Al Pie de la Letra
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El Cigarrillo
Cuento de Ana Caliyuri de su Trabajo “Cuentos Pandémicos”
El Cigarrillo

La calle desierta, el corazón está lleno de preguntas, la mente inquieta. Noto en el silencio la detención del mundo, y en el cacareo mediático la hoguera o la fiebre de un virus que acampa en tierra. También el aire húmedo es de sospecha.

Los bozales para humanos, llamados barbijos o tapabocas, tienen sobreprecio. ¿Quién habrá sido el ladrón de este hoy que huele a otras pestes? Esto que escribo parece una crónica apenas de un periódico que está vacío de certezas, mas, colmado de adivinaciones e intereses. Ya no hay intimidad que sostenga al miedo, y el miedo corretea por las calles como caballo desbocado.

Somos anónimos que en el silencio nos comprendemos y no es nada personal, es el dolor de ser humano en tiempos de pandemia. Así también lo sentía Juan, el vecino del cuarto piso, pero a él le sucedía algo más, como a todos nosotros, pero era un “algo más” que lo hacía caminar en redondo como laucha en la palangana. Su esposa, Rita, le había comentado al verdulero de la cuadra que Juan era un gran fumador. Sin cigarrillos no podría soportar el encierro obligatorio debido a la cuarentena, pero las tabacaleras estaban paradas y no había ni un mísero atado de cigarrillos en todo el pueblo.

Durante unos días descubrió que podía armarse un par de cigarros con tabaco que le había regalado un alma solidaria, además de un filtro pequeñito como un dedal de muñeca y un papel blanco. Todo eso por el mismo precio: nada. Es la mentalidad pluralista de los fumadores, sin dudas. Son capaces de cruzar una sierra si saben que del otro lado habrá un kiosco que tenga cigarrillos y también son capaces de compartir la última pitada con alguien desconocido.

El mundo del cigarrillo es otro aroma como lo es el mundo de los que amamos tomar mate, es necesario compartir ese instante después de un almuerzo, una cena, un buen momento o uno malo, la idea es:¿nos fumamos un puchito?

 A Juan se le tornó ese tabaco, a su boca, de un sabor rancio. Tabaco suelto, sin compañía y en tiempos de pandemia, es de sabor agrio. El caso es que el hombre no solo tenía un estado de nerviosismo evidente, sino que además todas las noches comenzó a subir a la terraza para dar vueltas alrededor del tanque de suministro de agua, un sediento en medio de la nada. En algún punto el virus rey, la cuarentena, el aislamiento, dan esa idea de que somos nimios, frágiles, vulnerables; la mismísima materia reducida a la nada.

Es curioso como un cilindro blanco atenta contra nuestra cordura al momento de dejarlo.

Quizá se parece a la vida cuando queremos aferrarnos al último hálito. Hay poca cordura en la muerte de los sentimientos, en la muerte del tiempo, de los hechos y los humanos. Para algo vinimos a esta partida de ajedrez y eso de no saber el porqué de irse, ni cómo ni cuándo, tiene un alto grado de síndrome de abstinencia. La abstinencia a la vida no está prevista a diario, aunque lo sabemos, lo negamos.

Durante un tiempo hice como que no lo veía a Juan dando vueltas como un trompo, pero fui una fumadora por años y entendía el deseo que lo alienaba. No supe bien si desandar los pasos o hacer de cuenta que los nudos de la mente me tenían atada. Quedarse solo en medio de la locura no es bueno para nadie. Se necesita algo extraordinario para cambiar el curso de las cosas y sucedió. El gato que conservo desde la niñez me saludó con su blanca garra. Trae suerte mi gato, así que entendí el mensaje y a pesar de la lluvia y los relámpagos, fui a la terraza con un cigarrillo que había guardado por más de diez años. Lo guardé para recordar que mi mente era más poderosa que el cilindro blanco.

Subí, y allí estaba Juan, empapado, dando vueltas como siempre, en redondo, como siempre alienado, como siempre angustiado. Sin decir palabra, temblorosa, saqué el cigarrillo del bolsillo de mi impermeable y se lo extendí. Él me miró primero con dulzura, luego, con rabia.

“No tengo fuego” me dijo. La estupidez de los que ya no fumamos, no lo había pensado. Y fue un instante de ceguera, un estruendo y el fuego llorando su desgracia de ser tan grande cayendo a plomo sobre el cuerpo de Juan. Un rayo lo dejó patitieso y yo quedé inmovilizada hasta que los vecinos nos asistieron. Corrí hacia la chimenea donde se posa mi gato japonés, el blanco, el que trae suerte, el de la leyenda y llorando le pregunté cuál fue la suerte de subir a la terraza, cuál fue la suerte de Juan al morir por un rayo. El típico gato me saludó con ese gesto habitual de tic nervioso que hace con su garra y me dedicó por enésima vez su sonrisa de porcelana.

Ahora que lo pienso se necesita una gran dosis de fortuna para morir en el fuego del deseo. Me sigo preguntando cómo es que cierran los ojos las cosas cuerdas de la vida, ante el descaro de la locura que se ve cada tanto. No obstante, seguiré mirando al gato blanco con cierto grado de fe, las palabras son mi fuego sagrado y no estaría nada mal dejarse ir en brazos de la palabra, claro que para renacer como corresponde a un cuento bien finalizado.

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