Serie Fantástica
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“Gulka en el Aire” Capítulo 1 de 9
Mundos de Papel: Capítulo Uno de la novela corta, nivola, o historia desmedida realizada a cuatro manos, por Ana María Caliyuri y Cristian Cano
“Gulka en el Aire” Capítulo 1 de 9

Capítulo 1

Mundos de Papel

Entrar o no entrar es el dilema, si entro voy a perder la noción del tiempo, pero si no lo hago, la lluvia me va a enfermar, o lo que es peor, me matará. No hay mucho que perder.  Es el sexto día que deambulo en este paisaje magro, y encima estoy con hambre. Bah, mejor dicho, tengo hambruna. No hay que comer nada que tenga ojos, me dicen. Si sigo así me voy a volver parte de una lechuga. El café solo no alcanza para mantenerme en pie. Menos mal que como atención de la casa, el cafecito que me sirven en el bar Ilusión, viene con un amaretti. El sabor almendrado me puede. Entro. Entro y me siento a mis anchas y listo. Mi silla no está ocupada, no hay clientes.  La silla no es mía, pero es mi lugar, en realidad tampoco es mío, pero yo lo siento como propio. Además, acá me citó Gulka y es mejor que me arme de paciencia: es impuntual, crítico y agudo en su accionar.

El mozo está a la espera de algún cliente. Los tiempos no son buenos y ya han cerrado varios bares a la redonda. Cuando ve al muchacho traspasar el umbral de la puerta se pone a repasar la mesa que da al ventanal con un trapo no muy limpio. Por fin el muchacho se sienta.

—Qué se va a servir, señor—pregunta con voz suave.
            — Lo de siempre — le responde él.

Si el mozo no me habla mucho, yo tampoco. ¿Para qué deliberar sobre la vida y la muerte, el ristretto o la lágrima que nunca me va a servir porque no la voy a poder pagar? Además, siempre me critica por la cantidad de hojas sueltas que pongo sobre la mesa. Como si la mesa fuera para el cafecito y nada más.

Después de unos minutos el empleado le trae un café mugroso que el muchacho paladea como si fuese un elixir. Se pierde en ese océano negro con distintos aromas hasta que el amaretti lo enamora, y se lo lleva a la boca y lo pasea de pared en pared hasta deshacerlo.

            ……………………………………………..

Se hizo tarde. Ya pasaron tres horas. Mejor dejo la lapicera reposar un poco. No. Mejor dejo reposar un poco la lapicera. Así me hubiera corregido “la profe” si se me hubiera ocurrido escribir algo así. El tiempo corre a destajo, los clientes que se reflejaban en los espejos ya se fueron. Capaz que no eran clientes y eran mis personajes. Mejor me pongo a mirar la lluvia y me olvido del mundo de papel por un instante. Llueve mucho. Espero que pare un poco. Después, pago y me voy con mi libro y mis hojas que poco dicen. No hay caso, no se puede hacer algo como la gente, así todo apurado. Obvio que me voy a quejar, en cuanto llego a casa le escribo a Gulka y le pregunto si me tomó por idiota. Uy qué letra chiquita tiene “El idiota” de Dostoievski, voy a tener que leerlo con lupa.

El hombre deja el dinero sobre la mesa, y con paso presuroso se retira del bar.

Estoy de nuevo en la calle, bajo la lluvia, a punto de cruzarte calle, una y otra vez. Somos parte de la misma cosa llamada vida.

Intenta saltar un charco. Le calcula mal y su rostro se pone sombrío, como si el acto de errar la distancia se pareciese a una ecuación matemática fallida.  El pie izquierdo se salva de nadar en la zapatilla. Sacude el derecho a modo instintivo. El libro, las hojas manuscritas e incluso la campera y el vaquero están empapados.

¡Qué fastidio me provocan las existencias borroneadas!

¡Ay, calle! Estás siempre acá abajo y me sostenés, no solo a mí, también sostenés a otros que te cruzan y que no tienen adónde ir. Por lo menos yo tengo mi cubil.

Subir la escalera de mi casa, mojado de pies a cabeza, es un acto que transmuta hacia una guerra interminable. Mi otra muda de ropa está como la vereda. Hace días que llueve. No quiero que la gente del edificio se confunda y piense que no soy realista o que estoy en contra de la humanidad por vestirme con ropa mojada que se pega al cuerpo como una provocación. No quiero que piensen esas estupideces, nada más lejano. Es lo que hay. Necesito entrar a mi habitación y desprenderme de todo lo que me enseñaron y desnudarme de una buena vez.

El muchacho sabe que sentarse a escribir vale la pena. En ese statu quo aparecerán mundos desconocidos que le harán bien. Realidades ficcionales que va descubriendo y que también lo descubren. Mundos que le fracturan los pensamientos. Es la única forma que tiene de tomar decisiones sanas, de volver a empezar de cero, de no enfermar con el veneno que le inocularon de niño: leer, leer, leer. Ahora el suero reparador es escribir, escribir, escribir. En los universos que lo atañen y lo completan, la libertad de elección no urde el fraude.

Me encanta subir los escalones rumbo a mi agujero. Mejor no me apuro. Si Dios tardó siete días en crear el mundo yo tengo que aprender a manejar mi ansiedad.

Al enfrentarse con la escalera, que parece la de Fibonacci, alza la vista y nota como una baba cae desde el último de los pisos, una cosa musgosa que en forma inevitable se pega a las zapatillas.  Así y todo, trata de no renegar. Ya le dijeron que si quiere estar en el mundo real es mejor que cambie un poco el carácter indomable que lo caracteriza.

Los universos que están entre el ahora y el después, entre el hoy y la eternidad suelen ser caminos fértiles que le gusta tomar.  Una sana manera de ir hacia la hipótesis de cómo nace todo, y cómo muere, también. La hipótesis: el terreno de las suposiciones, y es eso lo que hace como escritor: suponer lo que no es. Y claro, después está el interior que le pertenece, el alma, lo intrincado, los sentimientos, las creencias. Ahí no existen remolinos ni dobleces, o sí, pero no lo afectan. De todas maneras, su vida es la biblioteca, la cama, la heladera, el sillón, la mesa y las sillas atiborradas de cosas, y por supuesto su aliado: un ventanal enorme que le permite ver otras perspectivas que lo salvan de la rutina.

Mientras pone la pava para tomarse unos mates se deja llevar por el camino inhóspito del pensar.

¡No soy un fantasioso que se quiere evadir del mundo real! No, eso no. ¡Eso sí que no! Eso hacen los cobardes: la práctica del desinterés por la naturaleza de las cosas. Amo escribir porque la pluma forma parte de un pájaro que me remite a la hondura del existir. Y si la gente no encuentra la motivación para entender lo que hay que entender hay que arrimarse al espejo y mirarse a los ojos, y estarse ahí parado durante dos horas hasta verse. Somos enteramente lo extraño. Nadie está exento de esa rareza.

El hombre piensa que los arcanos, misterios o como quieran llamarles a los asistentes del mundo de papel, no son maestros terrenales que enseñen las respuestas a todo lo intangible que está hecho de palabras. Intuye que hay grandes conocedores de travesías en la búsqueda de tesoros escondidos aún no escritos. Sabe que esos sabios se guardan los mapas para ellos, entonces las personas comunes como él que se arrojan al vacío blanco sin un sentido áurico se sienten mal, se sienten perdidas y no encuentran el camino hacia el final, que no es otra cosa que la belleza.

El mate se enfría entre las manos huesudas del muchacho y la mente se escapa otra vez.

Es evidente el cosmos cuando descubro la típica escena de “El Elefante en la habitación”. Todos la ven, pero nadie hace nada para sacar afuera al animal, para hacerlo hay que entablar un vínculo, y los vínculos de hoy día se parecen a un gran ombligo con un único cordón que conduce al propio útero.

¿Cuál es la verdadera naturaleza de nuestra realidad? ¿Es esta que nos dicen? Trato de seguir, de dar otro paso hasta hallar alguna salida. Quiero saber. Me duele cuando matamos, entre comillas, metafóricamente hablando, a las personas que nos incomodan con preguntas que no tienen respuesta. La no respuesta es una respuesta.

¿Y a quién le importa si por momentos me desconozco? Me suele pasar, me lavo la cara, apago la luz, guardo mis papeles y mañana será otro día, amanecerá como siempre y veré cómo me las arreglo para sobrevivir. Nos enseñaron a agradecer y a ser persona de provecho, pero ¿y si la calle desapareciese por alguna circunstancia? Yo también desaparecería, y muchos más.

El escritor se siente atrapado por estos pensamientos controvertidos, entonces va al baño, y por enésima vez se mira al espejo. El problema es que ahí también está Gulka. No puede desprenderse de su mirada perspicaz, y es en ese momento cuando se pregunta si Gulka está dentro o fuera de él. Se percibe influenciado, habitado, poseído.

La mansedumbre es un acto de persuasión que se impone en las sociedades. Ser manso, ser calmo, ser lo que los demás desean que seas. Pensar, decir y hacer infinitas veces lo que hace la mayoría sin duda es una forma de morir. Pero también dicen que no se puede andar con otros mundos a cuestas, no es lógico, no es sano y menos que menos, admisible. Por lo cual es mejor si me hago el distraído frente al espejo.

 Gulka solo me va a decir “Buenas noches. Dulces sueños” y yo sé que entrará en mi mundo íntimo. Siempre se ríe de mi alter ego, y en ese momento mi universo se convierte en un big bang: el principio de todo.  Y entonces sucederá que la calle de papel se llenará de enigmas y no sabré bien adónde ir. No solo llueve afuera, a veces llueve en mi alma.

Estoy en una realidad paralela que se expresa como Sísifo. Subo y subo la montaña de hojas, pero siempre resbalo y mi mundo cae como una piedra y todo regresa al primero de los peldaños, todo vuelve a comenzar: las preguntas, las suposiciones, la ausencia de respuestas, las tachaduras, la letra marchita, las pequeñeces.

Los que viven a expensas de un espejo penumbroso dicen conocerse poco. Yo no les creo. Conocen a Gulka más que a sus familias y a veces más que a sí mismos. Es que Gulka es tan popular y tan resbaladizo que da escozor.  Encima dice conocerme, dice conocernos. Y eso me incomoda. No me gusta que se mimetice conmigo. Es ahí cuando me voy por la tangente, por un ángulo que me divide y de esa forma no me capta. Pero Gulka hace trampa y se cuela en mis pensamientos sin que yo le dé permiso.

Claro que no es tan rígida la cosa, cuando lo quiero espantar me visto de sombras, le cuento situaciones absurdas y hasta le confieso mi afición por las ideas que vendrán. Y es con la extrañeza con la cual me mira cuando todo se convierte en una loca consecución por los pasos de la tinta.

Cierta tinta yace en algún lugar del cuerpo. Supongo que en las células del lóbulo creativo. No se puede escribir sin ella. Íntimamente sé que se escribe con sangre lo que alguna tinta repele.

¿Quién no ha tropezado con la ignorancia? Todos. El punto es que aceptarla es aceptar la pérdida de algo que se supone importante. Yo no estoy para esos trucos, esas cosas descontrolan el devenir. Prefiero el “carpe diem”. Sin ayer, sin mañana, sin mí, y es ahí cuando el mundo se transforma y, en cierta manera, al transformarse se desarma para integrar algo nuevo.

Me da curiosidad recordar el día que encontré a un traductor que decía no saber una palabra del idioma que traducía, me dijo que eran mensajes de otros portales, de otros pasadizos, y que prefería no dar demasiadas señas. Yo creo que es la dirección exacta de la ignominia a la que alguna vez debí enfrentarme. Por eso, Gulka es mi abogado. Es quien organiza mi defensa en caso de ser atacado.

Los saberes que tiene Gulka atacan a las teorías estériles para afinarnos como un instrumento musical. Párrafo aparte merece la voz con la cual se narra. Y es ahí cuando él, dice y afirma que, al leer un libro, la voz del personaje amado u odiado cobra vida, y nos borra de la realidad tanto a los escritores como a los lectores. Yo no creo ni dejo de creer, sobre todo porque alguna vez fui víctima de un buen libro. El libro memorable es un victimario, es bueno saberlo, nos mata las hipótesis en dos trazos, y eso que veníamos leyendo parejito y sin pausa, eso que nos arrastraba hacia el desenlace, termina por ser lo sorprendente e inesperado en un solo párrafo. Un buen libro nos quita el hambre, la sed y lo básico hasta llegar a la palabra “Fin”. 

Moriría por encontrar en las calles de mi barrio al personaje principal de alguno de mis libros favoritos y entablar un mínimo diálogo o al menos decirle “Hola, que tal, cómo va la vida”.

Como sea, Gulka camina por la calle, a la vista de todos. No sé si vive en mi ciudad o vivió alguna vez, intuyo que es un fugitivo o es un nómade. Aparece y desparece a su antojo y a veces, muy pocas, a mi antojo. Cuando voy por la vereda busco una mirada, una cadencia o una vestimenta que se parezca a alguna de las piezas del mundo de Gulka. Debo confesar que lo peor sería hallar a alguien que creemos que es la ficha adecuada, el igualito al del libro, el personaje perfecto, y después de observarlo unos minutos corroborar con tristeza que no lo es. Por ahora Gulka es todo lo que existe y me citó al Bar Ilusión para sobornarme., seguro. Voy a tener que pedirle unos días más de plazo.

             No para de llover. Y por esas cosas que tengo en la cabeza prefiero escribir en el agua así los trazos se pierden y nadie reclama nada. A un escritor siempre se le reclama. El problema es que Gulka carga las tintas y me pregunta una y otra vez quién soy. Yo no sé qué responderle. Me reconozco escritor y no, ese es el problema.

Gulka me dice que no cualquiera puede continuar una historia. Pero, si se es un autor avezado hay posibilidades de hacerlo.

La literatura tiene vicios, trampas y portales temporales. Además, Gulka me repite desde el espejo que tenga fe, que se puede ser uno y miles. Inexistentes y creíbles.

Lo que él ignora es que puedo incendiar su mundo cuando se me antoje, claro que padeceré los efectos secundarios de semejante acto pirómano.

Por el momento lo dejaré ir lejos.

Continúa con el Capítulo 2 mañana 04-12-23

Dean Ellis – 1978
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