Al Pie de la Letra
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Corbatas Azules
Relato de Pablo Diringuer
Corbatas Azules

La noticia decía: «Joven detenido por la policía, se terminó ahorcando en la celda»… Título repetitivo en las portadas de los diarios sensacionalistas como «Crónica», por ejemplo. En los otros medios, muy esporádicamente, hubiesen atrevido esas letras chorreantes de tinta en sus portadas; en una de esas contadas veces, otro diario de tirada masiva y de características «más serias», lo impuso como una posibilidad de tema generalizado y masivo en su portada.

La noticia tenía que ver con un empleado de oficina de unos… veintipico de años -tal vez menos de treinta- que en una aparente discusión posterior a un accidente de tránsito, terminó en una ignota comisaría de un barrio del interior de una provincia argentina en calidad de «detenido por resistencia a la autoridad».

Juan G. -el individuo en cuestión- realizaba su cotidiano trayecto desde su domicilio hasta su trabajo en ese pueblo de no más de 50.000 habitantes en su propio vehículo, un viejo Fiat Siena de color blanco cuyo titular era la misma persona que lo conducía. Al llegar a la intersección de dos principales avenidas céntricas de ese pueblo, y con semáforo verde que le permitía su paso, una ligera sirena de un vehículo que circulaba por la transversal, alteraba el normal tránsito durante esa mañana despejada de nubes y temperaturas más que agradables. Juan G. venía con su auto a velocidades normales y con su radio puesta a un nivel tal vez algo excedido en su volumen; según propias declaraciones, justo estaban pasando por el aparato un tema musical de rock más que agradable a sus oídos: «Black dog» -perro negro- de la banda de rock británica, Led Zeppellin. El nivel del sonido -según pericias judiciales- era de casi el 70%, motivo por el cual, Juan G. no pudo advertir esa sirena del otro vehículo en cuestión, esto era, un patrullero que circulaba a toda velocidad por el aviso de un probable atraco a un banco en ese mismo poblado en el cual, el mismo era por demás millonario en lo que respectaba a los números del dinero sustraído.

El Fiat de Juan G. siguió de manera normal luego del verde de su semáforo, estaba a escasos 10 minutos de la entrada en ese banco que lo tenía como empleado hacía algo más de tres años; en ese tema musical, justo cuando el sonido de la guitarra exaltaba un solo de varios minutos, el patrullero que se dirigía a toda velocidad por la intersección de la otra avenida, pegó de lleno con al auto que conducía Juan G.

El resultado fue catastrófico, la trompa del Siena quedó casi partida a unos treinta metros de distancia del hecho; por otra parte, el auto policial, terminó en su parte delantera, totalmente amuchado, como estrujado que semejaba casi carecer de motor, siendo el mismo un auto importado norteamericano de seis cilindros. A raíz del hecho, uno de los policías a bordo del mismo, falleció; el otro -quien era el que comandaba el mismo- resultó ileso, solamente con algunos golpes producto del impacto. Juan G. todavía dentro de su propio vehículo, yacía casi inconsciente dentro del habitáculo y tuvieron que sacarlo del mismo con ayuda de los bomberos que prácticamente serrucharon las puertas para extraerlo del interior.

Sirenas del patrullero, primero; sirenas de la ambulancia, después; sirenas de los bomberos, finalmente.

Juan G. terminó minutos después en el hospital de la zona con una manguerita plástica enchufada -aguja mediante- en uno de sus brazos y una pequeña pantalla que titilaba en imágenes de lucecitas que emitían también sonidos de subes y bajas latentes de corazones. Tras la puerta de la habitación, dos policías custodiaban la decisión final del juez interviniente en la causa por accidente de tránsito en la vía pública. No bien hubieron transcurrido 24 horas del suceso, y ya con la salud restablecida de Juan G. el mismo fue trasladado por orden del Sr. Juez a la comisaría, donde tras prestar declaración decidiría sobre los pasos a seguir. Juan G. todavía se hallaba con las mismas ropas del día anterior y su clásica vestimenta de bancario comenzaba a mostrar indicios de los momentos transpirados de tensión; su camisa blanca, bordeaba en su cuello cierta marca grisácea; su saco beige oscuro, mostraba alguna diminuta gota sanguínea del accidente, amén de, contadas arrugas en la improvisación de los hechos y actitudes al respecto; el pantalón tenía un pequeño desgarro en una de sus rodillas, aunque sin la menor consecuencia en cuanto a la pierna que consideraba; finalmente, la corbata azul, intacta y sin ningún deterioro cumplimentaba el uniforme cotidiano de oficinista, sólo que, en esta oportunidad, la oficina bancaria hubo de trocar por un pequeño habitáculo enrejado dentro de esa comisaría zonal del pueblo.

El tecleado del  primer Oficial de guardia acumulaba los dichos de Juan G. dentro de la desvencijada computadora que a su vez serían fagocitados y enviados hacia las redes judiciales quienes decidirían en contados minutos sobre la suerte del individuo en cuestión.

A determinada hora y con su rutina en ciernes, el cotidiano cambio de guardia, y el consecuente reemplazo de funcionarios policiales; el siguiente sub-comisario de turno cuya función comenzaba casi alrededor del mediodía, al momento de ingresar mandó a buscar por uno de sus subalternos el almuerzo al bar de la esquina, que «donaba» el mismo a cambio de cierta protección antidelictiva brindada por la misma comisaría. El almuerzo indicado por el funcionario policial ese día fue de una gran hamburguesa completa cuyas papasfritas destilaban óleos mezclados con jugosos líquidos devenidos de tomates o vaya a saber uno de qué transpiración destilada, la cuestión que en ese primer mordisco -o tal vez el segundo o el tercero- un excesivo goteo grasoso -como una canilla con su cuero gastado- terminó depositando ese contenido sobrante sobre la corbata azul del uniformado comisario subrogante. El funcionario se fastidió consigo mismo y mientras su panza se ensanchaba un poco más de su anterior estado, la corbata que semejaba ser un diminuto camino sobre su montaña estomacal, delataba gotas de grasa bien marcadas tras ese escritorio del despacho contiguo a la sala de espera; para peor, en pocos minutos debería recibir la visita planificada de un importante funcionario municipal con rango ministerial en la cual se iba a tratar los futuros pasos a la seguridad del barrio.

Corbata Azul

El subcomisario modificó su ánimo luego de las visibles manchas en su corbata y descargó su ira para con los otros subalternos cercanos a los que levantó en peso so pretexto de cualquier cosa, pero en el fondo, no era más que encontrar respuestas a su desatino inesperado de la imagen que podría dar en su inminente entrevista que se avecinaba con el político en ciernes. Pronto, ese sargento, que le acercaba el café, le encontró la solución óptima, la mejor en vivo y en directo y al toque. La misma resultaba ser, una corbata también azul, impecable, y hasta nueva que «estaba por allí» junto a otros objetos casi olvidados o incautados a gente detenida o demorada según los usuales dichos. La misma era la de Juan G., al que habían obligado a estar en una celda sin su corbata ni cordones ni cintos hasta tanto se expidiera el juez interviniente en la causa que obligaba.

Además de esa molestia que lo inundaba al comisario suplente, también era cierto, que el ambiente en la repartición no era el mejor, la amplia mayoría de los que cumplían funciones estaban mezcla de enojados y acongojados por la muerte de ese compañero policial en el accidente para con el otro involucrado en el mismo quien era Juan G. y entre ellos cuchicheaban o lo decían casi sin tapujos de la bronca que habían comenzado a tenerle a ese pibe “irresponsable”, «banquero» y que, por su desidia, habían perdido a ese gran policía cuya única culpa fue la de brindar su servicio y su vida en aras del bien público y por esta manga de inadaptados al volante debían sufrir semejantes consecuencias.

Bronca y estupor flotaba en la dependencia y hasta un cierto ánimo de venganza que no se cristalizaba oficialmente, pero que el humo del fuego, en algún momento habría de hacerse visible.

El llamado del secretario del juez y el consiguiente e-mail indicaron los próximos pasos a seguir: Juan G. debería seguir detenido pues la muerte del policía había acrecentado las circunstancias; de «homicidio culposo», se había pasado a «homicidio culposo agravado por interferencia de operativo policial». En la seccional le agregaron también a la causa «resistencia a la autoridad».

Después de las primeras veinticuatro horas en el hospital; después de las segundas veinticuatro horas en la celda comisarial, después del último mensaje del juzgado en el cual decía que debía seguir detenido, Juan G. quedó completamente aislado y hasta se le prohibieron visitas familiares ni abogado hasta tanto recibieran nuevas órdenes del juzgado interviniente. Semejante situación exacerbó, aparentemente, la actitud de algunos policías dentro de la dependencia quienes comenzaron a hostigarlo y a negarle algún tipo de ayuda dentro de la celda; lo que su familia le enviaba, apenas le llegaba una parte, lo demás «se perdía en el camino» o en el buche de algún malhumorado de uniforme. Los más rencorosos le ensuciaban la comida o le ponían hormigas o directamente se la salivaban para luego, dársela tras las rejas a Juan G. que con el poco apetito que tenía la ingería como podía.

Así fue durante seis días, hasta que a punto de cumplir otras veinticuatro horas, el juzgado decretó la libertad condicional. El aviso nunca se supo si llegó a tiempo o -por el contrario- a destiempo, los hechos consumados, tal vez digan que fue esto último, Juan G. fue hallado dentro de su celda ahorcado con una corbata, la misma… según informantes del servicio foráneo tenía grandes manchas de grasa que sobresalían notoriamente dentro del color azul de la misma.

Por Pablo Diringuer

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