Columna
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La Derecha y la Antipolítica
La Desinformación Organizada es tan Capciosa como Efectiva
La Derecha y la Antipolítica

En todo el mundo occidental las derechas parecen haberse organizado en torno al rechazo a las medidas de cuarentena.

Cuando se acabó con la idea de la globalización como promesa idílica de bienestar supremo, se produjo una progresiva disolución de los bloques políticos, lo que condujo al estallido de sistemas que en casos como España llevaban décadas de prolijo bipartidismo y a al surgimiento de fuerzas de extrema derecha incluso en países que parecían inmunizados, como Alemania y Gran Bretaña.

Los cambios vertiginosos del sistema mediático agudizaron el escenario. Lejos de la etapa de la radio y televisión de masas, cuando tres o cuatro canales y estaciones se disputaban una audiencia amplia, la multiplicación de emisores -radios FM, canales de cable, sitios web, blogs– produjo una fragmentación del público en grupos más pequeños, compactos y separados entre sí, una hipersegmentación que las redes sociales convertirían más tarde en hiperpersonalización.

Las redes son en esencia empresas de publicidad cuya rentabilidad depende de que pasemos dentro de ellas la mayor cantidad de tiempo posible. 

Vemos así como hace un tiempo un sector de la población ha comenzado a responsabilizar por sus problemas a ciertos grupos sociales, étnicos o religiosos, en general vulnerables: pueden ser los migrantes mexicanos, los militantes del PT, los pibes chorros, los receptores de planes sociales o los árabes, lo importante es proyectar sobre ellos la carga de la culpa por lo que sucede, a través de discursos agresivos y discriminatorios que configuran una nueva “política del odio”. 

Movilizar el odio contra un grupo social determinado como política y,  al hacerlo, habilitar al resto de la sociedad a expresar su agresividad sin inhibiciones.

Como en aquella época, este “fascismo democrático”, proyecta sobre ciertos grupos la frustración que le genera una situación de incertidumbre cuyas causas profundas no logra descifrar y, por lo tanto, siente que no lo puede controlar. 

En contraste con el fascismo histórico, se trata de una propuesta profundamente anticomunitaria, que conecta directamente con el individualismo exacerbado de las sociedades contemporáneas.

Quizás el caso más notable reciente de esta capacidad de forzar los discursos hasta hacerles decir lo contrario a lo que planteaban originalmente sea la movilización convocada en España contra la política sanitaria y el uso obligatorio de barbijos, donde se veían carteles con la misma frase de las protestas por la muerte de George Floyd en Estados Unidos: queremos respirar.

No se trata de una vuelta a la Edad Media. Aunque en una mirada superficial puedan parecer arcaicas, se trata de tendencias muy actuales. Por lo pronto, las fuerzas del odio han descubierto mucho antes que las corrientes democráticas las oportunidades que abren las redes sociales y las apps de mensajes para difundir consignas en las que la verdad ha pasado a ser un resabio del pasado, mediante operaciones de “desinformación organizada” tan capciosas como efectivas.

En esa polarización extrema, líderes que se permiten decir cosas que hasta hace unos años hubieran debido reprimir en honor a la corrección política. Pueden operar desde partidos tradicionales a los que obligaron a girar al extremo, como Trump; pueden llegar al poder con su propia fuerza política, como Bolsonaro, o pueden convivir con sectores más moderados, como sucede en Juntos por el Cambio, donde Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto comparten coalición con Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau.

En todos los casos, van creando un contexto en el que todo –una idea, un artista, la validez de un resultado electoral e incluso algo tan neutro como una vacuna– es sometido al juicio inapelable de la posición política previa.

Aunque la Argentina había logrado mantenerse a salvo, el fascismo cobra actualidad en el contexto de un mundo que comienza a recurrir nuevamente a la movilización reaccionaria y en el clima de época instalado por el macrismo, la campaña del voto celeste o el surgimiento o consolidación del nuevo partido Nos, que no han dudado en exaltar las fuerzas de seguridad, defender la antipolítica y recurrir a la estigmatización del otro como estrategia de agitación electoral.

A partir de la segunda posguerra, el fascismo cayó en descrédito y, aunque subsistió en movimientos de derecha en varios países, tendió a convertirse en una expresión marginal. Hoy, sin embargo, se observa un renacimiento de esas estrategias, lo que abre el debate sobre las continuidades y discontinuidades con aquel proyecto histórico de mediados del siglo XX.

A pesar de las diferencias en los países, hay un elemento común innegable: el uso político del odio y el tipo de prácticas implementadas para ello.

Como en el pasado, se construye un enemigo al que se hace responsable de los males del presente y se instiga a la población a combatirlo.

Lo que recuerda a las prácticas fascistas es la convocatoria a proyectar el resentimiento y la frustración en las fracciones menos favorecidas de la población (los desocupados, los inmigrantes, los habitantes de los barrios vulnerados, los negros, los “planeros”).

En ese contexto, las manifestaciones durante la pandemia en la Argentina fueron organizadas en el entrecruzamiento de dos ideologías de derecha articulables. La primera, un liberalismo radicalizado que exige el derecho a enfermar o contagiar como un nuevo agregado a las libertades individuales (movimiento antivacunas). Salir a la calle, encontrarse con amigos, se convierte en el determinante último por sobre cualquier necesidad comunitaria. La segunda ideología es la que denuncia “la mentira de la pandemia”, que se habría creado para imponer la dominación de la “casta política”.

Esa mezcla apareció en los cacerolazos que reclamaban la baja de los salarios políticos. Fascista por su capacidad de articular antipolítica con la reivindicación de la estructura de clases actual.

Si bien ya se insinuaba una corriente en crecimiento hace una década, la pandemia le ofreció al neofascismo un terreno fértil de frustraciones y ansiedades para canalizar a través de la proyección y el uso político del odio.

En ese clima se produjo la asonada de la policía de los últimos días que, pese a los anuncios gubernamentales, aún continúa.

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