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El Hombre más Odiado de Internet
Ambos enfoques son válidos, pero para quien escribe, es más importante el mensaje que deja, la información que brinda
El Hombre más Odiado de Internet

Internet en sus comienzos era un páramo salvaje, casi acéfalo de ley, un caldo de cultivo para que se comiencen a gestar sitios pioneros de noticias, intercambio de arte, cultura, entretenimiento, foros de todo tipo en donde gente de diversas partes del mundo se pudieron conectar en tiempo real, por primera vez, reunidos en base a intereses comunes sin las limitaciones del correo tradicional. Todo era urgente e inmediato.

Los servicios de mensajería instantánea revolucionaron no sólo la forma de comunicarnos sino el lenguaje propio. Una generación que había nacido sin estos avances se empezó a amoldar a un nuevo paradigma, mientras que millones de niñas y niños nacieron en hogares donde el acceso a Internet era algo normal.

Pero al igual que cualquier otro invento humano manufacturado con las mejores intenciones, la web fue también el sitio idóneo para que sujetos con los peores planes pudieran armar espacios libres para explotar sus más bajos instintos.

Páginas en donde materiales de alto impacto eran la norma se popularizaron en cuestión de meses. Quien antes tenía que recurrir a VHS piratas para ver videos de muertes reales ahora lo tenía al alcance de un click. Quienes querían engañar a sus parejas no necesitaban salir de sus casas para conocer a otras personas, podían conversar en salas de chat anónimas y descubrir a otros interesados en minutos.

La pornografía explotó como nunca. Los sitios web se multiplicaban a cada segundo y lo que antes era material prohibido, de difícil acceso dependiendo la edad, ahora estaba al alcance de la mano.

Pero el placer carnal llevó a que la gente quisiera más. Mucha gente descubrió que disfrutaba siendo observada y, así, el porno amateur se transformó no sólo en una de las categorías más populares en estas páginas sino que, con el tiempo, se convirtió en una industria con peso propio.

Basta analizar el fenómeno de sitios como OnlyFans -que terminó de explotar en la pandemia cuando la gente necesitaba un ingreso extra o una distracción extra- para entender que la carne tira.

Y mucho.

Con el advenimiento de la pornografía 2.0 estos personajes siniestros descubrieron una nueva forma de acosar a la gente. La pornovenganza empezó a ser tristemente célebre desde la génesis de internet, pero tardó demasiados años en ser considerada como un delito. Este crimen atroz consta en obtener fotos o grabaciones íntimas y “colgarlas” en la red para que cualquier persona tenga acceso a la privacidad de otros, sin el consentimiento ajeno.

Uno de los siniestros pioneros de estar práctica fue Hunter Moore, un californiano entrando en su segunda década de vida que armó un supuesto sitio para conocer gente, pero que escondía una finalidad mucho más turbia: exponer fotografías íntimas de mujeres, extorsionar a las víctimas y hasta amenazarlas de muerte.

Su página se volvió muy popular por todas las razones incorrectas y el daño a numerosas víctimas comenzó a multiplicarse.

Pero no fue lo único que se multiplicó. Moore empezó a tener un enorme grupo de seguidores que habían comprado la personalidad polémica y descarada de lo que podemos considerar uno de los primeros influencers de la historia. Las personas que casi veneraban a este personaje detestable mutaron en una especie de culto virtual, cuyos rituales paganos se llevaban a cabo con la carne de víctimas inocentes cuyas fotografías privadas se habían subido al sitio de este personaje.

Rob Miller se encargó de realizar la miniserie documental de tres episodios titulada El hombre más odiado de internet, en donde consiguió entrevistar a víctimas de Moore, abogados y especialistas en ciberdelitos. La narrativa se concentra en las personas afectadas e intenta desentrañar lo que fue uno de los disparadores para que en Estados Unidos se creara legislación para proteger los datos privados de la gente y establecer penas para quienes difundan material íntimo sin consentimiento.

Hunter Moore se transformó no sólo en el hombre más odiado de Internet sino en caso paradigmático, el enemigo público que suele carecer de rostro gracias al anonimato que otorga la red.

La principal protagonista es Charlotte Laws, una personalidad menor de la escena de Los Ángeles que se convirtió en una activista anti-pornografía cuando descubrió que las fotos de su hija desnuda se habían subido al sitio que había creado Moore. Ella fue una pieza fundamental en la investigación contra el acusado y su testimonio resulta tan revelador como didáctico. En estas épocas en donde este tipo de material está al alcance de la mano, tanto para consumirlo como para crearlo, este tipo de testimonios son muy valiosos.

La miniserie gozó de una gran popularidad pero no pasó exenta de polémicas. Algunos consideraron que lo único que generó fue traer al ojo público a un personaje infame y darle más popularidad -algo que Moore buscó deliberadamente-; mientras que otros resaltaron que en foco en cómo luchar contra sujetos que buscan causar daño extorsionando a la gente con fotos íntimas.

Ambos enfoques son válidos, pero para quien escribe, es más importante el mensaje que deja, la información que brinda sobre cómo lidiar con estos asuntos es valiosa, y siempre es bueno tener algún relato aleccionador sobre peligros reales a los cuales estamos expuestos permanentemente. Como siempre, la última palabra la tiene el espectador.

El hombre más odiado de Internet es una miniserie que atrapa desde el primer momento, que habla de una problemática que, lejos de estar mermando, crece día a día a medida que la tecnología avanza. Para ver y reflexionar antes de enviar esa foto íntima a cualquier persona.

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