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El Conventillo
El Conventillo Vio Nacer al Tango; y Cómo Éste, fue Amado y Despreciado
El Conventillo

Si imaginamos a Buenos Aires como un cuerpo animado por varias almas tutelares, como el tango, el tranvía, el obelisco, el fútbol, el boliche de barrio, no podría faltar en ese inventario celestial el conventillo.

Fue escenario de esa amalgama increíble de sangres y culturas que comienza alrededor de 1870 y se extiende hasta entrado el siglo XX, moldeando buena parte del perfil argentino contemporáneo; particularmente el urbano.

El conventillo vio nacer al tango; y cómo éste, fue amado y despreciado.

Cobijó la inquietud social y política en los tiempos duros en que el anarquismo pisaba fuerte y en los no menos duros años que le sucedieron, cuando las propuestas políticas con raigambre popular, fueron blanco de las furias represivas.

Fue objeto del rechazo de la gente pudiente y de la prensa afín a esos intereses, cargando con todos los prejuicios racistas y xenófobos que décadas más tarde, sufrirían las villas miseria y los asentamientos.

En su seno moraban con la misma naturalidad las pibas fabriqueras y las “milonguitas”, los vectores de la fiebre amarilla y el cólera, junto a la tuberculosis, los obreros gringos y los criollos; o los muchachos apurados que terminaban su corta carrera delictiva bajo las balas policiales en algún modesto asalto fallido. Artistas, militantes políticos, cuenteros, proxenetas y buscavidas de toda categoría, fueron también parte de la fauna conventillera, en convivencia obligada con una masa trabajadora que intentaba salir de la miseria como podía..

El conventillo era como una construcción infinita cuyos límites no podían verse porque estaba desparramado por toda Buenos Aires, parte del Conurbano y aún en el Interior y Montevideo.

Pero cada uno de sus ladrillos y chapas atesoran incontables dolores, alegrías, broncas, amores.

Hoy el conventillo casi no existe como emprendimiento comercial y tiene una baja importancia demográfica.

En el siglo XXI y bajo la denominación que la Reforma Constitucional de 1994 (CABA), concedió a la otrora Reina del Plata, los grandes conglomerados porteños como el Barrio 31, Zavaleta, Ciudad Oculta, 1 – 11 – 14, por citar sólo a los más conocidos, concentran el problema de la vivienda que antes representaban los conventillos.

Pero esas construcciones ya son parte de la mitología porteña y un tema ineludible en la Historia Social y artística de Buenos Aires.

Los Primeros Conventillos
Si bien en Buenos Aires la costumbre de alquilar cuartos se remonta a la época colonial, el conventillo tal cual lo conocemos aparece recién en la segunda mitad del siglo XIX. Su nacimiento está ligado directamente a la inmigración masiva que a partir de la década de 1870 y con ritmo ascendente, llega a nuestro país.

La paulatina inserción de nuestro país en el mercado mundial, el desarrollo ferroviario, las obras públicas y una creciente industria liviana, demandan mucha mano de obra.

Contrariando los deseos de algunos próceres que soñaban con poblar nuestras pampas con nativos de países nórdicos desarrollados, la masa inmigrante proviene de la Europa meridional. En muchos casos, son campesinos y trabajadores de baja calificación profesional, excedente de una industria europea que vive una acelerada concentración y tecnificación.

La mayoría se asienta en Buenos Aires, Rosario y otras ciudades, debido a que salvo casos aislados, no existió una verdadera política de colonización de los espacios vacíos del Interior.

El número de viviendas existentes y el ritmo de construcción no pueden acompañar la marea inmigratoria, transformándose en pocos años en objeto de especulación.

En 1871 se produce en Buenos Aires la epidemia de fiebre amarilla que mata casi 14.000 vecinos.

Más del ocho por ciento de la población porteña. Según un testimonio de la época, en un conventillo de San Telmo se registran 72 muertes en un solo día. Todas por fiebre. La tragedia lleva por primera vez el tema de esas viviendas a los ámbitos de poder político y a la prensa, que se ocupa profusamente. El conventillo de esa época es en general, una vieja casona reciclada. Pero al aumentar la demanda, algunos comerciantes que ven el negocio, invierten en baldíos donde velozmente se levanta una fila de cuartos a ambos lados de un patio central, baños compartidos al fondo y algunos piletones en el patio común. En muchos casos, carecía de cloacas. Una garita de chapa o madera al lado de la pieza, hace las veces de cocina. Básicamente, es la disposición de espacios que llegó a nuestros días.

En una sola pieza solían habitar varios hombres solos o una familia generalmente numerosa. A veces entremezclados, la familia con algún pariente o amigo. Como abundaban los artesanos, las piezas además de vivienda familiar, eran también talleres y depósitos.

El Auge
Se estima que el pico de construcción de conventillos se registró en la década de 1880 (existían unas 2800 unidades) para luego ir declinando mientras aumentaba el número de inquilinos. Es decir, disminuyó el número de viviendas pero aumentó el hacinamiento y la promiscuidad.

Paralelamente surgen los primeros sindicatos y el tango; y el fútbol, asoma como una curiosidad que practicaban los residentes ingleses. El país se organiza bajo el signo económico liberal, con profundos desequilibrios sociales y políticas públicas insuficientes.

El habitante del conventillo suele tener un elemento en común con el obrero agremiado y las ideologías consideradas «subversivas» (anarquismo y socialismo): es extranjero.

Esto mueve a verdaderas campañas de algunos sectores políticos conservadores y medios de prensa, adjudicando al hecho de venir de tal o cual país, una especie de tara congénita causante de la pobreza, las enfermedades y el analfabetismo; inexplicable para ellos en un país que pregonaba la igualdad de posibilidades y desbordaba de riquezas. Esta incomprensión de las consecuencias que generan los ciclos económicos llevó a las clases dirigentes a atrincherarse detrás de una muralla de prejuicios. A reprimir la protesta con extrema dureza (Ley de Residencia de 1902) y a desentenderse de la gravísima problemática social, que iba desde la explotación infantil y ausencia de legislación laboral y convenios colectivos, hasta el drama de la vivienda obrera cuyo principal exponente era el conventillo.

La constante suba de los alquileres y las pésimas condiciones de habitabilidad dieron como resultado que en septiembre de 1907 en el conventillo conocido como «Los cuatro diques» de la calle Ituzaingó 279 y 325 en el límite entre San Telmo y Barracas, nacía el Comité de Huelga de Inquilinos para luchar por una rebaja del 30% en los alquileres, eliminación de los meses de depósito y suspensión de represalias a los huelguistas. El movimiento se propagó rápidamente y en poco tiempo centenares de conventillos de la Capital Federal, Gran Buenos Aires y las principales ciudades del Interior se encontraron en huelga.

Verdaderas batallas campales se libraron en San Telmo, Barracas, La Boca y otros barrios, entre las fuerzas policiales y los vecinos que resistieron los desalojos con ollas de agua caliente, piedras y palos.

El Jefe de la Policía Federal Coronel Ramón Falcón, famoso por su intransigencia y muerto por un atentado anarquista en 1909, encabezó personalmente varios desalojos. Finalmente el movimiento fue perdiendo fuerzas hasta diluirse; pero muchos inquilinatos lograron sus objetivos. Más de 100.000 inquilinos participaron de la medida.

No obstante el éxito parcial de la huelga, en 1912 los alquileres se habían duplicado con relación de 1904.

Consecuencia de la gran demanda y la especulación. Acerca del volumen que alcanzó el fenómeno inmigratorio, nos ilustra el censo de 1914: sobre 1.576.597 habitantes que tiene la ciudad de Buenos Aires, 964.961 son extranjeros.

El comienzo de la Primera Guerra Mundial frenó momentáneamente la llegada de «gringos» y empieza la lenta decadencia del conventillo. El tranvía eléctrico abre nuevos rumbos y la venta de lotes de tierra en cuotas, sobre todo en el Gran Buenos Aires, permite concretar el sueño de la casa propia.

La vocación reparadora del gobierno de Yrigoyen no llega al problema de la vivienda, como tampoco alcanzan las pocas unidades que construyen la Comisión de Casas Baratas y la cooperativa socialista El Hogar Obrero.

La depresión de los años ’30 provoca el surgimiento de las primeras villas miseria, como Villa Desocupación, la actual 31 detrás de Retiro; habitada al principio por hombre solos, esperanzados en conseguir alguna changa en el puerto cercano.

Entre 1946 y 1955 se construyen casi 500.000 viviendas; un récord histórico que acelera la declinación del conventillo, pero no lo hace desaparecer. Un nuevo tipo de inmigrante ahora proveniente del Interior, reemplaza a los «gringos», «turcos» y «gallegos» de las primeras oleadas. En los años posteriores a 1955, la falta de planes masivos y accesibles para comprar vivienda, estabiliza la población de los inquilinatos. Dock Sud, La Boca, San Telmo y Barracas son verdaderos enclaves conventilleros.

En 1978 la dictadura derogó el decreto-ley de 1943 que había congelado los desalojos. La expulsión de los inquilinos permite a muchos propietarios recuperar los conventillos y demolerlos, para aprovechar el alto valor inmobiliario que habían adquirido los terrenos. La desaparición del conventillo no significa una mejora del problema habitacional, como lo prueban las enormes villas que se extienden particularmente en el Conurbano; simplemente dejó de ser rentable para sus dueños. Hoy son pocos los edificios que siguen habitados, aunque en condiciones deplorables. También son pocos los que se salvarán de la piqueta: se trata de aquellos que gracias a subsidios entregados por gobiernos y fundaciones extranjeras a la ciudad de Buenos Aires, fueron reciclados manteniendo las características originales y agregando algunas comodidades.

Otros, incurriendo en una suerte de travestismo arquitectónico, se metamorfosearon en galerías de arte y locales de artesanías, como algunos de la calle Defensa en San Telmo.

La reciente demolición del legendario «Cuatro Diques», es el símbolo del cierre de una etapa decisiva en la Historia Social de nuestro pueblo.

Conventillo y Política
La variedad de tipos humanos, las duras condiciones de vida y la concurrencia de culturas tan distintas en un ámbito estrecho como el conventillo, debían necesariamente dejar una marca.

El pensamiento político del conventillero informado (aceptando el riesgo de las generalizaciones) era un reflejo de su condición social. En los primeros años predominaron las ideas anarquistas en todas sus variantes, el socialismo y el yrigoyenismo. La contracara fueron los que venían a «hacer la América» a cualquier precio, que también abundaban. No pocos de ellos, llegaron a ser propietarios de conventillos.

La irrupción del Peronismo a partir de 1945 altera esta situación y después de 1955, la mayoría de los inquilinatos se transformaron en focos de la Resistencia Peronista. Los vientos de cambio de los años ’70 también soplaron en los conventillos y la represión dictatorial volvió a recorrer los patios como en tiempos de Ramón Falcón. Los distintos movimientos y coordinadoras de inquilinos de aquellos años, nunca alcanzaron la masividad ni el nivel de organización de sus pares de principios del siglo XX.

El Tango
Decíamos que el conventillo vio nacer al tango; no sólo porque cuando éste llegó, aquel ya estaba.

Sino porque el tango se nutre en muchos casos de bailarines, de historias, de códigos no escritos, de poetas y ejecutantes.

Es impensable el tango sin su vertiente conventillera. Sin el espíritu de la orilla.

Son muchas las composiciones en que el conventillo es el escenario. Basta recordar “Ventanita de arrabal”, la milonga “El conventillo”, “Justo el 31”, “El bulín de la calle Ayacucho”, por citar unos pocos. Pero el yotivenco, el convoy, como lo llamó el ingenio popular, se filtra en muchísimas letras; donde el pintoresquismo y la alegría de las cosas simples se cruzan permanentemente con la tragedia y la pobreza.

La Literatura
Los personajes que con el tiempo serán estereotipos del tango, tuvieron su precursor en el poeta Evaristo Carriego. La Costurerita que dio el mal paso, la obrera tísica, el guapo, el patio del conventillo, la mujer golpeada, la solterona, son algunos perfiles adelantados por Carriego a comienzos del siglo XX. Luego algunos poetas tangueros llegan a un uso abusivo de la temática mediante el recurso del lunfardo y las descripciones sobrecargadas de los aspectos más negativos del ambiente. Los más destacados poetas lunfardos fueron, entre otros, Celedonio Flores (cultor del modernismo y admirador de Rubén Darío) autor del célebre “Mano a Mano”.

Carlos De La Púa, Julián Centeya, Iván Diez y Bartolomé Aprile, fueron otros poetas que dejaron su marca en la literatura argentina, en la vertiente porteña.

La poesía lunfarda en general, establece un circuito casi obligado entre pobreza, conventillo, mujeres de la vida, cárcel, fracaso y muerte. A veces el protagonista alcanza la redención volviendo al barrio y con la madre. Como recuperando la inocencia y anclándose en una Edad de Oro sin conflictos ni sufrimientos. Otros autores como Raúl Gonzalez Tuñón se ocuparon del tema sin incurrir en lunfardismos.

El grupo de escritores de Boedo también incursiona en el tema, ya que habitualmente practica una literatura de denuncia donde los aspectos más crudos de la miseria arrabalera son expuestos para difundir la necesidad de una sociedad más justa. Se destacan Roberto Mariani, Alvaro Yunque y Juan Jacobo Bajarlía entre otros. Manuel Gálvez, insospechado de profesar el izquierdismo de sus colegas de Boedo, también se introduce en el conventillo en su novela Nacha Regules.

El Teatro
El teatro se ocupa tempranamente del conventillo, siendo el sainete el género dominante.

Los autores más conocidos fueron Florencio Sánchez, Alberto Vacarezza, Carlos Pacheco y los hermanos Discépolo. Algunas piezas como “Tu cuna fue un conventillo” y “El conventillo de la Paloma” de Vaccarezza, aún hoy siguen convocando público.

La Ética Conventillera
El habitante medio del conventillo, en particular el joven, solía comprometerse con una serie de códigos no escritos cuya violación podía acarrear la condena social o sanciones más duras.

Eran ellos:

a) La Pertenencia. El orgullo de ser de tal o cual barrio. Entendiendo en éste caso por «barrio», la zona de influencia del conventillo que eran la propia calle y aledañas. Por ejemplo: ante una discusión con un vecino y tratando de conciliar, se invocaba el espacio común. «¿Somos o no somos de Ituzaingó? ” o de Balcarce, o de cualquier otra calle. Esto se extendía a la obligación de defender al vecino si era trompeado fuera del barrio, independientemente de quien tuviera razón.

b) No Ser Botón. La delación era un crimen infame. El «botón» perdía los amigos, era radiado del boliche, del equipo de fútbol y demás ámbitos sociales. La condena era mayor si el «botón» era confidente policial.

El tango Dandy de Demare – Irusta – Fugazot, es un buen ejemplo: «En el barrio se comentan fulerías» y «sos un batidor» por lo tanto, «Tus amigos del café te piantarán».

c) Solidaridad. La solidaridad abarcaba desde la colecta puerta a puerta cuando moría un vecino, hasta darle asilo en la pieza a algún caído en desgracia con la autoridad.

d) Buen Amigo. La amistad, un valor supremo. Jugarse por un amigo era una de las pruebas más importantes a las que la vida lo exponía a uno. El lazo afectivo y la lealtad, solo es comparable al de hermano.

e) El Coraje. Alguien dijo intencionadamente, que el malevo era un gaucho degradado. Algo así como que al no saber qué hacer con su coraje, andaba de cuchillero todo el día. Como siempre, algo de cierto hay en este prejuicio. Otra explicación podría ser que el criollo fue literalmente agredido por una transculturación que derribó valores levantados durante generaciones, vio su territorio «invadido» por multitudes extrañas que en su afán de asentarse, lo iban expulsando de su trabajo, se le casaban con los hijos, se instalan en su barrio.

Al criollo pobre, solo le fue quedando el coraje. Hizo de ello un culto a finales del siglo XIX.

«Capaz de no alzar la voz y de jugarse la vida», dice Jorge Luis Borges de Jacinto Chiclana; de profesión, guapo.

Es la línea de pensamiento de El Quijote y Martín Fierro: frugalidad, decencia, honor, coraje. Pero la inmigración también llegó a los guapos, y el santoral cuchillero de barrio se llenó de «inglesito», «rusito», «El Tano» y otros apelativos que denunciaban los orígenes.

Las generaciones más cercanas prescindieron del cuchillo, pero la defensa del honor siguió intacta.

«Arrugar» frente a un desafío deja una mancha para siempre.

f) La Discreción. Proteger a los propios de lo desconocido, era un acto reflejo. Si un extraño ingresaba al conventillo preguntando por alguien, la respuesta invariablemente debía ser: «no lo conozco». Por las dudas. Por si el vecino tuviera alguna desgracia con La Ley. La protección alcanzaba por igual al sospechado de delitos comunes (excluyendo a violaciones y otros hechos aberrantes) como al activista político; en tanto ambos eran perseguidos por el Poder.

¿Acaso estos valores eran excluyentes del conventillo? seguro que no. Pero en esos patios, debido a la convivencia forzada, a estar bajo sospecha permanente, ciertos códigos eran imprescindibles.

Decíamos que estos valores ya aparecen en Martín Fierro; no es casual. El poema es una síntesis magistral del pensar y el sentir del pueblo criollo en una de las épocas más negras de su historia.

La Boca en Palos 460 – Reciclaje del Conventillo – La Nación – 1999

Conclusión

Como hemos intentado demostrar muy someramente, el conventillo fue la fragua que moldeó buena parte de la identidad cultural del pueblo porteño. Ya es hora que la historiografía formal, le dedique la atención necesaria antes que desaparezcan los últimos testimonios y evidencias que todavía existen.

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