Columna
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La Imparcialidad
Si hacemos el esfuerzo, de observar como un tercero no comprometido, posiblemente podamos ser un poco más imparciales
La Imparcialidad

Hay un aforismo de Jose Narosky, que dice: Hay quien arroja un vidrio roto sobre la playa. Pero hay quien se agacha a recogerlo”, acaso sea una de las frases más corta que explica cómo funcionan los seres humanos. Puede ser que siempre arrojen el vidrio las mismas personas, o también que una vez arrojen y otra lo levanten, que supongo que, a lo largo de una vida las eventualidades y el entorno lo vuelvan muy probable.

El entendimiento, la razonabilidad, que puede ser producto de la educación o las circunstancias de la propia vida, que te lo haga saber, por ejemplo, si un ser querido se corta caminando por la playa.

Pero tampoco funciona siempre desde el entendimiento, sino generalmente desde lo emocional, individuos que aman y dan la vida por su madre y matan o dejan morir personas sin razón alguna.

Nos emocionamos y ponemos a llorar con una escena de una película y somos indiferentes a la misma escena en la vida real. La vida cotidiana nos enseñó a ser insensibles, indolentes, despreciativos de lo que no representa o se identifica con nosotros.

Nos creamos historias que permitan sostener nuestra mirada de la vida, tomamos la filosofía y el sustento mediático que nos nutra. Este desvarió que construimos, necesita aferrarse a muchas mentiras, a pesar que los datos rígidos nos digan lo contraria. “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira” dijo el poeta

Ramón de Campoamor, a mitad del siglo XIX.

Pero hay algunas muestras que nos marcan el horizonte. No es lo mismo: Hacer, que decir que vas a hacer. Que te hipotequen a que no te endeuden. Un maltratador, que quien te respeta.

Que te digan que no tenés derecho, a que te den acceso. Que te empobrezcan a que prosperes o te dejen vivir. Que seas parte a que quedes fuera del reparto. Que tengas acceso a la salud a que te dejen a la deriva. No es lo mismo, quien te abre la puerta que quien te la cierra. Pero no solo la mía o la tuya, sino la de todos los que formamos parte de la sociedad. Después discutimos los detalles, pero hay aspectos objetivos, hay controles para ponerse en algún lado. 

Entonces, si hay pautas para discernir, pero si no abrimos la percepción, si salteamos lo que no refuerza nuestro interés, si cuando quedamos expuestos a nuestra contradicción, decimos son todos lo mismo, porque no queremos reconocer ni un ápice.

Recuerdo un relato, que decía: Que una señora le pregunta a otra por su hijo que estaba casado, y la mujer le cuenta que mal, la desgraciada de la esposa lo hace trabajar en la casa, lavar, cocinar, cuidar a los hijos. Después le pregunta por la hija, y la mujer le contesta, que contenta, el marido la ayuda mucho, lava, hace la comida, cuida a los chicos. Así somos.

Lo mejor es sincerarse con uno mismo, y saber que no se está dispuestos a ceder en nada.

Dejar el lugar común que todos para un mismo lado, porque no estás dispuesto a hacerlo, porque es un subterfugio vulgar del que no tiene fundamentos.

Si hacemos el esfuerzo, de observar como un tercero no comprometido; de dejar la historia familiar, me olvido de lo que dijo papá o mamá o lo que opina la parentela; de las aspiraciones personales, me reconozco con ser clase media o estar ahí; o dejar el grupo de pertenencia de lado, que opina mi amigo, compañeros de trabajo o el jefe; ni hablar de los medios. Si ponemos en paréntesis todo eso, sin que nos tercie, posiblemente podamos ser un poco más imparciales.

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