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Santa Evita
ESA MUJER - DISPONIBLE EN STAR +
Santa Evita

Pocos  personajes en la Historia argentina gozan del carácter mitológico de Juan Domingo Perón. 

Su segunda esposa, Eva Duarte de Perón,  ha sido capaz de trascender las fronteras de su época para convertirse en un símbolo, en la representación de una ideología circunscrita a las suaves facciones de su rostro, a la potencia de su voz en sus recordadas apariciones públicas.

Evita, como la recuerda el pueblo que la adora y aquellos que la bajan del pedestal, es motivo de homenajes permanentes y de controversias. Su silueta es una imagen prominente en el Ministerio de Obras Públicas; los billetes de 100 pesos con su rostro se coleccionan en el mundo y, por supuesto, ha inspirado a artistas en todos lados, quienes se sintieron atraídos por las peripecias de su vida y por los oscuros senderos que transitó su cadáver durante dieciséis años.

Tomas Eloy Martinez publicó en 1995 la novela Santa Evita, una reconstrucción en clave de ficción sobre el destino de aquel cuerpo, canonizado paganamente por un pueblo que veía a un Perón obligado al exilio, a su fuerza política proscrita. También intentó reconstruir a la mujer detrás del mito, casi cuarenta años después de los eventos.

Las novelas tienen la posibilidad de tomarse licencias creativas, y el escritor argentino se las tomó para agrandar una historia que ya era gigante e increíble por si sola. La divergencia entre los protagonistas reales y los ficticios son varias, pero la principal diferencia -que la serie adapta- es la de la creación de tres réplicas del cadáver de Evita para proteger el cuerpo real frente a la amenaza de un atentado o intento de robo.

Las obsesiones que rodearon al cuerpo sin vida fueron verdad, y afectaron de distinta forma a quienes tuvieron contacto con ella en su momento. Evita fue una figura poderosa en vida y también después de su muerte. El cuento del genio Rodolfo Walsh, titulado Esa Mujer, retrata a la perfección una oscura viñeta verídica de un “coronel alemán” obsesionado con el cuerpo de esa mujer, que lo lleva al borde de la locura.

El coronel es Carlos Eugenio Moori Koenig, un personaje por demás siniestro que se hizo con el cadáver pese a ser un opositor acérrimo al peronismo, y desarrolló una fijación insana con Eva Duarte, a quien trasladó por Buenos Aires en su vehículo, exhibió en su oficina como un trofeo y, se sabe, sometió al cuerpo a prácticas vejatorias indescriptibles. Ernesto Alterio le da vida a este oscuro hombre, una de las piezas fundamentales del relato que, lamentablemente, fue muy real.

La adaptación de Santa Evita está a cargo de los directores Alejandro Maci y Rodrigo García Barcha, dos veteranos de la pantalla chica, el primero con una extensa carrera en la industria local, el segundo asentado en el mercado estadounidense. La nota de “color” del equipo detrás de escena la da la aparición de Salma Hayek  como productora de la miniserie.

La novela de Tomás Eloy Martínez es un buen punto de partida para una historia inclasificable y perturbadora, pero también propone un riesgo en un tiempo muy particular de la historia actual argentina. El principal foco de controversia en cuanto al innecesario revisionismo histórico que propone el guion ronda en torno al rol que cumplió Evita en la sanción del voto femenino, un hecho sin duda fundamental en la democracia argentina.

Se ignora, por ejemplo, que la primera vez que votaron las mujeres en Argentina fue gracias a los esfuerzos del pueblo sanjuanino, impulsados por Aldo Cantoni, en 1928.

El movimiento sufragista femenino en Argentina está lejos de ser una conquista del peronismo, sino una lucha que llevaba ya cuatro décadas en la década del 50, impulsada principalmente por activistas socialistas. En la miniserie Santa Evita se retrata aquel momento histórico como una lucha de Eva en contra de su marido para conseguir la aprobación del voto femenino. La verdad, altamente documentada, dice lo opuesto. Eva Duarte de Perón no manifestó ningún interés en el sufragio femenino hasta que su marido y Presidente de la Nación decidió que era momento que la mujer pudiera acceder al cuarto oscuro en los comicios.

En esta era de revisionismos históricos innecesarios, esta muy buena miniserie se toma una licencia artística innecesaria. Una ficción no es capaz de reescribir los sucesos, pero que si puede llegar a perjudicar la comprensión de nuestra rica y trágica historia para las generaciones venideras.

Las leyendas que rodean la figura de Evita ya son lo suficientemente apasionantes para sumarle una cuota de ideología metida a la fuerza. Esta es, tal vez, la principal falencia de Santa Evita como producto televisivo pero, a su vez, es un testimonio de la época que les toca transitar a los artistas. Esta decisión —para nada menor— era la lógica, pese a que contradice todos los libros de historia y los documentos existentes.

Natalia Oreiro le da vida a Evita, y consigue salir parada con dignidad de una tarea que siempre va a parecer imposible a priori. Quien no sale tan bien parado es Darío Grandinetti, un buen actor que le da vida al Juan Domingo Perón menos carismático de la pantalla chica o grande.

Los siete episodios, que se emitieron y están disponibles en la plataforma de streaming  Star + son un producto que reboza excelencia en los aspectos técnicos, en la reconstrucción de aquella Buenos Aires tan convulsionada de los ´50 hasta los ´70,  en la fotografía y en la música de Federico Jusid.

Ernesto Alterio es el punto más alto a nivel actoral, y le sigue pisándole los talones Natalia Oreiro. El resto del elenco está bien, cumplen en dar vida a un guion complejo que toca un tema político tan sensible.

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