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Nuestro Primer Primero de Mayo
La Argentina del año 1890 era una Caldera Levantando Presión Aceleradamente
Nuestro Primer Primero de Mayo

La Argentina del año 1890 era una caldera levantando presión aceleradamente. La inflación devoraba los salarios y la especulación bursátil e inmobiliaria estaban a la orden del día. Un dato es revelador de la profundidad de la crisis: la onza de oro que a principios de 1889 cotizaba a 147 pesos, en el mes de octubre de ese año ya supera los 240 pesos. Como pasa hoy con las maniobras especulativas que se hacen con el dólar en nuestro país, las consecuencias directas de aquellas manipulaciones con el metal que respaldaba a nuestro castigado peso, eran un aumento abusivo de los precios. Para colmo gran parte de las manufacturas provenían del exterior. Fuentes confiables, estiman que el salario real se redujo entre 1885 y 1891 en un 54 por ciento. En ese trágico año 1889, vísperas del punto de inflexión de 1890, cuando se celebraría el primer Primero de Mayo criollo, las importaciones sumaron 164.569.884 pesos oro, contra 90.145.335 pesos oro ingresados en concepto de exportaciones. A lo que hay que sumarle los pagos de la deuda externa y las regalías de las empresas extranjeras que giraban al exterior en oro. Hasta el más desinformado se daba cuenta de la catástrofe inminente. El resultado fue el enriquecimiento veloz de unos pocos y la miseria de las mayorías populares; incluyendo la quiebra de buena parte del comercio y la pequeña industria. A lo que hay que sumarle los alquileres abusivos que castigaban a una enorme masa de inquilinos desprotegidos, agregando una cuota adicional de angustia. Sobre el drama de la vivienda, ingrediente clave del malestar social, ilustra una información oficial de 1889: sólo desde 1881 hasta esa fecha, habían ingresado al país 824.595 extranjeros; impactando fuertemente sobre todo en las pocas grandes ciudades, que no tenían infraestructura para ubicar a tanta gente. La mayoría, mano de obra excedente sin calificar de una Europa que se industrializaba con celeridad. La ciudad de Buenos Aires tenía más de dos mil conventillos con unos cien mil habitantes, hacinados en aproximadamente 22 mil habitaciones. Unos años antes, la fiebre amarilla cosechó generosamente en esos infiernos de miseria y promiscuidad. Informes oficiales de 1889, hablan de un 80 por ciento de fallecidos por tuberculosis, en conventillos porteños y aledaños. Pocos años después, el diputado Alfredo Palacios denuncia que en La Boca, barrio conventillero por excelencia, “El cincuenta por ciento de las defunciones, son niños.”

La contracara del estremecedor negocio del conventillo, son los apellidos ilustres de algunos propietarios: Esnaola, Estrada, Unzué, Hernández. Cuando esa inmigración se convirtió en masiva, las clases dominantes argentinas descubrieron con espanto que no eran los nórdicos “educados” y rubios, que fantaseaban las teorías racistas y neocoloniales de Sarmiento, el Alberdi joven y Juan B. Justo, entre otros. Se trataba de españoles, turcos, italianos, balcánicos, árabes, entre las comunidades más numerosas. Muchos de ellos campesinos y obreros no especializados, que se agregaron a los criollos desplazados o sometidos por el modelo agroexportador dominante.

Porque la sobre explotación en las fábricas, talleres y servicios urbanos, eran sólo un espejo menor de lo que se vivía en el campo. Un botón de muestra: el Código de Policía Rural de la Provincia de Buenos Aires en el año 1884 impide al peón de estancia renunciar a su empleo antes de cumplir el plazo pactado con el patrón. ¿Quién garantizaba la legalidad de ese pacto? ¿Papeles firmados por peones analfabetos o desesperados por un salario? En caso de conflicto colocando la palabra de ambos en la balanza, ¿cuál tenía más peso? En fin. En esa Argentina que se vendía como “granero del mundo”, el Estado sólo se destacaba en su faz represiva, como facilitador de grandes negocios y en el plano social, prestador de una asistencia minúscula, más cerca de la beneficencia que a las obligaciones de un Estado moderno. Entre los que sólo venían a buscar una vida mejor, o los que querían “hacer la América”, también estaban los refugiados políticos y gremiales y los militantes que soñaban con un mundo mejor para todos.

Al país lo presidía el Dr. Miguel Juárez Celman, un cordobés ligado familiarmente al general

Julio Argentino Roca, ex presidente de la Nación y árbitro de la política argentina. A mediados de 1890 la debacle del “unicato” de Juárez Celman era notoria. A su incapacidad para controlar el desastre económico – financiero, la acompañan las denuncias sobre negociados y corruptelas, desprestigiando aún más la imagen gubernamental. Las privatizaciones de servicios públicos en condiciones ruinosas para el Estado Argentino, suman también otros escándalos. En ese contexto explosivo, llega a Buenos Aires el teórico anarquista Errico Malatesta, quien se reúne con militantes libertarios para analizar la situación y las posibilidades de difusión para sus ideas. En Buenos Aires se “huele” que algo va a pasar.

La oposición política en sus distintas vertientes, busca alternativas. El “zorro” Roca le suelta la mano a su pariente y busca sacárselo de encima, pero sin cambiar nada de fondo. El viejo unitario Bartolomé Mitre acuerda con el hijo de mazorquero Leandro Alem en lo que luego sería la Unión Cívica. Y fiel a sus intereses, coincide con Roca en que hay que cambiar de presidente sin modificar las relaciones de poder dentro del “granero del mundo.”

Y así es que también abandona a Alem. Pero todos apuntan al presidente que día a día, parece presidir menos. El naciente movimiento obrero intenta defender y organizar a sus representados.

Los jóvenes sindicatos, muchas veces disimulados como mutuales para evitar persecuciones, en paralelo a la atención del drama social argentino se preparan para conmemorar por primera vez, el Día Internacional de los Trabajadores.

Esa fecha la fijó la Segunda Internacional – nueva versión de la Primera Internacional fundada por Karl Marx – con sede en París en 1889 para recordar a los Mártires de Chicago, un grupo de trabajadores que protagonizaron una huelga y fueron ejecutados por la justicia norteamericana en 1886. Además del hecho conmemorativo, la jornada tenía carácter de lucha por la consigna de “las tres ocho”: ocho horas de trabajo, ocho de recreación y ocho de descanso. Hoy le llamaríamos derechos humanos básicos. La huelga de tipógrafos de 1878 fue el comienzo y otras que le siguieron como ferroviarios, panaderos, cocheros y otros oficios, señalaron el camino cuyos ejes fueron la organización y la unidad en la lucha.

El Primero de Mayo de 1890, primero a conmemorarse en la Argentina, se acordó entre socialistas, anarquistas y otros sectores comprometidos. Los delegados a ese cónclave internacional que trajeron el mandato para celebrar la fecha en nuestro país, habrían sido socialistas. El jueves 1° de mayo de 1890 una concurrencia que oscila entre 1.500 y 2.000 personas según las fuentes, se reunió en el salón Prado Español del barrio porteño de La Recoleta. Allí se acordó mantener la conmemoración todos los 1° de mayo. Esa fecha clave para lo que sería el poderoso movimiento obrero argentino, pasó casi desapercibida para la sociedad, enfrascada en la gravísima coyuntura económica, que poco después estallaría con la Revolución del Parque. La insurrección armada conducida por la flamante Unión Cívica Radical al mando de Leandro C. Alem, no pudo alzarse con el poder pero el movimiento alcanzó para desplazar a Juárez Celman; el límite que según suspicacias, habría buscado y permitido el “zorro” Roca. Lo reemplazó el vice, Carlos Pellegrini. El creador del sello “Industria Argentina” para nuestros productos manufacturados, ordenó el caos económico, pero para los trabajadores no cambió nada. Fue un largo y sacrificado tránsito histórico hasta llegar a La Fiesta del Trabajo en los años peronistas, cuando el pleno empleo y una legislación moderna e inclusiva lo llevó a tener un muy bajo nivel de conflictividad.

Después de 1955, el movimiento obrero volvió a recorrer el camino de la ilegalidad, la cárcel y la pérdida de derechos. Pero esa es otra historia.

Acto del Primero de Mayo de 1909
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