Al Pie de la Letra
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La Novia de Mi Amigo
Relato de Pablo Diringuer - Lo difícil que se hace fácil... Y lo fácil que se hace difícil
La Novia de Mi Amigo

Lo difícil que se hace fácil… Y lo fácil que se hace difícil.

La novia de un amigo, pero bien amigo, que imprevistamente, se salió de los cánones.

Ella siempre fue muy amable conmigo y hasta daba la impresión de saber íntimamente el lugar que correspondía a esos códigos no dichos, pero, relucientes al momento del lugar que cada uno ocupaba.

Ser la “novia”, «la prometida» (¿?) de una aseveración escrita en un libro invisible de las normas equilibradas y relacionales de dos personas muy proclives a cumplir el rol de obreros de la construcción de un edificio amoroso. Años de cementos y arenas para desde esa ventana hacia la calle, visualizar el beso que todo lo propone y muestra a quien osase mirar en cualquier periplo circunstancial o no.

Yo ni siquiera me atreví a detenerme ni menos que menos a desmenuzar cada ladrillo apilado hasta formar esa gran pared con ventanas y tejados relucientes. Para mí, era una síntesis demasiado inexplicable de dos que se encontraron y decidieron lo que les brotaba: un amor burbujeante que rebasaba espuma y algún líquido gnóstico que equilibraba de manera espontánea e innata esa simbiosis sentimental que todo lo unía, alimentaba y consideraba. Por eso para mí, cada vez que me encontraba con ellos -solo o acompañado- quedaba totalmente implícito que el momento a disfrutar era el mío más el unificado de ellos.

Por esas circunstancias de la vida, mi amigo, tuvo que viajar, o mejor dicho, quiso hacer un viaje lejos, bien lejos; se le había metido en la cabeza que quería tomarse un avión a Nueva Delhi, la India, porque era una región del globo sobre la cual no tenía idea de nada y que no quería morirse sin antes conocer esas costumbres tan raras, tan alejadas de lo que nosotros no teníamos la más rebuscada idea. A él le atraían -entre otras cosas- ese gran mito a través de los años en donde vox pópuli se decía que los hindúes, aún muertos de hambre, jamás comerían a una vaca. Él venía de un país carnívoro por excelencia y, si bien había lechugas y tomates por doquier, jamás la ensaladas obnubilaron ese deseo tan íntimo de comerse un churrasco o un choripán hasta en el medio de una ruta o en la parrilla de alambre oxidado y grasoso de algún otro amigo en esas tardes domingueras con tinto luego de un partido de fútbol.

Y entonces se tomó el avión nomás y se fue a la mierda y la novia -que lo seguía siendo- se quedó extasiada, pero también perpleja por esa decisión tan… segura, tan masticada de su maxilar mental y lo acompañó en su decisión y hasta le entregó -probablemente por trascendidos de ambos- sus palabras, deseos y energías más íntimas para la soltura y felicidad en ese tan mentado viaje.

Fuimos muy pocos a despedirlo al aeropuerto de Ezeiza, los más íntimos y, ni siquiera un familiar directo se tomó el trabajo de llegarse hasta la partida del avión: esas escaleras mecánicas y los bolsos y las manos que se agitan con los ojos nublados de emoción hubo de ser patrimonio de muy pocos en esa terminal de aviones.

Los que nos quedamos solos en ese sitio, finalmente, fuimos ella y yo, y no estuvo en mí, dejarla a la marchanta -para nada- en esa situación.

Ella pareció estar entre acongojada pero también aliviada; fueron varios meses de preparativos hasta el final despeje, amén que, si bien se hubo de concretar el viaje con fecha bien definida, nunca hubo de quedar claro el final del mismo; esto era, una especie de nebulosa circunscribía el tiempo de la estadía además de la incertidumbre de saberse alejada de él durante un tiempo ilimitado y lugares varios que comprenderían no solamente ese inhóspito lugar, sino varios países más limítrofes, ignotos en su descripción previa y menos que menos posterior mientras durase la estadía. Una flor de historia viajera que excedía netamente lo amoroso para desembocar en el desasosiego de la nostalgia y la extrañeza del faltante y tajante del uno hacia el otro aunque ese tiempo no fuese eterno, pero sí, impreciso en el cronómetro de su final.

Ella solía frecuentar los mismos lugares que la tenían vista durante los últimos dos años que coincidían de manera regular con el hecho en sí mismo de la pareja que había constituido con mi amigo. A partir de ese instante hube de cruzármela en varias ocasiones pero… sola. No la veía mal ni bien, aunque un dejo de solapada inestabilidad emocional, delataba que todo vacío le resultaba muy difícil de llenar. Cada vez que nuestras vistas se cruzaban resultaba ser inevitable el tomar los filamentos de nuestra última conversación y deambular –más que nada ella- a la espera de novedades fehacientes de esa vuelta que se dilataba sin almanaques ni menos que menos de feriados de ansiedad.

Cada vez que nos despedíamos, su mirada parecía la de otra persona muy distinta a la que hube de conocer cuando esa primera vez de la mano de mi eterno amigo. Ahora sus ojos decían o insinuaban palabras y frases inéditas entre nosotros y hasta ese perfume que nos había envuelto desde épocas ha, había cambiado. Algún brillo delator de los irises mostraba cambios no cristalizados y el saludo esporádico de despedida de esos encuentros fortuitos juntaban más cerca los labios que las mejillas.

Comencé a sentirme… raro; comencé a alternar mis sensaciones entre la sencillez, la ternura y la dureza imprevista de las cosas que me modificaban constantemente el trato franco y consciente de la persona a quien tenía enfrente y me guardé en un cofre lacrado y con varias vueltas de llave el desentrañarme a mí mismo el intríngulis que me aquejaba, hasta me provocaba cierta congoja e incomodaba.

Nunca hube de hablarlo con nadie y muchas noches dilapidaba largos minutos antes de bajar mis persianas pestañeras sin determinar actitudes concretas: ella, exclusivamente ella era la mujer de mi amigo y yo andaba pendejeando, revolcado en una especie de histerismo que jamás hubo de caracterizarme en toda mi existencia. Lo único que podía ayudarme en esa inestabilidad era el inmiscuirme en alguna nueva relación y esa misma fuerza de los hechos en la aparición de una nueva persona, hacerme desviar de esos confusos pensamientos. Mi inquieta quietud hízome reaccionar a tiempo en medio de esas vicisitudes y en una casi borracha reunión de amigos de amigos de amigos conocí una flaquita que engordó mis vacíos y me sacó de esa inesperada inestabilidad alrededor de esa chica novia oficial de mi gran amigo. Luego sí, me jactaba íntimamente de mí mismo y me cuestionaba el haber sido tan boludo de pensar siquiera que, entre miles de millones de personas sobre la faz del planeta justo se me hubiese ocurrido tener algo con ella que siempre había sido “la novia de…”

No me importaba en absoluto esas opiniones de otros no tan amigos que hasta se daban el lujo de opinar que, ante ese tipo de situaciones ningún tribunal sentimental condenaría a nadie por hacer tal o cual cosa con la situación y ese libro no escrito pero habitué de las circunstancias todo lo reflejaba en el espectro de la humanidad, aún hasta las turradas más grandes semejables y considerables a un “y bueno, sucedió y punto”.

Pero aquí no hubo de suceder nada y la nueva chica que había conocido tuvo mucho que ver en mi dispersión de los hechos; por eso cuando sin darle mayores detalles le avisé a la novia de mi amigo que iría a visitarla, ella abrió la puerta de su departamento en el séptimo piso, vestida con un camisón transparente y sus prendas íntimas mostraron la combinación entre éstas. Sólo fueron contados minutos de observarnos los tres en esa antesala del salón comedor; ella, la nueva flaquita que me acompañaba y yo nos quedamos casi en silencio. La hoja de ese libro no escrito y tácito había sido arrancada y jamás hubimos de enterarnos de qué se trataba.

por Pablo Diringuer

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Docente jubilada, escritora, productora de radio y Tv que con el programa La Otra Mirada, en el 2002 recibiera el premio Martin Fierro del interior, Ana María Caliyuri, actualmente colaboradora en distintas columnas del portal cultural TestimoniosBA.
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