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Piercing
Con los Años Aprendí que el Viejo Escando Estaba Confundido
Piercing

Cuando tenía 7 años estaba jugando con mi sobrino en la cama de mi vieja, el me empujo en tono de chascarrillo y me la di contra la cómoda de la pieza, parecía una boludez, pero no, me había pegado un corte gigante por detrás de la oreja que parecía que se me iba a salir, fuimos al hospital, sufrí como un condenado (la anestesia no toma en la zona del cartílago) y me cocieron toda la parte de atrás del oído con ocho puntos, me dejaron una venda enorme que me cubría toda la zona de la oreja y se veía ridícula; al otro día estaba en la cuadra y todo el mundo me preguntaba que me había pasado, en eso “el viejo Escando” (así le decíamos, por mal llevado y cara de perro) me dice “ahora te vas a hacer el agujero como el putito de Maradona”; era el mundial de Italia 90 y Diego se había hecho un arete en su oreja izquierda, algo que revolucionó a todos y puso a la prensa como locos, siendo que no era algo normal ni tampoco bien visto y muchos más para un ídolo de grandes y chicos, en donde todavía no se había devastado como le sucedió años después.

Esa frase “hacerse un arete era de putito” quedó grabada en mi cabeza por un tiempo, pero no le daba tanta pelota, me encantaban los aros en la oreja tanto como me gustaban los tatuajes, sin embargo el miedo y el “qué dirán” predominaba en mis prejuicios; con los años aprendí que el viejo Escando estaba confundido, cualquiera podía hacerse un aro y no por eso tenía que tener una orientación sexual definida y la vez en esa época existía una regla, si el aro se hacía en la oreja izquierda quería decir que eras heterosexual, si te lo hacías en la derecha era por que eras gay, una pauta pelotuda que por suerte y apertura de mente, fue desapareciendo.

Tenía 17 años, un amigo me había conseguido un abridor (el arete que sirve para perforar y tiene que tener una aleación que no provoque alergia en infecciones en el proceso de curación), ya había hablado con mi hermana (20 años mayor que yo y que tenía varias perforaciones en ambas orejas), lo íbamos a hacer un sábado a la mañana, mientras mi vieja no estaba en casa y así fue, me puso un pedacito de hielo para que no se sienta dolor, luego lo saco y le dio a la perforación, paso la primera capa, paso la segunda y listo, ahí quedó mi primer “piercing” por así decirlo, a mi vieja no le gusto al principio, pero al poco tiempo lo aceptó, fue lo único que dejo hacerme; después de unas semanas al quedar curado, me lo cambié por uno con forma de calavera que compré en una feria.

Cuando llegué a Capital, a los pocos meses y después de haber conseguido un laburo estable me hice 3 piercings más en la galería Recamier, una argolla en la ceja, un pincho en el mentón y una bolita en la lengua, el que más molesto fue el de la lengua, por la hinchazón y los cuidados posteriores a la perforación, pero no fue más que andar con un cepillo de dientes y un enjuague bucal en la mochila, más la solución fisiológica para la limpieza de los otros dos, que a los dos días solo fue uno, siendo que el del mentón se perdió en una noche de jolgorio y jamás me lo volví a hacer; fue para fines del año 2003, muchos se lo hacían y era un negocio y una moda en alza, sin embargo para algunos seguía siendo grotesco y hasta impactante, al igual que el tatuaje, las perforaciones en cualquier parte del cuerpo y más las que se dejan ver, seguían siendo cosa de delincuentes, vagos, rockeros y parias, un estigma más que insultaba a la moral y las buenas costumbres de una sociedad que no acepta los gustos de la gente.

Hoy en día solo conservo el piercing de la lengua, siendo que los otros no eran convenientes conservarlos por el estilo de trabajo que hago, si bien la sociedad se volvió más abierta en muchos aspectos, en algunos ámbitos sigue siendo chocantes los aretes y las perforaciones, no es tampoco que uno se deja llevar por la corriente, sino que también acepta y respeta ciertas normas del lugar donde trabaja; vemos que el piercing al igual que el tattoo (como ya remarqué arriba) están instaurados como un atractivo y decoración más de nuestra sociedad, que ya no solo es parte de los “reventados” de siempre, sino algo que se ve en todos lados, pero que sigue teniendo su rechazo en ciertos ámbitos laborales y más cuando se trata del público masculino, siendo que en la imposición tradicional es “normal” que una mujer lleve aros en las orejas y por lo tanto tampoco choca si lleva alguno en su nariz, ceja y/o mentón.

Para finalizar podemos ver que los “aretes” siguen cumpliendo esa función de desarraigo social y un embate contra lo impuesto, una especie de oposición a esa moda en la que belleza y poder van de la mano, siguiendo un mismo curso y todo lo que lo salga de ese estándar, se tiene que ver mal y por lo tanto apartado u ocultado; quizás sea el momento de vernos mal para el resto, pero vernos bien para nosotros mismos, sin importar que piensen los demás, quizás el piercing es esa delgada línea milimétrica de acero quirúrgico que separa lo que uno ama para sí mismo y no lo que los demás quieren ajustar sobre nosotros.

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