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The Social Dilemma – Megan Is Missing
En Dos Películas los Peligros de ese Monstruo Llamado “Internet”
The Social Dilemma – Megan Is Missing

Durante los primeros meses de la cuarentena la plataforma Tik-Tok popularizó una película casi desconocida, llamada Megan Está Perdida. El challenge bajo el título #meganismissing —derivado del título en inglés del film— alentaba a los usuarios, en su mayoría pre-adolescentes y adolescentes, a filmar sus reacciones mirando la cinta. Más de 100 millones de réplicas tuvo esta tendencia, un hito en las redes sociales, disparando la popularidad de esa pequeña obra de terror independiente.

Dirigida y escrita por Michael Goi, y basada en algunos casos reales de jóvenes desaparecidas tras conocer extraños en Internet, Megan está perdida cuenta como dos chicas, Megan y Amy, terminan secuestradas y asesinadas por un criminal que conocen en una sala de chat. Los primeros sesenta minutos de la película se encargan de retratar la vida de ambas, que más que personajes son meros estereotipos pésimamente actuados. Megan sufrió abusos de pequeña, es promiscua y es la que conoce a Josh, el futuro asesino. Amy es la típica niña virginal de las películas de terror, aniñada, y tiene como amiga solamente a Megan. La narrativa se construye en base a supuestas filmaciones encontradas, el famoso sub-género found footage (como Rec, Blair Witch Proyect o Rec), pese a que no tienen ningún sentido que haya grabaciones de las videollamadas entre los adolescentes. Acá vemos como las muchachas hablan principalmente de fugarse juntas y sobre su incipiente vida sexual, con incómodas escenas, por ejemplo una en la que Megan cuenta con lujo de detalles como le practicó sexo oral a un hombre… cuando tenía diez años solamente. El resto del metraje se concentra en actividades mundanas de las adolescentes, yendo a fiestas, hablando de su vida diaria, de los planes que tienen a futuro, hasta que Megan desaparece sin dejar rastros.

La película no da un salto vertiginoso, sino que pasa más minutos mostrando clips de noticieros que hablan sobre la búsqueda policial, y el calvario que sobrelleva Amy ante la falta de su única amiga. El director intenta generar empatía antes de que algo malo le suceda. Los últimos veinte minutos de la trama son un tedioso retrato de las torturas que sufre la chica, la violación (que por suerte sucede fuera de plano) y unos siete u ocho minutos de un hombre cavando un pozo para enterrar un barril en donde Amy, junto al cadáver de su amiga, terminará enterrada.

Quienes no hayan visto la película se preguntarán porqué un film tan tedioso, de factura casi amateur, con actuaciones acartonadas y temáticas clichés para el transitado género de terror, causó tanto revuelo en las redes.

La respuesta radica en dos fotografías que se muestran durante el film, en donde vemos a Megan torturada. El director, a casi diez años del estreno de su película, (que pasó sin pena ni gloria allá por el 2011) aprovechó toda la publicidad gratuita para “advertirle” a los potenciales espectadores que, si llegaban al punto del metraje en donde una placa anunciaba que iban a mostrar las dos infames fotos, tenían cuatro segundos para apagar la televisión y evitarse el trauma. Los usuarios de redes sociales exageraron a niveles insospechados la capacidad de impacto de estas dos imagenes, que incluso dentro del contexto de la historia no aportan mucho a la historia. Hay, casi al final, unos segundos con una imagen mucho más impactante de la que nadie habla.

Los fanáticos del género de terror encontrarán poco material que asuste en los noventa minutos de metraje. Los que ponderan el “mensaje” de Megan is missing como valioso, ya que “advierte” sobre los peligros de conocer extraños (ya sea online o en la vida real) se olvidan que los noticieros y los canales de televisión que tratan casos policiales las 24 horas del día tienen programas enteros dedicados a esta temática, e incluso en las recreaciones dramáticas de estos shows podemos ver mejores actuaciones que en esta cinta.

Y si desean ver un film que muestra con crudeza e impacto, pero también con criterio estético y coherencia narrativa, por qué no hay que confiar en personas ajenas a nuestro entorno, les recomiendo ver La Última Casa a la Izquierda, la original de 1972, dirigida por el legendario Wes Craven. Este film, que el año que viene cumple cincuenta años, es un clásico del horror, fue controversial en su momento, y no tiene reparo alguno en mostrar la peor cara del ser humano. Incluso la crítica, rara vez amable con este tipo de géneros, encontró valor en este film. Rogert Ebert, el crítico de cine más reconocido de la historia (para que se den una idea, fue el único en su especialidad en ganar un premio Pulitzer) le dio a esta película tres estrellas y media, altísimo en su sistema de ranking personal.

Para mostrar la peor cara de Internet y las redes sociales, Netflix lanzó el año pasado el documental The Social Dilemma, y este film sí que deja pensando y, sobre todo, da miedo.

Dirigida por Jeff Orlowski, esta película se concentra en el impacto de las redes sociales e Internet en la vida cotidiana de la gente. Cuenta con los testimonios de personas que trabajaron para distintas plataformas como Instagram, Facebook, Google, Pinterest, Twitter, Uber, así como psicólogos, economistas y expertos en análisis informático. La premisa del documental se concentra en como Internet ha creado un modelo económico voraz en la que el usuario se convirtió en el producto, sin que se dé cuenta, y es víctima de la manipulación constante en pos de un click en una publicidad paga por las empresas.

Es el gradual, imperceptible cambio en nuestro comportamiento y percepción lo que es el producto”, afirma Jaron Lanier, un experto en realidad virtual, emprendedor digital, cineasta y músico, que escribió —entre otros libros— Diez razones para borrar tus cuentas en redes sociales. Esta definición es una ampliación del popular concepto “si no pagas por el producto, entonces sos el producto.”

Otro de los actores principales en esta narrativa es Tristan Harris, quien desempeñó roles claves en Google, en donde estuvo en el equipo encargado de diseñar Gmail, y ahí comenzó a desarrollar su activismo en pos de una Internet más enfocada en el humano y no en el negocio. Cuando Harris se dio cuenta que la herramienta de comunicación que habían creado se estaba volviendo cada vez más adictiva, formó parte del departamento de ética de la empresa, antes de abandonar su puesto para fundar el Centro para la tecnología humana. “Cada vez que miras el celular estás tentado a ver si hay algo para vos. No es por accidente que sucede, está diseñado así”, afirma Harris, apuntando a la naturaleza adictiva de las redes sociales.

Esta adicción tiene consecuencias reales bastante oscuras. Desde la irrupción de distintas plataformas digitales sociales, muchos especialistas encontraron una sub-categoría dentro del trastorno dismórfico corporal, a la cual bautizaron Dismorfia de Snapchat. Psicólogos y cirujanos plásticos notaron un incremento en las consultas de niños y adolescentes que desean cambiar su imagen porque, al verse en el espejo, no consiguen satisfacer un ideal de belleza predeterminado. Aducen que los filtros fotográficos que generan cambios inmediatos en las fotografías, sumado a la constante exposición a cánones de belleza hegemónicos y el ciberbullying que no para de crecer, llevan a una distorsión en la propia percepción del cuerpo.

Otra de las estadísticas que expone el documental es el incremento de las tazas de depresión en la niñez y adolescencia, junto con la suba desorbitante de los suicidios en el mismo grupo etario. Los números se disparan entre el 2010 y 2011, años en los que empezaron a surgir las redes sociales. Chamath Palihapitiya, uno de los primeros ejecutivos de Facebook, es contundente en sus definiciones: “es una popularidad falsa y frágil”, y que la constante necesidad de aprobación, traducida en la era digital mediante “likes”, “pulgares arriba” o cantidad de vistas en un video, que producen dosis de dopamina (llamada la “hormona de placer”) cuya efecto dura cada vez menos y alimenta la adicción a este reconocimiento virtual permanente.

La película se intercala con una historia de ficción, centrada en una familia adicta a los dispositivos móviles y a las redes sociales. El joven protagonista se ve asediado por “el algoritmo”, representado por tres personajes que habitan un mundo paralelo digital. La misión del “algoritmo” es crear un muñeco vudú virtual para manipular al muchacho real, con el fin de dirigir la atención al celular la mayor cantidad de tiempo posible, para vender publicidad al mejor postor. Estos segmentos tienen como fin ilustrar de forma más didáctica los postulados que los expertos van exponiendo, pero la visión del director apuesta a contar una historia en donde la “heroína” es la única que no utiliza celular o redes sociales, llevando a un extremo el mensaje sobre todo lo malo que ofrece el mundo digital, que parece un demonio invisible carente de cualquier signo de virtud.

Los expertos informáticos entrevistados tienen una visión bastante negra sobre el futuro de la sociedad y el rol de las redes sociales, pero no dejan de resaltar que Internet es una herramienta capaz de lograr cosas buenas, y que las intenciones de los diseñadores nunca fue mala. Por ejemplo, Justin Rosenstein, quien diseñó el famoso botón “me gusta” de Facebook, jamás imaginó que ese inocente “pulgar arriba” podría llegar a deprimir a la gente, o utilizarse como un instrumento para herir o lastimar a alguien. Rosenstein propone que la tecnología esté, aunque sea de forma conceptual, en manos de la gente y no de corporaciones que diseñan algoritmos cuya única finalidad es refinar su funcionamiento interno para llevar tráfico de usuarios hacia las publicidades.

The Social Dilemma expone muy bien las encrucijadas de las redes sociales, como propone el título. Sin embargo es cierto que deja de lado los cientos de ejemplos en los cuales Internet sirvió como herramienta para generar cambios positivos. Desde campañas de donación para víctimas de desastres naturales, la rápida difusión de noticias que ayudaron a resolver casos policiales, o el contacto directo entre artistas y su público, por poner algunos ejemplos, no se ven reflejadas en el documental. El director decide enfocar casi todo el metraje en como las empresas de Silicon Valley (y similares) crearon monstruos digitales que poco a poco rompen la tela de la realidad, y modifican la forma que tenemos de percibir el mundo que nos rodea. Uno de los postulados más alarmantes se centra en el auge de las “fake news”, y sobre como a los usuarios se nos muestra contenido en base a nuestros gustos. “Perdemos objetividad porque nos alimentan con información diseñada para satisfacer nuestra persona, quitando la posibilidad de asimilar otro punto de vista”.

La polarización radicalizada de las ideas, que se ve cada vez más en los ámbitos políticos y activistas, tiene su origen en el uso de las redes sociales, según lo que indican los propios creadores de las redes sociales.

A lo largo del documental todos los expertos proponen soluciones o cambios de hábitos para devolverle a los “usuarios” cierto poder sobre su vida, tener un poco más de control. Pero el panorama que pintan acá no es para nada alentador.

The Social Dilemma está disponible en Netflix, y es una película que, más allá de coincidir o no con los testimonios presentados, tiene la capacidad de generar preguntas y forjar un debate sano sobre el rol de las redes sociales, los medios de comunicación digitales y cómo nos relacionamos con estos entornos virtuales. En una época de cambios tan vertiginosos como los que vivimos en el siglo XXI, poder escrutar estas tecnologías que ya damos por sentadas y forman parte de la vida diaria es un sano ejercicio de reflexión.

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