está. Ya le dije que hablaré con quién corresponde o sea con la titiritera Ann, pero no sé si me va a escuchar y lo va a poner en alguna página. No lo puedo asegurar.

Lenab de Alejandría sintió compasión por Gulka, estaba desobedeciendo las leyes de lo inexplicable y entonces agregó:

—Gulka, nosotros estamos en este cosmos impreso hace unos cuantos años. La bondad y la esperanza son nuestras herramientas principales ¿Le queda claro? Cuéntenos ¿quién es “El loco”?

—Claro como el agua, Lenab-—respondió Gulka— “El loco” es uno que anda perdido entre una multitud de libros, en bibliotecas y cosas afines a la literatura. Lee hasta en sueños. No quiero que se pierda definitivamente, y si lo dejamos impreso en alguna página se le va a pasar un poco la ansiedad que tiene por ser protagonista. Pero en realidad lo que charlábamos con Avis era otra cosa. Mi intención principal no es traer a nadie, sino que el escritor adecuado lo traiga. Yo soy uno y todos y por esa razón no tengo un rumbo fijo, pero sucede que aparecí en este lugar, y es extraño y eso me tiene repleto de preguntas.

—¿Qué quiere saber? —dijo con desconfianza Lenab.

—No pretendo nada de este mundo de papel—murmuró Gulka—. No crea eso. Tampoco busco nada en el universo del que vengo. Solamente quiero saber cuál es el origen de los personajes. Y entienda que no lo hago por mí, lo hago para que mi propio mundo no se desintegre.

—No sé quién es usted ni a qué se dedica o cómo es su alma —dijo contrariado Lenab—. Así que no trate de obstaculizar la azulada realidad de mi amiga Avis.

—Soy un curioso. Le explico: hay una fuerza, sí. Una fuerza que crea ficciones.  No entiendo bien de dónde nace. Avis puede ayudarme con eso. Ella es distinta a otras heroínas. Me dijo que no depende de ella traer a las personas a este mundo, llámese mundo onírico, real, irreal o fantástico, da lo mismo. Existe una cosa que deseo, deseo caminar en la acera como cualquier mortal y que todos me reconozcan y me digan ¿qué tal Gulka? ¿Todo bien? ¿Cómo anda su amigo “El loco”?

—En ese punto estamos de acuerdo —dijo Lenab —a mí también me gustaría ir por algún barrio “yamazakino” o de otra índole y ser reconocido. No conozco mucho sobre mundos. Sólo tengo una vaga idea. Los universos perduran si son creíbles. Y para que eso ocurra deben ser explicados. De alguna manera la información tiene que estar. Mucha, poca, pero tiene que estar. Hablamos del tejido que construye el universo paralelo, si queremos vivir en uno creíble hay que explicarlo.

—Interesante teoría —dijo Avis.

—Seguí Lenab —respondió Gulka—. Me interesa tu opinión.

 —Déjeme contarle mi teoría de las cosas. El mundo perdurable es una dimensión eterna. Es la duodécima o trigésima dimensión, y para que sepan, en ella existen entes que se desprenden de un gran libro imaginado. ¡Se propagan! Son clones de clones de grandes personajes, y en algún caso, crean un avanzado ser.

—¡Como Carlon! —dijo Avis.

—¿Quién es Carlón? —preguntó asombrado Lenab—. Nunca me dijiste que conocías a alguien con nombre de vino.

—No lo conozco —respondió Avis—, pero oí hablar de él. Un tal Fansi Carlon. Creo que es un científico del pretérito.

—¡A ver, Avis! —interumpió Gulka— El doctor Fansi Carlon es tan científico como vos sos heroína. Es un desquiciado por excelencia y viene de una realidad distinta a la que vos manejas. A propósito ¿No oíste hablar de extraños clones?

—Nunca oí tal cosa —respondió Avis.

—Te comento —dijo Gulka—, los originales Avis y Fansi Carlon fueron deglutidos por la conciencia putrefacta de la última humanidad. Ahora esos prototipos se hacen en serie y son hermanos en la antítesis. No sé si me entendés.

Lenab sintió necesidad de meterse.

—Gulka ¿de qué imperio proviene usted? ¿Es un alienígena en estado de desequilibrio o es un humano desechado?

—Te veo la cara Lenab y a esta altura te parecés al doctor Carlon. ¿ Tenés miedo de no ser único? Empezá a temblar entonces. Hay Lenabs por doquier. Vos tenías el vicio de ser misterioso ¿sabes qué? con esas estúpidas aventuras en favor de una buena amistad no hiciste otra cosa que hacernos perder el tren de la evolución.

—¿De qué me acusa? —gritó Lenab fuera de sí.

—¿Deseo saber por qué ayudaste a la débil Avis? —dijo Gulka, mientras se lamía su mano electrónica—, la piba nunca tuvo un corazón fuerte. Debiste enviarla al laboratorio de los descorazonados. Ahí le hubiesen medido el pulso social y la hubieran mezclado con gente más poderosa hasta convertirla en una diosa guerrera o tal vez una Ariadna o una Medea.  Pero veo que no entendés nada. A esta altura no sé si tratarte de vos o de usted. Como sea, espero que me entiendas. Además, en esos periplos de los cuales usted participaba, había música, según dijo la boba Avis ¿Nadie te dijo que la música murió y solo florece en las esferas celestes?

—¡No es verdad, Gulka! —gritó Avis— ¡Las cosas tienen música!, que usted no las escuche no quiere decir que no existan. Y no soy ninguna boba, no confunda bondad con estupidez. Y no me importa si a mi amigo Lenab lo trata de vos o de usted. Yo a usted lo trataré con distancia.

—Avis, existe lo que uno quiera, y no —respondió Gulka con voz metálica—. Yo no le doy lugar a las artes en general, excepto a las letras con las cuales juego una interna desde hace siglos. Pero la música, sépalo bien, es para doblegar mentes y agrupar gente de la inmediatez.

En el instante en que Avis iba a responder, se apersonó un ser milenario, alto, de contextura rígida y cuerpo de grafito que la dejó sin palabras.

El último robot ciclópeo con fibra humana apodado Matt Nokris los miró con su único ojo láser. Quería cegarlos. Nadie supo bien cómo apareció ahí, aunque Avis sospechó que había sido obra de Ann, la titiritera. Matt Nokris pretendió instalarse en la retina de Gulka para ocasionarle una inflamación.

—Buscá otro recurso, imbécil robot —respondió Gulka encolerizado—. La doctora Linsay Clarke me implantó ojos de acuerdo a las leyes Asimovianas. Soy un ser perfeccionado de quinta generación. No intentes molestarme porque me meteré en tu cuartilla hasta destruirte.

—No pertenezco al mundo escrito —enfatizó Matt Nokris—. Nada podés hacerme. Soy un prototipo que no goza de ser perdurable. Solo existo en la mente de la titiritera, hasta que ella no decida mi nacimiento soy inestable.

—No sé cuánto tiempo voy a poder aguantar en este mundo— dijo Gulka desmoronándose. No entiendo quiénes son todos ustedes ni de dónde vienen. Alguien va a tener que explicarlo. Si hubiese sabido que existen universos tan inmediatos habría tomado las precauciones necesarias

Gulka tuvo ganas de irse y se preguntó si esos seres lograrían tener la consistencia necesaria para perdurar en el tiempo, y la respuesta no se hizo esperar. Matt Nokris se perdió en la oscuridad. Con seguridad lo mismo sucedería con la heroína y su amigo, nadie les daría entidad en la memoria porque no eran parte de ninguna película taquillera ni de ningún escaparate de consagrados.

Continúa con el Capítulo 3 mañana 05-12-23

Jim Warren
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