Testimonio, Conciencia y Reflexión
La sexualidad madura no es un capricho, sino un derecho emocional y físico. La ternura como erotismo. En la tercera edad, el erotismo se reviste de ternura. Ya no se trata de la pasión que devora, sino de la que acompaña. Milan Kundera escribió: “La ternura es el miedo de herir al otro”.
Por Ada Noemí Zagaglia
El Deseo que No Envejece: El Sexo en la Tercera Edad
El sexo en la tercera edad no es una nostalgia del pasado, sino una afirmación del presente. Es la prueba de que el deseo no tiene fecha de caducidad, porque pertenece al alma tanto como al cuerpo.

Por Ada Noemí Zagaglia
La Piel que Recuerda
El cuerpo envejece, pero el deseo no caduca. En la madurez, el erotismo se transforma, se vuelve más lento, más consciente, más profundo. Simone de Beauvoir escribió en La vejez (1970): “El cuerpo no es una cosa, es una situación: es nuestra comprensión del mundo y el boceto de nuestro proyecto”. En la tercera edad, ese cuerpo-situación se convierte en un territorio de memoria y ternura, donde el placer ya no busca la conquista, sino la comunión. La piel, aunque marcada por el tiempo, conserva la capacidad de estremecerse. La caricia se vuelve lenguaje, y el silencio, complicidad. El erotismo, lejos de extinguirse, se depura: deja de ser urgencia para convertirse en arte.
El Mito del Ocaso
Durante siglos, la cultura occidental ha asociado la vejez con la pérdida del deseo. “El amor es para los jóvenes”, repite el imaginario colectivo. Sin embargo, la ciencia y la experiencia desmienten esa sentencia.
El gerontólogo Robert Butler, pionero en el estudio del envejecimiento, afirmaba: “El deseo sexual no desaparece con la edad; lo que cambia es la forma de expresarlo”. La sexualidad en la tercera edad no es una anomalía, sino una continuidad vital. Estudios de la Universidad de Chicago (2017) revelan que más del 60% de las personas mayores de 65 años mantienen una vida sexual activa y satisfactoria. El deseo, lejos de extinguirse, se adapta: encuentra nuevos ritmos, nuevos gestos, nuevas formas de ternura.
El Cuerpo Como Memoria
El erotismo maduro es también un acto de memoria. Cada encuentro es una conversación con el pasado, una evocación de lo vivido y lo aprendido. Octavio Paz, en La llama doble (1993), escribió: “El erotismo es una metáfora de la vida”. En la vejez, esa metáfora se vuelve más transparente: el cuerpo ya no busca probar su vigor, sino celebrar su permanencia. El sexo en la tercera edad no es una negación del tiempo, sino una afirmación de la vida. Es el reconocimiento de que el deseo no pertenece a la juventud, sino a la condición humana.

La Revolución Silenciosa
Hablar de sexualidad en la vejez es romper un tabú. Durante décadas, la medicina y la moral redujeron el deseo a una función biológica o a un pecado. Hoy, sin embargo, la conversación se abre con respeto y naturalidad. La psicóloga Helen Fisher sostiene que “el amor romántico es una de las emociones humanas más persistentes; no desaparece con la edad, solo cambia de forma”. En los hogares, en las residencias, en los espacios íntimos, se está gestando una revolución silenciosa: la de los cuerpos que se reconocen dignos de placer, incluso después de los setenta. La sexualidad madura no es un capricho, sino un derecho emocional y físico. La ternura como erotismo En la tercera edad, el erotismo se reviste de ternura. Ya no se trata de la pasión que devora, sino de la que acompaña. Milan Kundera escribió: “La ternura es el miedo de herir al otro”. En la madurez, esa ternura se convierte en el centro del encuentro amoroso: el deseo se expresa en la mirada, en la palabra, en el gesto que cuida. El sexo deja de ser una demostración de poder para convertirse en un acto de gratitud. Es el reconocimiento mutuo de dos cuerpos que, a pesar del tiempo, siguen eligiéndose.
Epílogo: La Eternidad del Deseo
El sexo en la tercera edad no es una nostalgia del pasado, sino una afirmación del presente. Es la prueba de que el deseo no tiene fecha de caducidad, porque pertenece al alma tanto como al cuerpo. Como escribió Marguerite Duras: “El amor no envejece, envejecen los cuerpos. Pero el alma, cuando ama, no tiene edad”.
En esa verdad se resume la belleza del erotismo maduro: la certeza de que, mientras haya deseo, hay vida.
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