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Julián Centeya: cuore griyo
El Trabajador de la Emoción
Julián Centeya: cuore  griyo

El salón se estaba poblando de a poco, los presentes sentados solos o en grupos intercambiaban miradas como si estuviesen estudiando  al  o a la futura pareja. La música que sonaba era la que se utilizaría toda la noche como cortina para que los y las bailarines descansen y puedan elegir nueva pareja o por qué no la misma.

De pronto el primer tango se asoma a manera de invitación dando por iniciada formalmente una nueva cita, y los acordes acompañan un recitado que nos habla de un tal café Dominguez como símbolo o como excusa para describir una lejana época. La orquesta de Angel  D´agostino, dándole una pausa al otro Angel, incitaba a internarse en sus compases  irresistibles, teniendo como invitado especial a un personaje también referente de aquella época, un arquetipo que quizás muchos de los jóvenes presentes que habían llegado al tango maravillados por los dibujos que es capaz de generar esa danza, no tenían demasiado conocimiento, salvo por ahí el nombre, hasta que fueron atrapados por la curiosidad.

Café Domínguez de la vieja calle Corrientes
que ya no queda
café del cuarteto bravo de Graciano de Leone
a tus mesas caían Pirincho, Arola, Firpo y Pacho
a escuchar tus tangos era el imán que atraía
como el alcohol atrae a los borrachos
Café Domínguez de la vieja calle Corrientes
Que ya no queda

¿Quién era ese que habla con tono melancólico pero sin golpes bajos? Con voz enfática y casi como de reclamo por la ausencia, pero que señala la diferencia entre lo que ya no queda de lo que ya no existe,  como  presagiando que los fantasmas  van a seguir cayendo  pues la inspiración atrae a los poetas, como el alcohol atrae a los borrachos.

En las aulas y los pasillos del colegio seguramente el nombre de Amleto sonaría extraño, como una cantata en un bailongo, cuando el maestro o profesor le llamaba la atención o cuando lo nombraba para que pase al frente a exponer una lección.  En las calles del barrio de Boedo, cuando su madre requería su presencia para tomar la merienda, quizás se habría comido alguna que otra gastada sobre todo por ser su terminación tan destinada a la rima, pero quizás a fuerza de insistencia terminara por imponer su segundo nombre Enrico y se podía mezclar con Enrique que era más familiar sobre todo por el famoso cantor de ópera.

Vaya uno a saber, tal vez  por eso desde su proyección hacia afuera de sí mismo, en su búsqueda de un lugar que lo expresara fue barajando diferentes pseudónimos como Juan Sin Luna, Enrique Alvarado, Shakespeare García, hasta que en el año 1938 deja plasmado definitivamente su segundo bautismo.

«Me llamo Julián Centeya
por más datos soy cantor
nací en la vieja Pompeya
tuve un amor con Mireya
me llamo Julián Centeya
su seguro servidor.»

A partir de ese momento, en cada lugar que frecuentaba, en cada reunión que concurría el nombre Julián Centeya iba formando definitivamente parte de su identidad como lo definió él mismo “me lo puse y me quedó, me lo creí y lo vivo”. Sólo usó posteriormente el pseudónimo de Enrique Alvarado para firmar su libro de poemas negros: El recuerdo de la enfermería de San Jaime,  publicado en 1941. Esto puede haber tenido un motivo inconsciente, no se enorgullecía mucho de esa publicación como le confesara a su amigo Jorge Koremblit “Es un libro que me salió en contra”.

Nació en 1910, en Italia y llegó a la Argentina doce años después. Fue decisión forzada de su padre, obligado a buscar asilo en nuestro país, en dónde por problemas con el idioma tuvo que dedicarse a la carpintería. Carlos Vergiati era periodista y era anarquista, y había desempeñado su tarea en  el diario Avanti  en su país de origen, una publicación que tuvo como jefe de redacción a Benito Mussolini. La orientación política de don Carlos  era conocida por todos,  motivo por el cual tuvo que emigrar en el año 1922 a la Argentina  momento en el que Mussolini asumiera como presidente del Consejo de Ministros Reales de Italia dando por iniciada su  carrera política hasta convertirse en Duce de la Repúblicas Social Italiana.

Vino en el Conte Rosso, fue un espiro
Tres hijos, la mujer , a más un perro
Como un tungo tenaz la fue de tiro
Todo se aguantó, hasta el destierro
“Mi viejo carpintero era grandote
y un cuore chiquilín, siempre en la vía
su vida no fue más que un despelote
y un poco, claro está, por culpa mía”

Él había decidido ser parte y  dar testimonio de la época  y al igual que su padre emprendió el oficio de  periodista. Su carrera  fue  prolífica y la desarrolló en diferentes medios, empezando por el diario Crítica, para luego pasar por El Mundo, Noticias Gráficas el diario Clarín como secretario de redacción, canal 11 como responsable de los noticieros y director periodístico de la agencia Telam.

La descripción  del ambiente de Buenos Aires a lo largo de su vida, de cada época que vivió, certifican esa vocación. La vida nocturna de los cafés y cabarets,  que eran lugares de encuentro de los actores, autores y músicos hacedores de la actividad cultural, las repasaba minuciosamente y enfáticamente a la vez que  señalaba los pequeños cambios que se iban produciendo hasta convertirse en una ciudad para él desconocida.

Su paso por Crítica fue moldeando su espíritu bohemio y su necesidad de explorar cada acontecimiento en carne propia. En el ejercicio de la profesión y su incursión literaria conoció a Cátulo Castillo, Enrique Cadícamo, José Angel Firpo, José Razzano,  Enrique Santos  Discépolo , Enrique y Raul Gonzalez Tuñón entre otros, todos ellos compañeros  en distintos momentos de recorrida por las noches porteñas, alternando entre poesía, visiones apocalípticamente discepolianas, desoladoras visiones revolucionarias, todo esto regado por el buen vino y la admiración mutuas.

Con todos ellos tuvo anécdotas,  los conoció en su esencia, los describió incluyéndoles  la vulnerabilidad y la grandeza, reconoció el talento de cada uno y lo enalteció en detrimento del propio, porque  sobre todo era un cultor de la amistad, de los encuentros que alimentaban su vida, y lo plasmó oralmente  en cuanto se le presentaba  la oportunidad de transmitirlo. Esta anécdota que vivió con Discépolo,  lo muestra en su esencia, la de ser honesto consigo mismo, con su manera de mirar y sentir la vida.

“En una de las visitas que solía hacerle a su chalet de la Lucila me ofreció escribir un tango juntos, comenzó a tocar con un solo dedo, me dijo agarrá lápiz y papel y escribí la primera frase y yo salí en puntas de pie, me disparé. Al otro día lo llamé y me dijo de todo, me insultó. Pero yo no podía, la letra la hubiera hecho él solo y yo hubiera firmado Discépolo-Centeya”

A cada uno de sus admirados amigos les ofrendó un mensaje poético como una caricia testimonial a sus pasos por la vida, como lo hizo con Homero su paradigma en la poesía.

Homero Manzi ausencia, Homero Manzi no.
Otra vida es tu vida, yo sé bien no te has ido.
Concurro con mi verso, te repito que yo
Me cito con tu sombra en el barrio querido,
Aquel del alto cielo que hemos compartido
Y que de pronto un día se nos hizo canción

Y en esas evocaciones, la entrañable figura de Anibal Troilo, por él bautizado “Bandoneón mayor de Buenos Aires”

“Estás en el dolor impar del amasijo
que refundió tu cuore en alba y luna.
En tus manos el fueye es una cuna
y en ella desvelao te mira un hijo.

Estás en el misterio profundo de la cosa,
cerrás los ojos para ver por dentro.

No sé con qué carajo hacés la rosa/
del barro inaugural que vino al centro.

Me verdugueás, ¿sabés?, lleno de asombro
cuando te escucho con la luna al hombro
traer del tango elemental el eco
con luz de pucho y copa levantada
en el boliche aquel de la cortada
tan cordial y tan nuestro como el queco”.

Si bien no se puede decir que el anarquismo sea hereditario,  algo de su padre se le había encarnado  en una suerte de anarquismo bohemio, que lo hacía a no apegarse a disciplinas, reglamentos, protocolos etc. , razones que, según  José Gobello, por las que nunca quiso ser miembro de la Academia Argentina del Lunfardo.  Quizás también fue el motivo por el que fuera expulsado del colegio cuando cursaba su tercer año, que algunos atribuyen a su mala conducta y otros al exceso de inasistencias.

Nunca expresó su inclinación política como simpatizante de algún partido, aunque siempre supo el lugar donde no debía estar. Tuvo algunas incursiones buscando una posición más “activa” en la realidad  que se estaba construyendo después de la llamada década infame, pero terminó predominando su actitud escéptica.  Cuenta Koremblit “ un dia de agosto de1944 me hizo una invitación a un acto contra el imperialismo. Me dijo que hay un milico que tiene banca y lo apoya. El acto se hizo él llegó tarde, y tuvo una discusión con la organizadora Blanca  Brum al otro día ofuscado sentenció ¿a quién le ganaron? No van a ninguna parte yo ya me abrí” . El milico en cuestión era Juan Domingo Perón.

Pasado un poco más de diez años, cuando se produce el golpe del 55, estando en la redacción del diario Crítica ante la actitud de un compañero que hasta unas horas antes había  profesado su adhesión “ incondicional” al gobierno y había tenido un evidente vuelco, como se diría “una grotesca panquequeada se le acercó para convidarle un cigarrillo diciéndole “¿fuma agente?”

Amleto Vergioto nació en 1910,y después de varias transmutaciones engendró a  Julián Centeya en 1938   y hasta el último día de existencia fue alimentando el personaje hasta convertirlo en su verdadero ser, fue el escritor que creó el personaje y lo  metió a vivir en la novela de su vida. Aquél que hablaba en forma directa y lo hacía  al revés al mismo tiempo, que no le quedó ni el mínimo vestigio del acento que trajo del viejo continente, un personaje que para certificar su simbiosis porteña aseguraba haber tenido un abuelo criollo que recorría las calles del sur entre inundaciones y paredones, que era chatero y paraba en la fonda del ahorcado.

Mi abuelo se llamaba
Lauro Roque Centeya
Ataba en el corralón de los Irala
En California, cuando era pampa

Un personaje que fundía su identidad entre  las calles de Boedo, jugando a las bolitas y remontando barriletes cuando ser chiquilín se comía algunos años de la adolescencia.

Y acaso cuenten que fui un poeta
Dueño del mundo que  da la esquina
Y que no tuve más berretines
Que los comunes, que fui sencillo,
Hecho a ternuras, solo en la yeca
Con horizontes que me dio el feca
Sin otra cosa que un cuore  griyo.

Un jovial Julián Centeya y Nelly Omar, en 1949

“Para escribir hay que vivirla, si no nos acunamos en el camelo literario”

Esta frase categórica la plasmó en sus poemas y narraciones. Su única novela El vaciadero muestra una realidad que perdura tristemente en la actualidad

La Musa Mistonga

Tangos compuestos por Centeya con diferentes creadores

Claudinette  con Enrique Delfino
La vi llegar y Lluvia de abril con Enrique Francini
Lison  con Ranieri
Más allá de mi rencor con Lucio Demare
Felicita con Hugo del Carril

Julián Centeya, el Vate Lunfardo

Centeya amaba los perros, como su padre que en su emigración no olvidó de traer la mascota familiar como lo describiera en el poema que le dedicó. De grande tuvo uno que se llamaba Chango que en una oportunidad lo mordió,  hecho que él narró así: “Me mordió fulero sabés!! Se juntaron los vecinos… empezaron a gritar…. Que estaba rabioso que tenía que llevarlo al Pasteur ¡¡al Pasteru!! Y yo no lo llevé…cómo iba a meter en cana a mi propio perro.?

Julián Centeya y el Tabaco Negro

En los  momentos de malaria extrema era cuando más correspondencia recibía y en una oportunidad, en medio de una cataratas de intimidaciones con cédulas de desalojo mediante, saca la cama a la vereda de tierra, y clava un cartel con la frase denunciando el maltrato de la sociedad “Acaban de desalojar un poeta”

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